El texto que EuskadiAsia presenta, elaborado por Montserrat Crespín Perales y Virginia Solá Díaz a propósito de la celebración del XXII World Congress of Philosophy en Corea del Sur, representa, a todas luces, una piedra de toque para hacernos reflexionar sobre el alcance de la labor filosófica lejos de las costas occidentales.
Con este evento, la academia bienpensante, esto es, políticamente correcta, bien pudiera atemperar las dudas de aquellos que le recriminan su ensimismamiento solipsista, que perdura ya algún milenio, e incluso hacer suyos, desde la supremacía moral de saberse fundadores y únicos herederos del acto de inteligencia humana por antonomasia, ciertos reclamos del huero discurso multiculturalista. Más nos hubiera gustado a otros que esta reunión hubiera servido para dejar que una ráfaga de viento fresco disipara el rancio hedor teológico, la viciada atmósfera de superchería que atesta infinidad de departamentos universitarios, en Europa y en Norteamérica, en torno a las primigenios y exclusivos orígenes occidentales del quehacer filosófico. ¿Habrá que recordar todavía que, cuando Diógenes de Enoanda declina y emerge el calvario judeocristiano, en la universidad budista de Nālandā diez mil monjes estudian las doctrinas budistas, lógica, matemáticas, medicina, botánica y otras ciencias? |
Es preciso, pues, ir más allá y arrumbar los ejes nucleares de la meta-historia de la filosofía occidental para convencerse de que esta clase de reuniones aspiran a ser algo más que una mera pose de edulcorado esteticismo o un inquietante impulso expansivo de la empresa cultural dominante con el objeto de convertir estos territorios “periféricos” en otras tantas franquicias del ideal occidental.
De hecho, la significativa coincidencia en el tiempo entre la elección de Corea del Sur como sede del Congreso y la fulgurante emergencia geoestratégica de esta región del mundo nos debe llamar al más sombrío escepticismo y recordar, una vez más, lo dicho por F. Nietzsche acerca de los soterrados instintos de dominación que mueven a la moderna empresa filosófica de corifeos y pseudoilustrados.
Sirva, sin embargo, el texto de Montserrat Crespín y Silvia Solá como contrapunto esperanzado a las objeciones expuestas o, si se quiere, síntoma de que algo se mueve, paciente e inasequible al desaliento, en pos del definitivo quebranto de la homogeneidad filosófica. |
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Una sede asiática por primera vez
Han hecho falta veintidós ediciones para que el Congreso Mundial de Filosofía atendiera a la necesidad de hacer honor a su nombre. De la mano de la Federación Internacional de Sociedades Filosóficas (FISP) en colaboración con la Korean Philosophical Association, la antaño olímpica Seúl iniciaba a finales de Julio la mayor maratón internacional del complejo mundo de las eternas preguntas. Pese a que en congresos anteriores la presencia de miles de pensadores de todo el mundo proporcionaba voz a otras tantas formas de pensamiento, esta vez el marco ha roto una lanza en favor de la pluralidad. Tal y como decía el Presidente del Comité Organizador Coreano, Dr. Myung-Hyun Lee durante su discurso inaugural:
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“Los congresos mundiales han sido hasta ahora festivales filosóficos basados en concepciones occidentales. Esta vez, el Congreso tiene lugar por primera vez en el hemisferio oriental desde su establecimiento hace 108 años, lo cual proporciona una oportunidad para dar a conocer concepciones orientales haciendo que el Congreso Mundial sea de verdadero sentido (1) .”
Lejos de convertirse en otro evento conceptual y contablemente occidental, el Dr. Lee nos convidaba, con las palabras antes citadas, a dar un paso del centro imaginario del poder filosófico (europeo o norteamericano) a la también imaginaria periferia de la griega filosofía (no-occidental). Sin duda la nueva ubicación del encuentro ofreció una oportunidad para dar a conocer al otro y a su vez para poder reconocer al otro por sí mismo y por nosotros mismos.
La reflexión a la que Lee nos empuja es automática: las Sociedades Filosóficas decidieron organizarse y reunirse hace más de un siglo y llamaron a tal banquete de ponencias y ponentes “Mundial”, sin llegar a cuestionarse qué significaba unir “filosofía” y “mundial”. De hecho, esa reflexión sigue sin hacerse o se responde ante el interrogante con una evasiva que trata a los pensadores asiáticos, africanos o sudamericanos y a sus discursos como enjuagaduras exóticas. Frente a la universalidad indiscutible de otros ámbitos de conocimiento, la filosofía parece encarnar el eterno anti-logos, lo eterno no-común a todos, por cuanto esos asignados márgenes del pensamiento, o se silencian o, en el mejor de los casos, se utilizan para reafirmar la hegemonía occidental en cuestiones culturales, políticas o epistemológicas.
En nuestros días, un verdadero diálogo ya no puede sostenerse sobre la base del mero reconocimiento o la rehabilitación de otros discursos. Es totalmente necesario reconsiderar qué significa dialogar y qué comunicarse. No es aceptable obviar que la verdadera interlocución se constituye con la aceptación de la heterogeneidad que debe ir de la mano del reconocimiento de lo común en todo pensador más allá de su continente, nación o lengua.
Lamentablemente, estamos lejos de aspirar a redefinir o repensar la filosofía y más lejos aún de llegar a entender su mensaje. Si algún día se llegara a considerar con todas sus consecuencias el carácter universal de la filosofía, ésta saldría de la caverna occidentalocéntrica y aquellos que ahora quedan relegados al exotismo o la marginalidad dejarían de tener que pagar el alquiler de la justificación ante los auto-coronados “propietarios” de la razón. De discursos como el del politólogo Larry Arnhart que asevera que “La tradición europea que comenzó con la antigua Grecia es superior a cualquier otra tradición de pensamiento” (2) , se sigue que hay tradiciones que podemos minusvalorar.
La valoración a la baja de otras historias intelectuales es un tipo de juicio que, llevado a su extremo, puede desembocar en afirmaciones que sostengan que hay hombres y mujeres inferiores, aunque los interrogantes de éstos sean los mismos que los nuestros. Entre otras cosas porque compartimos con ellos eso que cae bajo un verbo y un adjetivo: ser-humano.
Siguiendo con la denominación del Dr. Lee, el festival filosófico que tuvo lugar en Seúl, aún con sus limitaciones, dejó a las claras la ridiculez de aquellos académicos que en más de una ocasión se escuchan en reuniones patrias y que se siguen refiriendo a tradiciones, como pueda ser la japonesa, con chanzas. Dejan a la vista que su ignorancia no es de raíz socrática. Como mucho dicen conocer los restaurantes japoneses de la ciudad en la que viven. ¿Cómo habrían enfrentado ellos las sesiones sobre las obras de Platón conducidas por profesores japoneses o coreanos? ¿Cómo habrían colaborado con esos “otros” filósofos a los que desmerecen infravalorando de entrada su calidad por el mero hecho de proceder de una cultura distinta? Habría sido interesante contemplar su incomodidad en la mesa, pero sea por cobardía o desconocimiento de la existencia del Congreso, no estuvieron allí.
- La “universalidad” de los derechos humanos entre paréntesis
Merced precisamente a la pluralidad de opiniones, entre las cientos de ponencias, lecturas, diálogos o mesas redondas, una idea se repitió como reflejo de una preocupación latente en todos los continentes: ¿dónde reside la vigencia y efectividad de los derechos humanos? ¿Qué papel real juega la universalidad de la Declaración proclamada por las Naciones Unidas hace 60 años? Si antes nos referíamos a la jerarquía construida e impuesta al conocimiento filosófico, algo similar sucede cuando se escucha a filósofos africanos o asiáticos hablar de los derechos adjetivados como “universales”.
El profesor Nkolo Fo, de Camerún, habló en la Sesión Plenaria “Repensando la Filosofía Moral, Social y Política: Democracia, Justicia y Responsabilidad Global”, de los sofistas del siglo veintiuno. Para Fo, esos “nuevos bárbaros” se amparan en sociedades cada día más acríticas y en el relativismo que se rearma frenando el universalismo de derechos y garantías individuales y sociales.
Los filósofos del mundo árabe comparten esta crítica al enmascaradamente viejo y nuevo sofismo. Éstos apuntalan la vacuidad que se esconde tras lemas políticamente correctos como los que se camuflan en el posibilismo de los “retos del nuevo milenio”. Para ellos tales discursos parecen quedarse en meros documentos escritos sin valor real en la práctica jurídica y política. Esto es así porque no se piensan los aspectos económicos en toda su complejidad. Difícilmente pueden cumplirse los decálogos de buenas intenciones y las banderas multicolor de la igualdad y la justicia si no se reconsideran los aspectos monetarios que subyacen. La economía siega toda condición de posibilidad y amparo en estos derechos que, siendo inalienables, se negocian en el libre mercado político y gubernamental.
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Paradójica globalización
El fenómeno de la globalización también fue objeto de controversia. Este concepto manoseado que llena las estanterías de las librerías con su insignia nominal por título, tampoco parece haberse pensado en serio, teniéndose en cuenta los múltiples rostros que lo componen.
Para el Doctor africano Zekeh Gbotokuma, el fenómeno de la globalización es una nueva forma de recolonización que mantiene el status quo de las desigualdades. Sus palabras recuerdan a las del cantautor Terry Callier quien hace unos años cantaba que la recolonización travestida con el maquillaje de la globalización no era más que otra ventana para que escape la esperanza en África. Entretenidos con la escritura de páginas y páginas de líderes políticos e intelectuales que nos hablan de la globalización y sus efectos, se nos olvida con frecuencia que hay tareas irrealizadas en el continente africano.
Aún no se ha erradicado la pobreza y por tanto la globalización debería confrontarse, en primer lugar, con la distribución de las grandes oportunidades que parece contener.
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(1) Programa del XXII Congreso Mundial de Filosofía, p. 4.
(2) Citado en ANASTAPLO, George, But not Philosophy: Seven Introduction to Non-Western Thought; Lanham, Boulder, New York and Oxford: Lexington Books, 2002, pp. Xvi-xvii.
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Los intelectuales africanos analizaron durante los días del congreso, uno de los aspectos que queda fuera de los beneficios de la sociedad global. Entre los puntos que les merecen una atención más urgente no podía faltar la cuestión sanitaria así como el reto de la “simple” supervivencia a la que se enfrentan diariamente. En el mundo occidental, los sistemas de seguridad social y la estabilidad económica han cambiado progresivamente la percepción de una enfermedad como el SIDA: ha pasado de ser una enfermedad que sentenciaba a muerte a aquellos que la padecían, a considerarse un problema de salud crónico. En África, tal y como se desprende de las impresiones de sus propios pensadores, la batalla contra esta extendida epidemia es doblemente complicada.
Por un lado, sabemos que los intereses capitalistas de las multinacionales farmacéuticas impiden la distribución de los medicamentos en los países del continente más atacados por la enfermedad. Por otro, como bien señaló el profesor etíope Workineh Kelbessa Golga, en la sociedad africana hay una necesidad urgente de acabar con los prejuicios culturales que avivan la pandemia. Kelbessa sostuvo que es urgente la educación sexual de la población africana, educación que solamente podrá referirse a aspectos sexuales si primero se protege y apoya a la educación en sí misma, como derecho innegociable y necesario para el desarrollo de la sociedad. La educación eliminaría mitos culturales como los que afirman que los hombres de raza negra son hiper-sexuales o inmorales, y erradicaría falsas supersticiones que creen en la sanación de la enfermedad al mantenerse relaciones sexuales con niñas o mediante violaciones. Alejándose de las abstracciones en las que vuela la reflexión filosófica de la academia occidental, este tipo de planteamientos han constituido, sin duda, una invitación a reevaluar el objeto y sentido de la reflexión filosófica ante los problemas de su contemporaneidad.
Para no llevar a engaño, hay que dejar constancia de que la representación africana asistente al congreso estaba compuesta de pensadores que han tenido que emigrar para poder realizar sus investigaciones. Ni que decir tiene que su testimonio es el de aquellos afortunados que, buscando un lugar donde desarrollar sus estudios, tuvieron que emigrar a universidades norteamericanas o europeas. Desde allí reivindican la identidad de su tradición y su valía. Muchos otros como ellos no han tenido la misma suerte y siguen siendo desconocidos entre nosotros. Es más que una utopía pensar a estos últimos asumiendo el pago, no ya del viaje o la estancia, sino simplemente del coste del registro al evento. De todos modos, estos intelectuales migrantes, aunque sea desde la distancia, elevan la voz de su crítica social pero también de su orgullo.
Paralelamente, análisis similares aunque con otras intenciones surgieron entre los pensadores nacidos en Sudamérica. Los intelectuales sudamericanos están criticando detenidamente la transformación geopolítica de sus países. Reivindican el compromiso con las luchas de resistencia y reclaman, como hiciera el Dr. Héctor Samour de El Salvador, una nueva dirección hacia la praxis concreta de los individuos y las colectividades. El objetivo de esa nueva dirección pretende la consecución de una liberación filosófica alternativa al capitalismo.
Al margen de sus interesantes análisis y sus novedosas aportaciones, cabe reclamarles una contraposición a su vez crítica de esas estructuras alternativas que proponen. Con frecuencia, las alternativas políticas o económicas aparecen dibujadas en los discursos pero no se definen de un modo concreto. Quizá en la volatilidad y, por tanto, en la imposibilidad de una opción real que huya de ser un retorno sonoro con ecos de populismo que corroe la idealización anti-capitalista, radica la flaqueza de estos discursos herederos de las teorías de la liberación. Para esos académicos sudamericanos cabría plantear un nuevo reto: salir de las audiencias convencidas y enfrentarse a oyentes más ásperos que les espolearan preguntándoles de qué forma y modo es posible otro sistema económico. Quedar reducidos al anti-capitalismo sin ofrecer opción de análisis económico real es seguir en el carril del que se intenta huir finalmente descarrilando.
- Responsabilidad y ética en el mundo tecnológico
“A su pregunta contestaré dentro de tres años. Estoy pensando en ello.” Algo tan simple como la aceptación de la propia ignorancia fue quizá la mejor lección de tan docto congreso. Con la respuesta sin respuesta, sabedora de la imposibilidad de dar contestaciones cerradas a aspectos incontestables, el filósofo japonés Tomonobu Imamichi se convirtió desde el primer día en sensei (profesor) de toda la congregación filosófica. Lejos de la santificada filosofía del púlpito universitario, hay pensadores que, como él, aún se mueven caminando y conversando y dando la posibilidad de caminar junto a él y conversar con él. Todos tenemos cierta imagen mental de la figura de Sócrates. El Dr. Imamichi, reivindicando la amistad y la eutrapelia (la alegría vital frente al nihilismo), podría encarnar una de esas imágenes del filósofo griego.
A sus ochenta y cinco años, y compartiendo su extrema lucidez, contribuyó activamente desde el estrado o desde la platea. Otra enseñanza sin palabras: el maestro nunca deja de aprender. De entre todas las ideas sobre las que reflexionó en voz alta, destacamos sin duda su noción de “eco-ética”. Este concepto, derivado de la palabra griega oikos (casa) en tanto que lugar en el que habitamos y nos relacionamos, se distancia de lo que a primera vista parecería una idea encuadrada dentro de los estudios medioambientales o ecológicos.
El proyecto de Imamichi busca nuevos bríos para el comportamiento ético. En su opinión, éste debería sostenerse en la reivindicación de toda una estructura de valores que hayan limado sus aristas ante el nuevo mundo cohabitado con la tecnología. En vez de caminar hacia un horizonte de alienación tecnológica, su propuesta reconoce que ya no podemos concebir nuestra vida diaria sin las máquinas convertidas en instrumentos necesarios de nuestra cotidianeidad. Su tesis se aleja de otras concepciones que añoran utopías de paraísos artificialmente naturales y sustentadas en una idea edulcorada del medio ambiente, ineficaz ante el irrefrenable mundo industrial. El aún por desarrollar proyecto alrededor de la “eco-ética” está empezando a dar sus frutos en las obras de filósofos como Peter McCormick y en los ámbitos universitarios de Francia y Dinamarca.
Cualquier neologismo conceptual es aparatoso y esta noción no es una excepción. Sin embargo, vale la pena valorar la advertencia que el Dr. Imamichi hizo frente al peligro que corremos olvidando los gestos más básicos de nuestra humanidad dentro de un mundo urbano tecnológicamente cohesionado. Para Imamichi corremos el riesgo de deshumanizarnos metidos en nuestro mundo, en nuestro movimiento incesante sin expresión. Su reconsideración de la ética parece intentar evitar que el ser humano acabe metamorfoseándose en un insecto que nunca sonríe.
Tanto éstas como otras cuestiones surgidas durante el XXII Congreso Mundial de Filosofía fueron ejemplo de la heterogeneidad mencionada al principio y lo son también de lo común que subyace en todos los hombres. No hay reflexión que no nazca de los interrogantes propios de cada uno de nosotros y no hay enigma, por remoto que nos parezca, que no nos incumba. Al respecto, es importante un apunte más allá de las sesiones y discusiones propias de la organización del congreso.
Al visitar el centro de Seúl impresiona visitar la Plaza de la Independencia y la antigua prisión ahora convertida en museo y dedicada a mantener viva la memoria de los horrores cometidos durante los treinta y cinco años de ocupación japonesa de la península coreana (1910-1945).
El horror y el límite al diálogo siguen inscritos en las paredes de los edificios que conformaron el campo de concentración, sus celdas de castigo y su cadalso. La sensación que queda, más allá de mirar hacia el pasado, es la de ser conscientes de que eso que se visita guiadamente como un trayecto turístico por el mal del que son capaces los hombres, no es cosa de una narración histórica, sino que sigue en pie (él sí) como discurso universal.
Paradójicamente, la tortura y la aniquilación nos ponen a todos de acuerdo y en condición de igualdad. Todos, independientemente de la nacionalidad, la lengua o la cultura, hemos sido alguna vez o víctimas o verdugos. |