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EL JARDÍN DE LOS SUPLICIOS: PERVERSIDAD Y MUERTE EN LA CHINA DE OCTAVE MIRBEAU
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El carácter polémico de El Jardín de los Suplicios (1899) de Octave Mirbeau no atiende, según nuestra opinión, a las insulsas y gastadas calificaciones de “erótica” o “pornográfica” con que la virtuosa sociedad bienpensante trataba de denigrar su contenido narrativo. Más bien habría que encontrar la irreverencia más peligrosa y dañina en la carga de profundidad ideológica que O. Mirbeau, un acendrado anarquista-individualista, arroja contra los opresivos tentáculos del estado y los valores-raíz que Occidente enarbola de manera cínica. Para llevar a cabo el asalto al modelo civilizatorio occidental, O. Mirbeau no vacila en buscar una referencia tópica externa como eje crítico fundamental y encontrará en una China inventada, territorio donde se ubica el aterrador jardín de los suplicios, el contra-modelo moral necesario para poner en franca evidencia la abstracción maquinal, la despersonalización de la vida que invade al europeo medio.
Esta actitud emancipadora tiene su esplendente reflejo, para empezar, en su abandono consciente de los formatos narrativos al uso. Como mixtura fragmentada y liberada de las ataduras estilísticas de la novelística dominante, O. Mirbeau administra con gran maestría toda su producción textual previa para reunirla y culminar así, al modo de un gran collage escrito, una impactante historia inscrita claramente en los criterios estéticos anti-naturalistas, donde se vienen a conjugar, sin aparente contradicción, ciertas temáticas trascendentes que no tienen cabida en la cotidiana y opresiva mundaneidad para ocupar, en cambio, el interés de los reducidos círculos aristocráticos (meditación sobre la muerte, crónicas de humor negro, caricatura de las costumbres políticas de la tercera república, reflexión sobre el amor devastador, parábola de la condición humana, evocación poética de las “orgías florales”, escenas de frenesí sexual). |
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No nos andemos con rodeos. O. Mirbeau despliega en El Jardín de los Suplicios (cuya analogía, por otra parte, con el Jardín de las delicias de El Bosco es innegable, véase al respecto E. Real y J. Przybos) todos los motivos que excitan la imaginación creadora del decadentismo; gusto por el lujo exacerbado, por lo prohibido, por lo raro y exquisito que se confunde, muchas de las veces, con el placer voluptuoso que despierta la contemplación de escenas morbosas. Desde este punto de visa, O. Mirbeau presenta con lujo de detalles al protagonista como la quinta esencia del personaje decadente: un ser agotado por el “spleen”, envuelto en un ambiente de riqueza y distinción que, en el fondo, asume todos los rasgos del anti-héroe ya que se encuentra subyugado por la belleza y el encanto de una mujer extraña, excepcional, misteriosa.., esto es, la femme fatale. No es para menos, ya que Clara, según advierte E. Real (2008) es la célula primordial de la vida, es la mujer, origen y matriz de la vida y de la muerte. Más allá de Salomé, de Circe y de tantos otros personajes míticos que encarnan el mito de la Mujer Fatal, aparece claramente la figura arquetípica de Eva, la primera seductora, asociado por el imaginario occidental decadente a la feminidad terrible. A través de este mito se expresa, como ha señalado Anne Struve-Debeaux, la angustia inmemorial del hombre ante la alteridad de la mujer (p. 195).
Ahora bien, si desde un punto de vista formal, O. Mirbeau quebranta el principio compositivo de la novela realista, irá más lejos si cabe a la hora de despreciar el instinto de verosimilitud, ese ansia de verdad que se extiende como la carcoma por todos los recovecos, hasta en los más insospechados, del discurso civilizatorio europeo y que no deja de ser, si por ejemplo dirigimos nuestra mirada a los usos y costumbres de la “milenaria China”, una frágil convención culturalmente admitida. No hay más reparar en las sesudas reflexiones de los destacados miembros de la intelligentsia parisina que O. Mirbeau acierta a exponer en la parte introductoria de la obra, “Frontispice”, cuyo tono recuerda a la aséptica amoralidad del espíritu científico-positivista del momento, para percatarnos que se aquellas tornan hueras, como cáscaras vacías, ante el sombrío e inquietante trasfondo que mueve al ser humano cuando la acción tiene lugar ya en China. Allí se liberan los deseos más ocultos y reprimidos del alma humana, hasta el punto de hacer creer que un principio esquizofrénico anida en la psicología del occidental, aquel que va de la sensiblería y la ternura al cinismo y al sadismo más cruel. En el fondo, los personajes de O. Mirbeau son seres complejos, compuestos, monstruosos (emulando el estilo de la psicología profunda y desafiante de un L. Tolstoï o F. Dostoïevski) y, en fin, atravesados de contradicciones como es el caso de Clara, arrobada por un éxtasis sexual ante la metódica demostración de una muerte refinada, pero al mismo tiempo firme defensora de los pueblos amenazados por las sanguinarias expediciones coloniales inglesas y francesas. En El Jardín de los Suplicios, O. Mirbeau estimula la creatividad imaginaria más allá de sus novelas autobiográficas (Le Calvaire, 1886; L’Abbé Jules, 1888; Sébastien Roch, 1890) hasta llegar a la mistificación de los territorios exóticos a los que viajan los personajes protagonistas (Ceilán, Tonkín, China), algo que había tenido hermoso precedente en Lettres de L’Inde, 1885. En otras palabras, valiéndose de los recursos prototípicos del simbolismo (esto es, imágenes, sinestesias, preciosismo lingüístico…), O. Mirbeau invierte la oposición estereotípica y eurocéntrica entre el régimen despótico chino y la libertad occidental (L. R. Schehr: 1998). |
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Antes de seguir adelante, conviene hacer una escueta mención al argumento de la obra. Ésta se estructura en tres partes diferenciadas. En primer lugar, O. Mirbeau emplaza al lector en Frontispicio (a la sazón, un re-elaboración del material trabajado en Divagations sur le meurtre de 1896 (1) y en La loi du meurtre de 1892) en la atmósfera moral que embarga a la intelectualidad francesa, positivista y anti-dreyfusista, cuando, sabedores de encontrarse en un ambiente de demostrada confianza, dejan a un lado el virtuosismo ejemplarizante relegado a las masas embrutecidas (a las que es preciso mostrar la violencia con la máscara de justicia imparcial) para afrontar analíticamente el fenómeno criminal y su asociación con los soterrados instintos naturales que afectan a todo ser humano. De entre los concurrentes, sobresale un desconocido contertulio que pide la palabra para pasar a leer un extraño y extravagante relato titulado “El Jardín de los Suplicios”. Nos adentramos ya en la segunda parte del libro, En Misión, donde, además de exponer gráficamente el otro lado de las bambalinas de la escena política francesa, atestada de corrupción y traiciones por doquier, nos prepara para una singladura de especiales características, hacia el inquietante y oscuro submundo sobre el que se erige la límpida e ilustrada empresa civilizatoria occidental. Y para ello, O. Mirbeau pone rumbo, enigmáticamente, a la lejana China, donde cree haber descubierto tan siniestro territorio.
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En efecto, cuando nuestro protagonista se embarca en el Sagholien con destino a Ceilán, después de que el primer ministro consiguiera desprenderse de su peligrosa presencia nombrándole jefe de una comisión científica sobre embriología (viaja a Ceilán para estudiar la gelatina pelásgica. “De vagabundo de la política a sabio respetable que va a violar los misterios de la naturaleza en la fuente misma de la vida”), se desencadenan una serie de acontecimientos que le harán cambiar radicalmente su forma de ver el mundo. Allí conoce a la singular e irresistible Miss Clara, una joven adinerada (su padre era comerciante de opio en Cantón) que, tras viajar por todo el mundo se asienta en China. Desde un primer momento, su desprecio por el modelo civilizatorio occidental y su admiración por el mundo sin restricciones chino queda patente en cada una de las conversaciones. A menudo, O. Mirbeau introduce en ellas evidentes críticas al bestialismo colonial, como cuando en uno de los encuentros durante el viaje, Miss Clara saca a colación el gusto de comer la carne humana y uno de sus interlocutores, que había pasado por tal circunstancia, le confiesa que no come carne de negro porque “no es comestible”.
Octave Mirbeau, así, no se esconde al resaltar sus férreos principios anticolonialistas y su desprecio ante las atrocidades genocidas de las naciones europeas en América, África, Asia y Oceanía en nombre, precisamente, del progreso, de la civilización y de la religión cristiana. La falta de humanidad y de moralidad viene a ser la constante en las expediciones coloniales. En este sentido, O. Mirbeau rescata las reflexiones expuestas en su artículo “Civilisons!” publicada en Le Journal el 22 de mayo de 1898 (2) y las pone en la boca de Clara cuando, frente a la repugnancia que le provoca a nuestro protagonista la contemplación en el presidio chino de tantos y tan refinados suplicios, le echa en cara la masacre de los príncipes Modeliares (de Kandy, antigua capital de Ceilán) y los suplicios infringidos a los árabes en Argelia por los franceses. Asimismo, siguiendo el célebre capítulo Des cannibales de Michel de Montaigne (Essais, chapitre 31) sobre los caníbales Tupinambas de Brasil, elabora las trazas de una inversión de las normas aceptadas por el sistema civilizatorio imperante para proyectar un contra-modelo sustentado en la forma de vida de las sociedades pretendidamente “salvajes”, más próximas, por lo demás, al estado de naturaleza. Desde esa perspectiva rousseauniana, O. Mirbeau plantea una utopía imaginaria creativa al margen de los estados opresivos propios de las sociedades occidentales. No hay más que atender las palabras de Clara cuando defiende enfáticamente que los chinos, frente a los europeos, entronizan de manera más intensa en la lógica de la vida y en la armonía de la naturaleza. En coherencia, las “monstruosidades” no se someten a juicio moral porque forman parte del mundo en el que se ve englobada la existencia humana. |
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Es cierto que quien contemple los grotescos ensañamientos y sofisticados métodos que se aplican sobre el torturado para prolongar deliciosamente la agonía (muy cercanos a las espeluznantes descripciones de suplicios hechas por E. A. Poe, por ejemplo, en The Pit and the Pendulum, 1842) puede verse invadido por un sentimiento de horror. Pero el Jardín de los Suplicios, es la imagen de una civilización superior que subsume la muerte a las reglas del arte. Precisamente por ello, se trata de una monstruosidad limitada en comparación con la masacre generalizada llevada a cabo históricamente por los europeos gracias a la eficacia de sus ingenios de muerte. En este punto O. Mirbeau no se anda con rodeos y denuncia la doble moral por medio de un ejercicio de realismo estremecedor. Ante el hecho violento, rasgo inherente e inevitable de la condición humana, se trata de valorar la pertinencia de una muerte abstracta y mecanizada, ejecutada con una brutalidad administrativa o burocrática (como la que propugna Occidente) o una muerte sometida a los suplicios regulados por la estética artística aunque vaya más allá de toda medida y de toda correspondencia con el acto criminal.
Al fin y al cabo, la salida que encuentra Clara en la contemplación de la muerte escenificada por los ejecutores chinos no es sino un mal menor, una huída consoladora de las abominaciones realizadas en Occidente. Con el añadido, eso sí (y ya lo dejaron de manifiesto en sus alabanzas Charles Baudelaire o Thomas De Quincey) de que el sufrimiento ajeno puede ser objeto de delectación placentera, el terreno edificante para la exacerbación de los placeres sadomasoquistas. El desarrollo sin cortapisas de la personalidad humana pasa por una liberación radical de los instintos. Es cierto que, como ocurre con las 120 journées de Sodome (Sade, 1785), la suelta de la perversidad humana implica la inmolación y la esclavitud de las víctimas propiciatorias. La China sin prejuicios ni convenciones sólo se encuentra a disposición de Clara, contradiciendo el naturalismo de O. Mirbeau y su propuesta de instituir una sociedad nueva, pacífica y liberada de toda forma de opresión. Sin embargo, la extremosidad protagonizada por Clara permite a O. Mirbeau poner de relevancia el relativismo del modelo occidental. |
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Es cierto que existe cierta semejanza temática con otra de sus obras, El Calvario, en la medida en que se insiste en el entrelazamiento entre el amor y la muerte. Sin embargo, en El Calvario se trataba de un amor místico, de un amor ideal, mientras que en El Jardín de los Suplicios se desciende, ante la estupefacción del lector, al abismo del amor carnal y del dolor. En ese sentido, la tensión e intensidad provocada por la actividad amorosa no se encuentra muy alejada de la tensión de aquellos momentos cercanos a la muerte. Siendo así, el amor proviene del sufrimiento, del sufrimiento la muerte y de la muerte, cerrándose el ciclo natural, la vida. Es decir, la vida nace de la muerte, recordando la tesis de Sade expuesta en Justine (1787) “La destrucción aparece como una de las primeras leyes del universo, sin la cual nadie nacería, nadie se regeneraría”. De ahí que Clara, al liberarse a todas las formas del amor carnal con una amoralidad absoluta, repitiendo las pautas de un anarquismo ortodoxo, ama la muerte o al verdugo en la misma medida en que ama al amor y a la víctima. No en vano, la posición de los anarquistas intelectuales de finales de siglo halla una síntesis perfecta en estos pasajes. Se aplica el materialismo de H. Taine y de E. Renan y se traslada la conclusión al dominio de la moral. Clara representa una alta expresión del sadismo con sus más siniestras ramificaciones porque, para el pensamiento de O. Mirbeau, la mujer es una criatura instintiva que no se detiene ante los obstáculos intelectuales que necesita el hombre para afirmarse. Es más, Clara no restringe sus críticas a los principios que determinan el carácter de la sociedad contemporánea, sino que rompe con las categorías elementales (amor-odio, bien-mal, Dios-Diablo...) que erigen el edificio del cristianismo. |
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Raphaël Freida, Le Jardin des Supplices, 1927 |
Así, en este inmejorable monumento literario del horror (150 páginas de torturas de sangre, de muerte en los límites del frenesí y en una atmósfera que recuerda a los bocetos terribles de Goya) se pasa de la sátira realista sobre la corrupción francesa a una sátira fantástica y grotesca en una China inexistente y probablemente inventada a través de sus conocimientos de Oriente obtenidos en sus relación con Goncourt (O.Mirbeau colabora en L’Echo de París con Goncourt el 17 de unió de 1891 con un artículo titulado “Les libres érotiques du Japan”). De la ironía crítica a la corrupción parisiense se pasa a la apoteosis de la corrupción general, al himno de la crueldad (donde O. Mirbeau examina las complejidades del fenómeno psíquico con una exactitud que deja en pañales la perspicacia de C. Baudelaire).
El desprecio y la cada vez mayor repugnancia que Miss Clara siente respecto al sistemade vida construido en Occidente se convierte, a su vez, en un sentimiento de honda felicidad cuando se trata de China. En China no existe esa densa red de convencionalismos y formalismos, esa tupida urdimbre de mecanismos reglamentadores que dividen el comportamiento humano en dos estratos opuestos: en la superficie, aquella conducta que cumple las exigencias de la virtud social y, en la profundidad, el ingobernable subsuelo de pasiones que asaltan los puntos de flotación del humanismo más compasivo. En China, todo está estructurado para que desaparezca esta dualidad esquizofrénica y se den las condiciones para que se muestre la condición quintaesenciada del ser humano (no olvidemos que este enfoque se haya condicionado por el estatus de Miss Clara, perteneciente a uno de los sectores más adinerados de toda China). Lo que acontece en China, sume a su visitante en un estado de naturaleza, sepultado por una moral que, además de incumplir los principios que le dan consistencia, se ha caracterizado históricamente por su inconmovible crueldad. |
---- En Chine, la vie est libre, heureuse, totale, sans conventions, sans préjugés, sans lois… pour nous, du moins… Pas d’autres limites à la liberté que soi-même… à l’amour que la variété triomphante de son désir… L’Europe et sa civilisation hypocrite, barbare, c’est le mensonge… Qu’y faitesvous autre chose que de mentir, de mentir à vous-même et aux autres, de mentir à tout ce que, dans le fond de votre âme, vous reconnaissez être la vérité?… Vous êtes obligé de feindre un respect extérieur pour des personnes, des institutions que vous trouvez absurdes… Vous demeurez lâchement attaché à des conventions morales ou sociales que vous méprisez, que vous condamnez, que vous savez manquer de tout fondement… C’est cette contradiction permanente entre vos idées, vos désirs et toutes les formes mortes, tous les vains simulacres de votre civili sation, qui vous rend tristes, troublés, déséquilibrés… Dans ce conflit intolérable, vous perdez toute joie de vivre, toute sensation de personnalité… parce que, à chaque minute, on comprime, on empêche, on arrête le libre jeu de vos forces…Voilà la plaie empoisonnée, mortelle, du monde civilisé… Chez nous, rien de pareil… vous verrez!… (Vers. Fr. p. 114) ---- |
---- En China, la vida es libre, feliz, total, sin contratos, sin prejuicios, sin leyes... al menos para nosotros no las hay... Libertad, sin más límites que los que cada cual se traza... No más amor que la variedad triunfante del deseo... Europa, con su civilización hipócrita y bárbara, representa la mentira... ¿Qué hacéis allí más que mentir, engañaros a vosotros mismos y engañar á los demás, faltar á todo lo que en el fondo de vuestro corazón reconocéis por verdadero?... Venís obligados á fingir un respeto exterior por personas, por instituciones que encontráis absurdas... Usted se halla torpemente atado á convencionalismos morales o sociales que usted desprecia, que condena, porque no tienen razón de ser... Esta contradicción permanente entre vuestras ideas, vuestros deseos y todas las formas muertas, todas las vanas apariencias de vuestra civilización, os entristece y os desespera. En este conflicto intolerable perdéis toda la alegría del vicio, toda sensación de personalidad...porque a cada minuto se detiene el libre desenvolvimiento de vuestras fuerzas... He ahí la llaga emponzoñada, mortal, del mundo civilizado... Entre nosotros no ocurre nada parecido... ya lo verá usted. (Vers. Cast. P. 89) ---- |
El viaje a China que lleva a cabo nuestro protagonista, convencido por las artes de seducción de la arrebatadora Miss Clara, se transforma en una aventura hacia lo más recóndito, hasta el fondo de las tinieblas del ser. Haciendo suyo ciertos motivos del discurso exótico del momento, la obra define a China como el contrapunto al modelo occidental por donde asoma un mundo que realiza cumplidamente su deseo. Todas las aspiraciones y reglas que estructuran el mundo burgués quedan hechas trizas tragicómicamente, como si fuera un fatal sueño, por la espantosa y extrema realidad de oriente chino. No hay engaño consolador y embriagante. Lo más cercano a lo divino esconde su faz infernal, de tal manera que descender con Clara al fondo del misterio del amor supone también hacerlo a la muerte. No hay escalas intermedias. O se toma o se abandona. Conviene recordar que este asunto se anticipa ya en la tertulia que da comienzo a la obra, donde se consigna al crimen y al homicidio, instinto primario de destrucción presente en el hombre, como la razón de ser de los gobiernos.
De hecho, las sociedades se arrogan el derecho exclusivo de matar, en perjuicio de los individuos, a quienes este derecho compete exclusivamente. En este sentido, la muerte forma parte del ciclo natural que desemboca en la vida y, en consecuencia, se torna en algo hermoso y erógeno. La vida se siente atraída por la muerte porque forma parte de ella. Se trata de un instinto de unificación, de completitud que todo ser humano ha de sellar. La terrible muerte de Annie de elefantiasis (tuvieron que quemar el cadáver ya que los buitres rehusaron a tal festín) es contemplado como algo inevitable cuya melancólica estética atesora también algo de belleza. La atroz constancia de los cientos de seres humanos ajusticiados y acumulados en el Jardín de los Suplicios (ocupa en el centro del presidio un inmenso espacio cuadrado, que limitan paredes ocultas por arbustos sarmientosos y plantas trepadoras) se torna en un dulcísimo acto de descomposición material para formar el fértil humus que da vida a las más hermosas floraciones. Allá, en el presidio que alberga el Jardín de los Suplicios, China da una última lección al mundo. |
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---- Je remarquai alors que, dans le mur de gauche, en face de chaque cellule, étaient creusées des niches profondes. Ces niches contenaient des bois peints et sculptés qui représentaient, avec cet effroyable réalisme particulier à l’art de l’Extrême-Orient, tous les genres de torture en usage dans la Chine : scènes de décollation, de strangulation, d’écorchement et de dépècement des chairs…, imaginations démoniaques et mathématiques, qui poussent, jusqu’à un raffinement inconnu de nos cruautés occidentales, pourtant si inventives, la science du supplice. Musée de l’épouvante et du désespoir, où rien n’avait été oublié de la férocité humaine et qui, sans cesse, à toutes les minutes du jour, rappelait par des images précises, aux forçats, la mort savante à laquelle les destinaient leurs bourreaux. (Vers. Fr. P. 147) ---- |
---- Advertí entonces que en la pared do la izquierda, enfrente de cada una de las celdas, había profundos nichos que contenían tablas pintadas y esculpidas donde se representaban con ese espeluznante realismo del extremo Oriente las diversas clases de tormentos usados en China: decapitaciones, estrangulaciones, descuartizamientos, invenciones infernales y precisas que llevan hasta un refinamiento desconocido en nuestras crueldades occidentales, poco numerosas y variadas, por cierto, el aire del suplicio. Museo del espanto y desesperación donde nada había olvidado la ferocidad humana y que, sin cesar, a todas las horas del día, recordaba a los presos por medio de fieles imágenes la bien meditada muerte que les reservaban sus verdugos. (Vers. Cast. P. 126) ---- |
No sólo es aceptable, de acuerdo con las pautas del decadentismo francés imperante, escudriñar en lo horrible, en el miedo, en el pavor, los lazos etéreos e inexplicables de la atracción. Sino que, además, la sofisticación y refinamiento en la tortura (como el tormento de las caricias en el miembro o el espeluznante suplicio de la rata) individualiza y humaniza al ajusticiado. Por contra, el espíritu burgués abstrae la muerte (la “afea” dice Miss Clara) para disimular las tendencias genocidas de su proyecto civilizatorio y para apaciguar su mala conciencia. Por ello, la muerte en Europa se convierte colectiva, administrativa y burocrática. De esta forma, China pertenece todavía a un mundo pasado en el que la muerte todavía poseía los rasgos característicos del torturado o del ajusticiado. Todo el esfuerzo dedicado al suplicio supone, aunque pudiera parecer paradójico, un respeto y una sublimación artística del sufrimiento y de la agonía. “Comprendí en un segundo que la locura del amor puede igualar de horror las mayores atrocidades humanas, y dar idea verdadera del infierno, del espanto del infierno...”.
Al final, cuando Clara descansa en el burdel, sometida a la inmensidad del placer y del horror, experimenta una crisis que le convence a no regresar de nuevo al jardín. Pero siempre vuelve y en este caso no habrá una excepción. El narrador no comprende la situación ni la comprenderá jamás ya que no puede aceptar que el amor y la muerte sean las dos caras de la misma realidad esencial, la del dolor como fuente de la creación. La mujer acepta plenamente la realidad y se realiza. |
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VERSIÓN FÍLMICA
Actores / Actrices: Roger Van Hool: Antoine Durrieu 90 Minutos |
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Al respecto de la versión fílmica dirigida por Christian Gion, existen notables diferencias en relación con la novela de O. Mirbeau. En primer lugar, se obvia casi completamente la discusión sobre la penalidad institucional y la naturaleza del asesinato que supone el prólogo para que un contertulio anónimo se atreviera a contar la historia del Jardín de los Suplicios. En segundo lugar, Antoine Durieux, el protagonista de la película, viaja directamente a China como médico y carece, en gran parte, del perfil cínico del personaje en la novela, un vicioso cortesano que parasita en los aledaños del poder (hasta tal punto que finalmente es apresado por el ejército mercenario de Greenfeld). Miss Clara es la iniciadora en la crueldad de Antoine, una erotomaniaca de la sangre e hija de Greenfeld, el señor mafioso de Cantón y enemigo acérrimo de los movimientos nacionalistas y comunistas que comienzan a intervenir en el destino de China. Símbolo, pues, de un mundo en declive, Greenfeld se regodea en la sangre, ensimismado en el sueño de una China despótica y ordenada que está a punto de disolverse con los primeros reflejos de un nuevo amanecer. |
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OBRA FUNDAMENTAL ESCRITA POR OCTAVE MIRBEAU NOVELAS
TEATRO
CUENTOS
CRÓNICAS
CORRESPONDENCIA
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En 2010 se ha publicado en Castellano El Jardín de los Suplicios por dos editoriales distintas:
Impedimenta (Introducción de Marta Peinaro)
El Olivo Azul (Prólogo de Carlos Cámara & Miguel Ángel Frontán).
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Finalmente, quienes deseen acercarse con mayor profundidad a la obra de O. Mirbeau remitimos al blog de uno de los máximos especialistas en la materia (biógrafo y editor de la obra de O. Mirbeau), el profesor de la Université d'Angers Pierre Michel (http://michelmirbeau.blogspot.com/), fundador y presidente de la Sociedad Octave Mirbeau
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--..-- (1)“La joie, la vraie et puissante joie du meurtre est en lui... Et moi-même !... Ah ! tenez... j'ai la certitude que je ne suis pas un monstre... je crois être un homme normal, avec des tendresses, des sentiments élevés, une nature supérieure, des raffinements de civilisation et de sociabilité !... Eh bien ! que de fois j'ai entendu gronder en moi la voix impérieuse du meurtre !...”.
(2)“Partout où il y a du sang versé à légitimer, des pirateries à consacrer, des violations à bénir, de hideux commerces à protéger, on est sûr de le voir, cet obscur Tartuffe britannique, poursuivre, sous prétexte de prosélytisme religieux ou d’étude scientifique, l’oeuvre de la conquête abominable. Son ombre, astucieuse et féroce, se profile sur la désolation des peuplades vaincues, accolées à celle du soldat égorgeur et du Shylock rançonneur. Dans les forêts vierges, où l’Européen est plus dérouté que le tigre, au seuil de l’humble paillote détruite, entre les cages saccagées, il apparaît après le massacre, comme, les soirs de bataille, l’écumeur d’armée qui vient détrousser les morts. Digne acolyte, d’ailleurs, de son concurrent le missionnaire catholique , lequel dissimule aussi, sous son froc, le tablier du mercanti, et fait de son église un comptoir d’où il approvisionne les marchés de l’Europe, en gommes, ivoires, thés, épices, conquis dans les razzias . “ Admirables héros, s’exclament les honnêtes gens, et qui vont porter, au risque de leur vie, la lumière de la civilisation là-bas. ” Ah ! elle est jolie, leur lumière, là-bas. Elle brille au bout des torches, flamboie à la pointe des sabres et des baïonnettes !”. |
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BIBLIOGRAFÍA Michel. P. Bibliographie d’Octave Mirbeau. Angers: Société Octave Mirbeau, 2009. |
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