Main menu:
EL ULTRAMUNDO EXTREMO-ORIENTAL EN LA PINTURA DE ODILON REDON
|
|
![]() |
|
Son abundantes las fuentes no-occidentales que inspiraron la obra pictórica de Odilon Redon (1840-1916). Aquella “pesadilla trasplantada al arte”, tal y como el escritor decadente J. K. Huysmans definía el inquietante arte del pintor francés, dejaba traslucir en muchos de sus trazos la impronta estética de extremo-oriente, con independencia de que el propio artista reivindicara fervientemente su autonomía frente a cualquier movimiento artístico del periodo o que, por otra parte, entre los especialistas actuales hayan reducido la influencia de la estética oriental sobre el pintor francés únicamente a aspectos formales e iconográficos (1) .
Más allá de la imagen interesada que se atribuye al pintor, como un artista aislado y marginal, apartado de las corrientes artísticas imperantes y renuente, hasta la aversión, a cualquier influencia externa parece evidente que, en realidad, O. Redon no fue inmune a los estímulos estéticos del arte extremo-oriental que en aquel momento saturaban el clima artístico-literario parisiense. Es cierto que, pese a que gran parte de la crítica ha puesto el foco de interés en sus alegorías pictóricas de obras literarias occidentales, existen, no obstante, influjos manifiestos que no es posible silenciar. Por ejemplo, el periódico y recurrente retorno litográfico a la imagen de Buda o la aplicación de la recién descubierta pintura japonesa al campo de la estética decorativa. Y es que durante el periodo en que O. Redon lleva a cabo sus creaciones, que coincide, todo hay que decirlo, con uno de los momentos más álgidos del japonismo en Francia, se daban las condiciones óptimas para explorar las virtualidades e innovaciones formales del arte asiático. Habrá que recordar aquí que no es fruto de la casualidad el hecho de que, en 1889, O. Redon se integrara en la Societe de Peintres-Graveurs (2) , de entre cuyos miembros destacan figuras tan destacadas en la difusión del japonismo como Felix Bracquemond (fundador de la sociedad) o el mismísimo Philippe Burty (3) .
Asimismo, es sabido que a mediados de 1880 O. Redon fue admitido en el círculo íntimo de Edmond de Goncourt, quien se consideraba un conocedor preeminente del arte japonés. Tampoco resulta indiferente su adhesión al movimiento artístico denominado Les Nabis (Los Profetas), sobre el que hablaremos con más detalle más delante, ya que en su seno se organizaban frecuentes charlas sobre arte y cultura japonesa. Ahora bien, no hace falta ir tan lejos en el tiempo puesto que ya en 1881, con ocasión de la exposición del autor en la oficina de la revista La Vie Moderne, encontramos de modo latente motivos de aquel universo grotesco afín a determinada estética japonesa y que le llevan a Emile Hennequin a reconocer en O. Redon la conquista de una región solitaria en la frontera entre lo real y lo imaginario, divulgándola con escalofriantes fantasmas, monstruos...y toda clase de objetos inertes y prohibidos (4) .
Es cierto que, a este respecto, O. Redon no se atiene a una única fuente de inspiración. Está fuera de toda duda, por ejemplo, la poderosa influencia de Stanislas Gorin en su decantación imaginativa del hecho artístico o la tremenda importancia que para su trayectoria artística supuso el encuentro con el botánico Armand Claraud, quien, a la vez que le introduce en el mundo microscópico y en la teoría evolutiva, le anima también a profundizar en el romanticismo (esto es, en la obra de Eugène Delacroix, Charles Baudelaire, Edgar Allan Poe...), en la filosofía budista y en la poesía hindú (5) . Tampoco hay que perder de vista al artista gráfico Rodolphe Bresdin, en tanto que le introduce, allá por 1863, en la litografía y en el arte de Rembrant y A. Durero. R. Bresdin, a su vez, crea un mundo repleto de criaturas de pesadilla y extrañas muy del gusto de O. Redon, hasta el extremo de encontrar en La Comedia de la Muerte (1854) un inestimable ejemplo de naturaleza transformada por la imaginación (6) . No obstante, hay motivos poderosos para sospechar otro tipo de contactos más disimulados, el de su perturbadora mirada supernatural y los formatos japoneses alusivos al mundo espectral, en especial la desbordante imaginería de Katsuhika Hokusai 葛飾北斎 (a través de su famoso Manga北斎漫画y sus ilustraciones para el Hyaku Monogatari 百物語). La tradición fantasmológica japonesa, en su vertiente iconológica se convierte, así, en un estímulo inductor del cosmos preternatural y teratológico de O. Redon.
En ese sentido, cabe encontrar rasgos vinculados a la escenografía fantástica japonesa, cuyas composiciones tienen que haber sido concebidas (hablamos, claro está, de K. Hokusai), según Richard Lane, por una imaginación macabra que sobrepasa cualquier otra cosa que Europa ha ofrecido en este género (7) , en la exploración pictórica de O. Redon sobre la Tentación de San Antonio, obra homónima de Gustave Flaubert que le fue dada a conocer por Emile Hennequin en 1882 (8) . En sus litografías que, por cierto, no fueron nunca incorporadas a ninguna edición de la obra, no sólo hay referencias directas a la obra de G. Flaubert, texto objeto de su predilección por su brillantez descriptiva, su riqueza visionaria y la atmósfera de alucinatoria ansiedad (hasta tal punto que en una carta a Hennequin confiesa que je vous remercie de m’avoir fait lire la Tentation de Saint Antoine, une merveille litteraire et une mine pour moi), sino también imágenes que, aunque ocupan un emplazamiento marginal en el espacio litográfico, evocan de modo subrepticio las descripciones generales sobre fantasmas. Tal es así que Siegfried Wichmann compara la impresión japonesa El Fantasma de Kohada Koheiji (こはだ小平, 1830) con la litografía de 1888 de la Muerte del álbum La Tentación de San Antonio (9) . |
|
Entonces, una gran sombra, más sutil que una sombra natural, y cuyo contorno aparece festoneado por otras sombras, se proyecta sobre la tierra.
|
![]() |
K. Hokusai. El Fantasma de Kohada Koheiji, 1830
|
O. Redon. La Muerte, 1888. |
Pero eso no es todo. A partir de este primer nexo, las semejanzas se suceden. A este respecto, conviene prestar atención a las variaciones espectrales de la obra La Casa Encantada (1790) de Hokusai, una litografía en la que se muestra la vertiente lúdica a la que la sociedad japonesa se entregaba, cultivada especialmente durante el periodo Edo, con motivo de los Hyaku Monogatari (10) .
El juego consistía en que, a la caída del sol, se reunía un grupo de personas para relatar cuentos de fantasmas. Para ello encendía cien velas y las iban apagando, una por una, conforme narraban cada cuento. De esta forma, se creía que cuando finalizaba la última historia y se apagaba la última vela algo fantástico ocurriría en la habitación oscura, como la aparición de un fantasma. |
|
K. Hokusai. La Casa Encantada, 1790.
|
|
Pues bien, las pintorescas y características imágenes fantasmales de Hokusai, cuyo halo de siniestra naturaleza se encuentra remarcado con aquellos extraños cuellos alargados encuentra una cercana analogía con la litografía de 1894, Obsession, donde una mujer ocupa la centralidad de la negritud inconsciente de la presencia de dos aterradoras criaturas.
Si afinamos la atención nos percataremos que la cabeza suspendida en la parte superior izquierda se encuentra unido a un largo y serpenteante cuello.
Si los parecidos en el caso anterior presentan una rotundidad casi indiscutible, qué decir de la obvia identidad entre el trabajo de K. Hokusai titulado Oiwa (お岩1830) y la litografía Visión precaria, Cabeza suspendida del infinito (1891).
El espíritu de Oiwa, una mujer traicionada por su marido y muerta a causa de su furia, ha retornado (ya que no logró calmar aquel sentimiento mientras permanecía con vida) para lograr venganza y torturar a su marido bajo la apariencia de una linterna amarilla, algo que coincide formalmente con aquella cabeza encerrada en una lamparilla y suspendida en el vacío. |
![]() |
O. Redon. Visión Precaria, 1891 |
K. Hokusai. Oiwa, 1830 |
Ahora bien, no todos los trabajos de O. Redon han tenido a K. Hokusai como única fuente de inspiración. Hay autores, como S. Wichmann, que han descubierto la impronta de otros maestros japoneses en las impactantes litografías de O. Redon, lo que demuestra su extenso conocimiento del arte extremo-oriental.
No nos vamos a extender en este punto, tan sólo mencionar, a modo de ejemplo paradigmático La sirena (1883) que evoca vivamente a la litografía de Andō Hiroshige安藤広重titulada Doncella Celeste volando (1845-46) o, más concretamente, el trabajo de 1900 llamado Cíclope, basado en el poema mitológico de Galatea y Polifemo, basado en una versión temprana del mismo tema realizada por el artista Francés Gustave Moreau (quien fue introducido, coincidencias del destino, en el arte japonés por sus contactos con E. Chesneau y Felix Bracquemond), el cual ha sido comparado por Wichmann con Umibōzu海坊主, una impresión de Utagawa Kuniyoshi歌川国芳 (1797-1861).
Sobran los comentarios. El extremado parecido de ambos trabajos demuestra que O. Redon encontró en la imaginería japonesa de fantasmas una vía plausible para concebir el mundo de lo sobrenatural, explorando además motivos estilísticos prototípicos del arte nipón como la composición asimétrica y la delimitación de la perspectiva. |
|
O. Redon. Cíclope, 1900 |
U. Kuniyoshi. Umibōzu, 1843 |
A. Hiroshige. Doncella Celeste, 1845-46 |
O. Redon. La Sirena, 1883 |
Pero no nos llevemos a engaño. La mirada de O. Redon gusta de acechar otros horizontes asociados a la cosmovisión de extremo-oriente. Detengámonos un instante en este asunto. Junto con la estética japonesa es necesario advertir que O. Redon es uno de los artistas que más tempranamente introducen elementos semiológicos de la cosmovisión budista al público occidental durante el siglo XIX.
En cualquier caso, no se limita a reproducir miméticamente la iconografía tradicional de Buda, sino que este maestro espiritual se ve investido, a los ojos del pintor francés, por metáforas personales, una atmósfera introspectiva, en fin, toda una simbología esotérica arraigada en ciertos círculos intelectuales del momento. A partir de 1890, periodo en que su estilo experimentó un brusco giro, abandonando las litografías monocromáticas que ensalzan lo grotesco o lo siniestro para hacer suyo definitivamente un enfoque estético colorido en el que abunda una reflexión del hecho religioso, se producen al menos doce imágenes de Buda, así como gran número de trabajos en los que predominan diversas figuras mitológicas y religiosas, como Cristo, Orfeo, Apolo o San Sebastián. |
|
A decir verdad, en esta ruptura estética se pone en juego la necesidad de O. Redon por desarrollar un horizonte sincrético entre los diferentes fenómenos religiosos.
Al respecto, Michael Wilson detalla que la deriva sincrética se orienta más concretamente hacia la corriente teosófica, con especial énfasis en el gran impacto que produjo en los círculos ocultistas del periodo, en los que O. Redon participará, la obra Los Grandes Iniciados (1899) de Edouard Schuré (11) .
Otros expertos, como Ariane Durand, prefieren, sin embargo, concentrar su atención en la profunda influencia de su mentor, Armand Clavaud, quien le inicia en la literatura hindú, budista e islámica (12) . |
O. Redon. Buda. Litografía, 189
|
O. Redon. La Iluminación de Buda, 1900
|
Como ya se ha dicho más arriba, a partir de la última década del siglo XIX nos encontramos con una significativa profusión de imágenes litográficas de Buda en la obra de O. Redon, a saber: dos versiones de la litografía de Buda que data de año 1895, la litografía Buda de 1896 para la tercera serie de La Tentación de San Antonio y una pintura pastel, La Iluminación de Buda realizado en 1900.
Estas cuatro imágenes están inspiradas en la novela de Gustave Flaubert, quien introduce a Buda como uno de los interlocutores de San Antonio (13) .
En cierto modo, este interés resulta, hasta cierto punto, sorprendente habida cuenta, según podemos descubrir en una carta de 1885 a su amigo y coleccionista Maurice Fabre, que no había leído mucho sobre Buda: poseo libros sobre Budismo que todavía no he leído (14) (los libros a los que se refiere son L’Evangile de Bouddha de Paul Carus, 1895, y Buddha: a Drama in Twelve Scenes, 1897, de Sadakichi Hartmann).
De esta manera, siendo bastante deficiente su conocimiento del budismo por aquel tiempo, la obra de G. Flaubert se convierte en una fuente de primera magnitud para la elaboración de las imágenes de Buda de su fase “negra” (15) . Haciendo uso de sus estrategias creativas de transformación de las fuentes literarias a su propio lenguaje visual, ya que la relación entre su estética y la literatura se describe mejor con el término “transmisión” o “interpretación” que con el de “ilustración”, crea, sobre todo en las litografías de 1895 y 1896, una belleza enigmática y difusa que gradualmente adquiere concreción dentro de una atmósfera espiritual proclive a una sabiduría y amor universales. |
De hecho, las dos litografías que O. Redon destaca del escrito de G. Flaubert sugieren que el pintor francés estaba sumamente interesado por los aspectos intelectuales de Buda, lo que desembocaba en una auto-concepción de su obra como la propia de una búsqueda espiritual. Profundizando en aquel “panteísmo agnóstico” con el que Hennequin caracteriza la obra de G. Flaubert, O. Redon logra integrar los conceptos orientales en su sistema esotérico global, manifestado especialmente en su álbum de 1891, Songes, elaborado en memoria de A. Clavaud.
|
O. Redon. Buda caminando entre las flores, 1905 |
De hecho, las dos litografías que O. Redon destaca del escrito de G. Flaubert sugieren que el pintor francés estaba sumamente interesado por los aspectos intelectuales de Buda, lo que desembocaba en una auto-concepción de su obra como la propia de una búsqueda espiritual. Profundizando en aquel “panteísmo agnóstico” con el que Hennequin caracteriza la obra de G. Flaubert, O. Redon logra integrar los conceptos orientales en su sistema esotérico global, manifestado especialmente en su álbum de 1891, Songes, elaborado en memoria de A. Clavaud.
Parece claro, sin embargo, que después de 1900 asistimos a una transformación en la visión de Buda por parte de O. Redon, como lo demuestra la conversión de su imagen bajo tonos más vivos y optimistas, al modo de un monje meditativo y sereno. No sólo se observa un tránsito en busca del color sino que en sus múltiples trabajos (Buda Viviente (1903-1904); dos versiones de Buda en su juventud (1904-1905); Buda, Corazón Sagrado (1906); Buda caminando entre flores (1905); Buda (1906); y un trabajo desconocido: La Muerte de Buda (1900)) es patente una progresión en su comprensión del budismo. |
O. Redon. Buda, antes de 1906 |
Dos circunstancias vienen a impulsar el cambio de estilo de O. Redon:
Se puede decir que allí donde se halla un fragmento cualquiera de la doctrina esotérica, ésta existe virtualmente en su totalidad, puesto que cada una de sus partes presupone o engendra las otras. Los grandes sabios, los verdaderos profetas, todos la han poseído, y los del porvenir la poseerán como los del pasado. La luz puede ser más o menos intensa, pero siempre es la misma luz.
-La relación con el círculo ocultista de Edmond Bailly a principios de 1890. La librería de Edmond Bailly (Librarie de l’art independant) constituía un centro de ocultismo en el que se reunían autores tan significativos como Huysmans, Mallarmé, Victor Emile Michelet, Villiers de l’Isle-Adam, artistas como Henri Toulouse-Lautrec, Felicien Rops y compositores como C. Debussy y E. Satie. Edmond Bailly era un teósofo que publicaba la revista Le Lotus Bleu, así como una gran número de libros y revistas de ocultismo. Su asiduidad a la librería hizo que O. Redon conociese con cierta profundidad las doctrinas teosóficas y el misticismo oriental (17) . |
|
O. Redon. Buda en su juventud, 1904-1905 |
O. Redon. Sagrado Corazón (Buda), 1906 |
Es más, de modo semejante a E. Schure, O. Redon fusionó las imágenes de Buda y Cristo en el Sagrado Corazón de Cristo (1895) y Buda (alrededor de 1906) de cara a exponer las características comunes entre dos maestros espirituales. Como resultado, el buda de O. Redon sigue las mismas pautas que dotan de originalidad al artista y que consisten, a ojos de Michael Wilson (31), en “traer a la vida de un modo humano el ser improbable y haciéndolos vivos de acuerdo con las leyes de la probabilidad, poniendo, en tanto que sea posible, la lógica de lo visible al servicio de lo invisible”. Es decir, la recomposición imaginaria del Buda de O. Redon se asemeja mucho a lo que H. P. Blavatsky denominaba el Buda de la Compasión, la encarnación de la sabiduría y el amor (sobre todo, en el Buda de 1906 y Buda caminando entre flores). Nos alejamos de la atmósfera perturbadora e inquietante que envuelve al Buda de los inicios para encontrar un ser dotado de inmensa compasión y sabiduría que persigue la liberación de todos los seres del ciclo del Samsara para alcanzar la luz del Nirvana. Si en la versión de 1895 Buda es un buscador que debe abrazar la sabiduría del universo para la iniciación, en la versión de 1896 Buda encarna la dualidad entre espíritu y materia, entre lo divino y lo diabólico, entre la oscuridad y la luz, entre la muerte y la vida.
De esta manera, la imaginería posterior revela un meta-discurso esotérico que atiende al despertar de los sentidos y su trascendimiento de cara a alcanzar una experiencia estética total. Sin embargo, como ya se ha dejado dicho, Buda no sólo era un modelo espiritual para O. Redon. En el Corazón Sagrado de Buda de 1906, la entronización simbólica de Buda y Cristo demuestra la aproximación sintética en los pensamientos, de clara raigambre teosófica, y los trabajos de O. Redon. En este sentido, es evidente que O. Redon concibe sus propios trabajos pictóricos como una versión menor de un pasaje espiritual, de tal modo que su propósito último fuera la combinación de la sabiduría oriental occidental para explorar el misterio del alma. |
|
(1) Véase al respecto Adamson, N., ‘Japonisme and odilon Redon’s Decorative Painting’, Apollo, 1987, pp. 12-21.
(2) Al respecto, véase Leard, L. The Sociéte des Peintres-Graveurs: Printmaking, 1889-1897.Tesis Doctoral, Columbia University, 1992. (3) Recordemos que Félix Bracquemond y Philippe Burty, entre otros, fundan en 1867 la Société du Jing-lar en cuyos encuentros se vestía con kimono. (5) Hay quienes sostienen que una de las causas que inclinaron a O. Redon hacia una mirada fantástica y aterradora fue su estancia en Peyrelebade y su relación con los campesinos, que le transmitían relatos pertenecientes a la tradición oral en lo que tenían cabida brujas y hechiceras. “Redon’s belief in the veracity of the ‘monstrous’ hybrids he would later invent can be associated with his childhood experience of the extraordinary as part of the everyday”. (6) Wilson, M. Nature and Imagination: The Works of Odilon Redon. New York: E. P. Dutton, 1978, p. 15. (8) Hennequin comentó a O. Redon, tras revisar el álbum Orígenes, que en la obra de G. Flaubert encontraría nuevos monstruos. Así, por lo menos lo relata el mismo O. Redon en una carta a André Mellerio fechada el 21 de julio de 1898. (9) Wichmann, S. Japonisme: The Japanese Influence on Western Art in the 19th and 20th Centuries. New York: Harmony Books, 1981. (10) “By the early nineteenth century, the term hyaku monogatari came to be used as a generic term for ghost stories, and a great variety of hyaku monogatari prints began to be made”. (11) Véase al respecto Wilson, M. Nature and Imagination: The Works of Odilon Redon. Oxford: Phaidon, 1978.
Por otra parte, Edouard Schuré, la más importante referencia del teosofismo para los círculos artísticos del momento, ya había publicado dos importantes artículos sobre el budismo en Revue des deux mondes en 1880. Concretamente, La Legende de Bouddha y Le Bouddha et sa legende. (12) Durand, A. ‘Odilon Redon et Armand Claraud’, Revue Artistique de Bordeaux et des Départments de la Gironde, nº 24, 1975. (13) “Habiendo vencido al demonio, pasé doce años nutriéndome exclusivamente de perfumes, y como había adquirido las cinco virtudes, las cinco facultades, las diez fuerzas, las dieciocho sustancias, y además había penetrado en las cuatro esferas del mundo invisible, fue mía la Inteligencia...¡Me convertí en el Buda!”. Flaubert, G. La Tentación de San Antonio. Barcelona: Bruguera, 1975, pp. 137-138. (15) Y no sólo de Buda. También de Isis, Cristo, la Esfinge, Oanes y tanto otras figuras que aparecen en la obra. (17) Véase al respecto Collier, P. & Lethbridge, R (eds.). Artistic Relations: literature and the Visual Arts in Nineteenth-Century France. New Haven & Londo: Yale University Press, 1994.
|
|
BIBLIOGRAFÍA |
|