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UNA INTRODUCCIÓN A LA ARQUEOLOGÍA PREHISTÓRICA Y PROTOHISTÓRICA DEL ARCHIPIÉLAGO JAPONÉS
Rafael Abad de los Santos
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Resumen: La arqueología ha arrojado a la luz la existencia de cuatro grandes complejos prehistóricos y protohistóricos en el archipiélago japonés: un conjunto de culturas paleolíticas pertenecientes a los primeros pobladores del archipiélago hace más de 12.000 años; la cultura jōmon, que floreció con el inicio de la actual era geológica y posee unas de las tradiciones cerámicas más antigua del planeta; la cultura yayoi, resultado de la penetración de nuevos elementos culturales desde el continente, como la agricultura y el metal; y la cultura kofun, protagonizada por túmulos de dimensiones colosales que reflejan el nacimiento de una nueva división social y política.
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1. Introducción
En el año 2012 se cumplen exactamente 135 años desde la realización de las primeras excavaciones arqueológicas en Japón. Aunque todavía existen numerosas cuestiones por responder, el progreso de la arqueología desde el período meiji (1868-1912) –momento en el que se introduce esta disciplina desde Occidente-, ha permitido esclarecer la existencia de cuatro grandes conjuntos, identificados generalmente como “culturas”, que florecieron en el archipiélago japonés con anterioridad a la aparición del registro histórico: la cultura paleolítica -también llamada de Iwajuku-, la cultura jōmon, la cultura yayoi y la cultura kofun. En este artículo, el autor intentará exponer de manera concisa las principales características de estas culturas, presentando no sólo sus elementos materiales más representativos, sino también haciendo referencia a los diferentes aspectos sociales, económicos y religiosos de los grupos humanos que habitaron el archipiélago durante este tiempo. Aunque estas culturas deben ser consideradas esencialmente como “culturas arqueológicas”, es decir, complejos constituidos por elementos materiales con una distribución determinada en el espacio y el tiempo, lo cierto es que también es habitual referirse a ellas, tanto en Japón como en Occidente, como “períodos” dentro del marco de la historia japonesa. Pese a que este planteamiento no carece de inconvenientes, en el texto se hará referencia indistintamente a “culturas” y “períodos”. Por otra parte, como se explicará en cada apartado, la división jōmon - yayoi - kofun se aplica fundamentalmente en el territorio compuesto por las islas de Honshū, Shikoku y Kyūshū, mientras que la isla septentrional de Hokkaidō y el archipiélago Nansei -es decir, los territorios insulares comprendidos entre Kyūshū y Taiwan- en el sur, experimentaron un desarrollo parcialmente diferente. |
2. El Periodo Paleolítico
Aunque ya en la primera mitad del siglo XX algunos investigadores plantearon la posibilidad de que el archipiélago japonés hubiese sido poblado por portadores de una cultura paleolítica durante el Pleistoceno, la existencia de útiles líticos pertenecientes a este período no fue confirmada oficialmente hasta fines de la década de 1940. En concreto, la excavación del yacimiento de Iwajuku (prefectura de Gunma) en 1949 fue el episodio que dió inicio a los estudios sobre el período paleolítico en Japón; por este motivo, no es inusual referirse a éste como “período de Iwajuku”. En la actualidad se ha confirmado la presencia de más de 4.500 yacimientos pertenecientes a este período, con una antigüedad que oscila entre los 35 y los 12 mil años según la cronología más generalizada. La mayor parte de ellos se ubican formando grupos sobre altiplanicies abiertas, y rodeando pequeños valles en las cercanías de ríos y orillas lacustres; a diferencia de las culturas paleolíticas de Europa, la ocupación de cuevas parece haber tenido un carácter marginal. Con respecto al origen de esta cultura, se han formulado hasta ahora dos teorías básicas. Una sostiene que su aparición es resultado directo de la penetración del homo sapiens en el paleo-archipiélago japonés (figura 1) hace unos 35.000 años; otra, sugiere la posibilidad de que sean fruto de una evolución desde un sustrato cultural anterior, es decir, una cultura que, en terminología occidental, sería posicionable en el Paleolítico Medio. El descubrimiento en la última década de algunos yacimientos cuya antigüedad podría remontarse a unos 80.000 ó 90.000 años (v.g. Kanedori, en la pref. de Iwate) parece apoyar la segunda teoría, aunque en realidad no es necesario considerar ambas posiciones en términos necesariamente contradictorios. |
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Generalmente, los yacimientos de este período se presentan cubiertos por espesas capas de sedimentos de origen volcánico. Ello, unido a las condiciones climáticas y topográficas, ha generado un notable grado de acidez de los suelos, dificultando la preservación de restos óseos; sin embargo, al mismo tiempo, ha permitido determinar de un modo preciso la evolución del equipo lítico de los primeros pobladores de las islas a través de los estudios estratigráficos. En este sentido, son especialmente importantes los yacimientos de las mesetas de Sagamino y Musashino, en el sur de la región del Kantō, cuyo estudio ha proporcionado los primeros esquemas para la comprensión del desarrollo de las industrias paleolíticas. En el área formada por Honshū, Shikoku y Kyūshū, que constituye en sentido estricto el llamado paleo-archipiélago japonés, el período suele ser dividido en dos grandes etapas. La primera, que en realidad comprende la mayor parte del período (35.000 - 14.000 B.P.), está caracterizada por el empleo de hojas líticas rebajadas (esto es, útiles con forma de cuchillo y un único filo cortante), hachas parcialmente pulimentadas y herramientas de forma trapezoidal; esta etapa se subdivide a su vez en dos fases, separadas por la erupción masiva que creó la caldera Aira en el sur de Kyūshū hace 25.000 años. La segunda etapa se distingue principalmente por el uso de las llamadas microhojas (hojas líticas de reducido tamaño, de forma rectangular y cuya longitud no suele superar los 4 ó 5 centímetros), y constituye la etapa final del período (14.000 - 12.000 B.P.). Sin embargo, en la isla septentrional de Hokkaidō, que en aquel entonces estaba unida al continente a través de Sakhalin, apenas se han hallado restos de la cultura de hojas rebajadas, y las microhojas hacen su aparición tempranamente hacia 20.000 B.P. o incluso antes, lo que podría indicar una influencia directa de las industrías líticas de Siberia. Por otra parte, en Okinawa y otras islas del extremo meridional han sido descubiertos algunos de los restos óseos más antiguos del archipiélago (entre ellos, el famoso “hombre de Minatogawa”, datado en 18.000 - 16.000 B.P.), pero no están asociados a artefactos líticos, y es incierta su relación con la cultura de hojas rebajadas que se distribuye por Honshū, Shikoku y Kyūshū. |
| Figura 1 El proto-archipiéago japonés durante la última etapa del Pleistoceno. Honshū, Shikoku y Kyūshū formaban una única masa de tierra, mientras que Hokkaidō estaba unida al continente. (Redibujado a partir de Matsuura 2005: 9). |
No existe la menor duda de que durante este período, el paleo-archipiélago fue habitado por grupos de cazadores-recolectores con un estilo de vida nómada. Lejos de ser una simple suposición teórica, este hecho ha quedado demostrado por medio del estudio de los denominados “bloques”, esto es, áreas dentro de los yacimientos, cuya superficie oscila entre uno y varios metros cuadrados, y en cuyo interior aparecen concentrados útiles líticos, lascas y polvo producido durante el proceso de elaboración de herramientas. Generalmente, dentro de un yacimiento es posible detectar varios bloques, y el análisis de los restos hallados en su interior permite rehacer los núcleos, es decir, las masas pétreas usadas para producir los útiles. Sin embargo, para reconstruir completamente un núcleo es imprescindible revisar los bloques de yacimientos separados por distancias kilométricas; eso significa que los grupos de cazadores-recolectores se desplazaban de un lugar a otro llevando consigo las materias primas necesarias. Entre los yacimientos pertenecientes a la primera etapa de la cultura de hojas rebajadas (35.000 - 25.000 B.P.), destacan algunos con bloques dispuestos circularmente y formando áreas cuyo diámetro alcanza varias decenas de metros. La reconstrucción de los núcleos confirma que estos bloques coexistieron en el mismo momento, o, dicho de otro modo, que estos yacimientos fueron originalmente el lugar de reunión de grandes grupos de cazadores. Ello ha sido puesto en relación con la posible caza y despiece de mamíferos de gran tamaño, como el Elephas naumanni, una especie extinta próxima al actual elefante asiático pero cubierta por pelo largo y una gruesa capa de grasa subcutánea. Este tipo de yacimientos, sin embargo, desaparece del registro arqueológico durante la segunda etapa de esta cultura (25.000 - 14.000 B.P.) cuando, al mismo tiempo, se produce una tendencia hacia la reducción en el tamaño de los útiles líticos. Estos fenómenos, unidos a la aparición de técnicas de fabricación con un marcado carácter regional y la agrupación de yacimientos en cuencas fluviales, son interpretados como indicios del desarrollo de nuevas estrategias vitales, que aun siendo calificables como nómadas, reflejan una mayor vinculación hacia territorios concretos. Finalmente, hacia 14.000 B.P. se difunde por el paleo-archipiélago una cultura de microhojas (microlitos). Aunque ya en la etapa anterior se observa una tendencia hacia el empequeñecimiento de los útiles líticos, esta cultura suele ser relacionada con la introducción de nuevas técnicas desde el continente, si bien se desconoce si este fenómeno se debe a la llegada de nuevos grupos de cazadores-recolectores, o, más bien, a una transmisión de conocimientos tecnológicos. En cualquier caso, la cultura paleolítica en Japón dejaría paso poco después a una nueva etapa protagonizada por la cultura jōmon. |
3. El Periodo Jōmon
Hace aproximadamente 12.000 años, como consecuencia de la transición Pleistoceno - Holoceno, es decir, el final de la última glaciación y el ascenso de las temperaturas a escala planetaria, se forma el archipiélago japonés tal como lo conocemos hoy día, y surge en éste un conjunto de elementos materiales que anuncian el establecimiento de una nueva cultura, a la que se denomina jōmon. Este término japonés procede, en realidad, de la expresión inglesa “cord marked”, usada por primera vez por el zoólogo estadounidense Edward Sylvester Morse en 1879, para referirse a las impresiones que decoraban la cerámica descubierta por él en el conchero de Ōmori (Tōkyō). Esta cerámica fue valorada entonces como el elemento más representativo de la cultura de la edad de piedra en Japón, y a partir de la década de 1930 se difundieron en los círculos arqueológicos japoneses las expresiones “cultura de la cerámica jōmon” o “período de la cerámica jōmon”, que son el origen de los términos usados en la actualidad. La cultura jōmon se extiende por todo el archipiélago japonés, desde Hokkaidō hasta Okinawa, aunque el 85% de los 75.000 yacimientos atribuidos a esta cultura se localizan en la parte oriental de Japón, es decir, la zona comprendida entre las regiones de Kantō y Hokkaidō. En las islas Sakishima, en el extremo meridional, no se han encontrado restos materiales de esta cultura; asimismo, no pocos arqueólogos piensan que Okinawa debe ser tratada como un zona periférica, que no forma parte sensu estricto de su área de distribución, y por ello, se ha propuesto al concepto de “período de los concheros”, que hace referencia a una cultura material con una personalidad propia. La datación de la cerámica hallada en la cueva de Fukui (pref. de Nagasaki) en la década de 1960, que proporcionó una valor de 12.700 ± 500 B.P., ha sido aceptada durante largo tiempo como la fecha de comienzo de este período. Más recientemente, la datación de algunos fragmentos de cerámica descubiertos en el yacimiento de Ōdai-Yamamoto I (pref. de Aomori) ha presentado una antigüedad de 16.500 años, lo cual ha llevado a nivel popular a la creencia de que el período jōmon comienza 4.000 años antes de lo que se pensaba. Sin embargo, dado que los métodos empleados en las dataciones son diferentes (en el primero, datación por radiocarbono tradicional; en el segundo, espectrometría de masas mediante acelerador de partículas –AMS– y posterior calibración mediante coral), las fechas obtenidas no son directamente comparables; a ello hay que sumar el hecho de que los fragmentos de Ōdai-Yamamoto no presentan ningún tipo de motivo decorativo, y se desconoce su relación “genealógica” con los tipos de cerámica que aparecen después. Por otra parte, el período suele ser subdividido en seis fases, denominadas “incipiente”, “inicial”, “temprana”, “media”, “tardía” y “final”. Aunque formulada originalmente para clasificar los tipos de cerámica jōmon en la década de 1930, esta subdivisión ha adquirido con el tiempo un valor más amplio, y es usada para explicar el desarrollo cultural, social y demográfico a lo largo del período. El período jōmon puede ser definido básicamente como la segunda gran etapa cultural protagonizada por cazadores-recolectores en el archipiélago japonés. Sin embargo, debido a su amplitud cronológica, así como a la variedad de fenómenos que se producen durante el mismo, resulta complicado presentar una definición concreta. Por ejemplo, en la década de 1930, el arqueólogo Yamanouchi Sugao expuso que este período debía ser equiparado al neolítico de Europa Occidental, aunque a diferencia de éste, en Japón no existían evidencias de la práctica de la agricultura hasta los inicios de la cultura yayoi. Algún tiempo después, el propio Yamanouchi trató de encontrar analogías con las sociedades indígenas de Norteamérica, valorando a la cultura jōmon como una cultura de “cazadores-recolectores de alto nivel”. Ya en la década de 1980, Nishida Masaki definió a sus portadores como un “pueblo sedentario de áreas forestales en latitudes medias”, y argumentó que su principal característica había sido la explotación simultánea de múltiples recursos animales y vegetales; ello habría garantizado la perduración de esta cultura ante la posible carencia de algún tipo concreto de fuente alimenticia. En fecha más reciente, Imamura Keiji ha propuesto el concepto de “neolítico forestal”. Imamura sugiere que algunas actividades detectadas a partir del registro arqueológico, aun siendo sustancialmente diferentes de la agricultura y la ganadería, pueden ser clasificadas dentro de la categoría de “producción de alimentos”. Por ejemplo, el hallazgo de silos con frutos secos cuyo ADN es más cercano al de las especies cultivadas en la actualidad que al de las silvestres, indicaría la proteccion y conservación de determinadas especies dentro de las áreas forestales. |
| Independientemente del problema de la definición del período, el estudio de los artefactos y yacimientos nos ha permitido elaborar una “historia” de los principales “eventos” acontecidos durante el mismo. En la fase incipiente e inicial aparecen las primeras viviendas, que sugieren el comienzo de una vida sedentaria, hecho profundamente relacionado con el nacimiento de la cultura cerámica; no obstante, es probable que ciertos grupos mantuviesen todavía un estilo de vida seminómada, desplazándose según el ciclo de las estaciones. Entre fines de la fase inicial y principios de la fase temprana, aparecen cementerios y aldeas compuestas por las denominadas “viviendas-foso”, es decir, estructuras cuya planta se sitúa por debajo del suelo exterior. Asimismo, surgen los célebres montículos de conchas, que reflejan la explotación de recursos marinos, aunque, en realidad, muchos de ellos no deben ser considerados simples vertederos ya que probablemente estaban revestidos de un carácter sacro. Por otro lado, la excavación del yacimiento de Kamikuroiwa (pref. de Ehime) ha sacado a la luz la existencia de enterramientos de cánidos, lo que indica la domesticación de este animal. La fase media se interpreta como la etapa de apogeo, cuando en la zona nororiental del archipiélago surgen aldeas de gran tamaño; entre éstas, ocupa un lugar destacado Sannai-Maruyama (pref. de Aomori), a la que se le atribuye un intervalo de ocupación de 1.500 años (5.500 – 4.000 B.P.) y una población de 500 habitantes. Además, en diversos puntos del archipiélago se aprecian manifestaciones de carácter megalítico, como círculos de piedra (fotografía 1). Sin embargoen el Japón Occidental, el número de yacimientos es notablemente reducido, y es posible que el modo de vida sedentario iniciado en la fase inicial experimentase un momento de crisis. Al llegar a la fase tardía, se observa un proceso de fragmentación y reducción de escala de los yacimientos en el área comprendida entre las regiones de Tōhoku y Chūbu, pero en Kantō aparecen concheros de dimensiones colosales, y en el Japón Occidental se observa un proceso de recuperación, con la formación de grandes aldeas entre Kyūshū y Kinki. Estas tendencias se mantienen hasta el final del período, momento en el que irrumpe en el archipiélago la agricultura intensiva del arroz, que marca el comienzo de un nuevo período. |
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Con respecto al final de esta cultura, existen dos grandes interpretaciones. Según una, la sociedad jōmon, después de llegar a su cénit durante la fase media, sufrió un proceso de estancamiento y paralización, que quedaría de manifiesto en la proliferación de artefactos con un supuesto carácter ritual o religioso, como figurillas y placas antropomorfas de arcilla. Sin embargo, según la otra interpretación, la cultura jōmon había alcanzado de facto un evidente equilibrio, y, sin la irrupción de los nuevos elementos de origen continental, hubiese perdurado a lo largo del tiempo hasta nuestros días. |
4. El Periodo Yayoi
Denominamos “período yayoi” al intervalo de tiempo comprendido entre la introducción del sistema de agricultura intensiva en el archipiélago japonés, hace 2.500 años, y la construcción de los primeros kofun, esto es, túmulos colosales con cámaras megalíticas, en la segunda mitad del siglo III d.C. El término “yayoi” procede del barrio tokiota de Yayoi, lugar en fonde fue descubierta por primera vez en 1884 una vasija representativa de este período, aunque la expresión “cerámica de estilo yayoi” no surgiría hasta un tiempo después. Ya en la década de 1930, Yamanouchi Sugao, Morimoto Rokuji y otros arqueólogos propusieron el concepto de “período yayoi” como la época en la que se había difundido en el archipiélago la agricultura, por contraposición al “período jōmon”, entendido éste como un período de economía depredadora (caza, pesca y recolección). La cultura yayoi se difunde básicamente por Honshū, Shikoku y Kyūshū. Más al norte, la cepa del arroz no pudo adaptarse al frío clima de Hokkaidō, en donde la cultura jōmon perduró más o menos hasta el siglo VIII d.C., en una etapa que se denomina zoku-jōmon (epi-jōmon en la bibliografía occidental). Igualmente, en el sur, este período se hace corresponder con la segunda mitad del denominado “período de los concheros”. Aunque algunas veces existe la concepción errónea de que la cultura yayoi como tal procede del continente asiático, en realidad dentro de esta cultura es necesario distinguir tres grandes conjuntos de elementos: aquellos heredados de la tradición jōmon, los de origen continental, y los que surgen de un modo original durante el período. Entre los primeros, por ejemplo, pueden citarse los útiles líticos tallados, las industrias sobre asta y hueso, las técnicas de elaboración de objetos de laca, y los motivos decorativos de las cerámicas; no obstante, en la parte oriental del archipiélago estos elementos de la tradición jōmon muestra una mayor pervivencia a lo largo del tiempo, mientras que en la parte occidental sufrirían una rápida transformación. Por otra parte, entre los elementos de origen continental, hay que citar las vasijas de cuerpo esférico llamadas tsubo, estructuras funerarias de carácter megalítico (shisekibo), el uso de huesos de animales con fines adivinatorios, y todos aquellos aquellos utensilios relacionados con la agricultura del arroz. Estos elementos tienen numerosos puntos en común con la cultura mumun del sur de la península de Corea, lugar de donde probablemente proceden. El principal problema es sí su llegada al archipiélago japonés se debe a una difusión estrictamente cultural, o bien a la llegada de nuevos grupos desde el continente. Debido a que la cultura agrícola del archipiélago está provista desde el principio de un grado notable de coherencia interna y un equipo tecnológico sistematizado, no son pocos los arqueólogos que reconocen la entrada de cierto número de “colonizadores”. Al mismo tiempo, un análisis pormenorizado de las características de los útiles líticos y la cerámica revela algunas diferencias entre las culturas del archipiélago y las del sur de la península de Corea, lo cual ha llevado a otros especialistas a posiciones contrarias. Por otra parte, en el mundo de la antropología es mayoritaria la opinión según la cual el archipiélago fue escenario de un proceso masivo de migración desde el continente durante los períodos yayoi y kofun. En cualquier caso, hasta el momento presente se ha detectado arqueológicamente la presencia de arrozales entre Kagoshima, en Kyūshū, y Aomori, en el extremo septentrional de Honshū. Se trata de campos fraccionados generalmente en parcelas pequeñas, aunque provistas ya de los canales de irrigación y los caballones o lomos divisorios (aze) que pueden observarse en los arrozales de época histórica. Asimismo, se han encontrado toda clase de aparejos agrícolas con una marcada diferenciación funcional. En la primera etapa del período estos útiles suelen ser de madera o piedra, pero durante la fase media empiezan a usarse puntas de hierro en la azadas y palas, lo que pone de manifiesto la segunda gran innovación tecnológica del período, esto es, la introducción y difusión del metal. |
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| Figura 2 Aspecto arquetípico de un dōtaku durante su etapa de apogeo (ss. I a.C. - II d.C.). En este momento aparecen en sus superficies representaciones de carácter figurativo, que proporcionan importantes pistas sobre el modo de vida de los habitantes del archipiélago (1.- Esaka et al. 2000: 346; 2.- Yamamoto 2001: 222). |
En la actualidad no se han hallado restos materiales evidenciando que los procesos de extracción y refinación (seiren) del metal hayan sido llevados a cabo en el archipiélago, por lo que se supone que debieron transportarse, primero desde China y más tarde desde la península de Corea, fragmentos de metal de objetos pre-existentes. Como se ha mencionado antes, el hierro fue destinado básicamente a la fabricación de objetos de carácter agrícola. Por su parte, el bronce fue usado inicialmente para elaborar armas como espadas y diferentes tipos de picas o lanzas (hoko), pero en poco tiempo éstas adquirieron grandes dimensiones y perdieron su carácter práctico, convirtiéndose en piezas con un valor simbólico y ritual. Una transformación similar sufrieron los llamados dōtaku (figura 2), objetos campaniformes cuyo origen se encuentra en las campanillas de cobre del continente, pero que en el archipiélago alcanzan más de 130 centímetros de altura y 45 kilos de peso, convirtiéndose esencialmente en objetos visuales. Por otra parte, la introducción de la agricultura primero, y de los metales después, tuvo repercusiones sustanciales desde el punto de vista de las relaciones humanas. Durante este período aparecen aldeas provistas de fosos y obras de tierra, esto es, elevaciones del suelo que probablemente cumplieron la función de primitivos muros de defensa. Asimismo, se han encontrado yacimientos en lo alto de colinas y montañas, zonas no aptas para labores agrícolas pero ideales para controlar el acceso a los territorios. Estos fenómenos suelen ser explicados aludiendo al inicio de verdaderos conflictos entre aldeas y regiones por el dominio de las mejores tierras y fuentes de agua, así como por el control de las vías de acceso al metal. Además, la arqueología ha sacado a la luz la existencia de numerosos restos humanos con señales manifiestas de violencia, lo cual contrasta con el precedente período jōmon. Entre los yacimientos de aldeas, destacan algunos como Yoshinogari (pref. de Saga), Ikegamisone y Makimuku (ambos en la pref. de Nara), situados en las principales llanuras del archipiélago y cuyas superficies superan los 300.000 metros cuadrados. En su interior han aparecido restos de edificios de grandes dimensiones, que, según los arqueólogos japoneses, merecen el calificativo de “palacios” (shinden), y lo cierto es que estas aldeas debieron desempeñar la función de pequeñas “capitales” dentro de sus territorios de influencia. Más allá, algunos de estos centros adquirieron con el tiempo cierto renombre al otro lado del estrecho de Tsushima, y de hecho, las crónicas chinas recogen que hacia el s. I d.C. el “soberano del país de Wa”, una entidad política situada supuestamente en el norte de Kyūshū, rendía tributo al emperador chino, lo cual implica el “reconocimiento internacional” de su existencia. En realidad, la arqueología ha demostrado que ya antes, hacia el s. III a.C., ciertos grupos del archipiélago obtenían de la China continental algunos objetos de lujo como espejos y discos de jade, que servían en las sociedades locales como bienes de prestigio y símbolos de autoridad. En esta misma etapa se empieza a observar la contrucción de grandes túmulos de planta cuadrada, con una tendencia al aumento de sus dimensiones que se mantiene hasta el siguiente período. Ello refleja indirectamente el nacimiento de una división entre dirigentes y dirigidos, o dicho de otro modo, el nacimiento de “clases” sociales. Según el “Libro de Wei” -uno de los tres volúmenes que componen la llamada “Crónicas de los Tres Reinos” redactada por el historiador chino Chen Shou-, hacia mediados del s. III d.C., dos grandes coaliciones, una dirigida por el rey del país de Kuna, y otra liderada por Himiko, soberana del país de Yamatai, entraron en conflicto en el archipiélago japonés. El enfrentamiento concluyó con la victoria de Yamatai y sus aliados, pero poco después fallecería Himiko. Según la misma crónica, sus restos fueron depositados en una colosal tumba de “cien pies” de longitud. Al mismo tiempo, según la arqueología, justo en la mitad del s. III surge en la cuenca de Nara una nueva clase de enterramientos tumulares. Se trata del comienzo del período kofun. |
5.- El Periodo Kofun
La palabra japonesa kofun, que traducida literalmente significa “tumba antigua” o “túmulo antiguo”, fue usada ya durante el período Edo (1603-1868) para designar a todas aquellas estructuras funerarias de carácter colosal que dominaban el paisaje de Japón desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, al ser introducida la arqueología moderna desde Occidente en las décadas de 1870 y 1880, el término fue adquiriendo gradualmente un significado más preciso, hasta que a fines del s. XIX, el arqueólogo japonés Yagi Shōzaburō propuso el concepto de “período de los túmulos antiguos” (kofun jidai). La fecha de inicio del período depende directamente del propio concepto de kofun, y aunque es indudable que existe una clara línea de continuidad con las estructuras funerarias del precedente período yayoi, en la actualidad es mayoritaria la opinión según la cual el nacimiento a mediados del siglo III d.C. de un nuevo tipo de tumba, los túmulos con forma de ojo de cerradura (zenpō-koen-fun), señala el comienzo del período. Con respecto a su final, este tipo de túmulos desaparece a fines del s. VI o principios del s. VII, lo cual evidencia un importante cambio de las costumbres mortuorias, pero de hecho la construcción de túmulos de planta circular y cuadrangular se mantuvo a lo largo de este último siglo. Ello produce cierta discordancia con el sistema de división histórico, pues el período kofun se solapa de modo parcial con el primer período históricamente reconocido, el período Asuka (538 ó 592 – 710); no obstante, dado que ambas periodizaciones tienen una naturaleza diferente, no puede reclamarse una coherencia absoluta. Por otra parte, el período kofun suele ser dividido en cuatro etapas: inicial (ss. III – IV), media (ss. IV – V), tardía (ss. V – VI) y final (s. VII). Al período kofun se le define como el transcurso de tiempo durante el cual se formalizan abiertamente las diferencias entre los estratos sociales de gobernantes y gobernados, y se levantan enormes túmulos con cámaras funerarias megalíticas de carácter individual. Dado que los kofun responden a un mismo arquetipo, y su contenido, tanto exterior como interior, es el mismo, es muy probable que reflejen la existencia de alianzas políticas entre los diversos líderes locales y regionales. Además, a juzgar por los ajuares funerarios -compuestos principalmente por espejos de bronce, armas y útiles agrícolas-, estos líderes eran no sólo jefes con una autoridad política, sino que también estaban revestidos de una ascendencia de carácter religiosa, y este hecho, aunque especialmente visible en la etapa inicial, no sufriría modificaciones sustanciales a lo largo del período. |
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| A partir de la distribución espacial de los kofun, algunos arqueólogos han supuesto que los caudillos asentados en el área que en tiempo históricos se denominaría Kinai, en la mitad occidental de Honshū, desempeñaron un papel dominante en la confederación de líderes. Sin embargo, durante las fases inicial y media, también se observan túmulos gigantescos en otras zonas, y no es hasta la fase tardía cuando estos kofun empiezan efectivamente a reducir su tamaño, lo que sí podría revelar el nacimiento de una autoridad definible como “monárquica”. En este sentido, hay que destacar también las diferencias que se aprecian con respecto a las aldeas del período yayoi, entre las que destacan, por una parte, la desaparición de los fosos y elevaciones de tierra, y por otro, el establecimiento de las zonas de residencia de los clanes o familias más poderosas como espacios independientes fuera de las aldeas. Según los arqueólogos japoneses, la eliminación de medidas de seguridad de carácter defensivo muestra que, como resultado de la formación de alianzas, las posibles disputas entre comunidades eran solucionadas esencialmente a través de procedimientos “diplomáticos”. Mientras, la aparición de zonas residenciales de carácter “aristocrático” (gōzoku kyokan) fuera de las aldeas, manifiesta, al igual que los kofun, la separación física entre los estratos de gobernantes y gobernados. Durante la fase inicial del período kofun desaparecen los objetos campaniformes y las armas rituales de bronce, que habían caracterizado a la cultura yayoi, y en su lugar, en los yacimientos de carácter religioso se encuentran espejos de bronce, armas y diferentes tipos de joyas, que son, en realidad, los mismos objetos que componen los ajuares funerarios hallados en el interior de los kofun. Estos yacimientos suelen estar situados en montañas, en islas apartadas, o en las cercanías de masas rocosas y fuentes de agua, lo cual parece mostrar que ciertos emplazamientos y fenómenos naturales eran objeto de culto. |
| Figura 3 Típica planta de un kofun con forma de ojo de cerradura. El término japonés zenpō-koen-fun en realidad significa “túmulo con la parte delantera cuadrada y la parte posterior circular”. Las cámaras de enterramiento suelen situarse en la parte circular, que es en sentido estricto el centro del kofun. (Yamamoto 2001: 248) |
Por otra parte, desde fines del s. V, aparecen pequeños objetos antropomorfos (hitogata) o equinoformes (umagata), que tienen numerosos puntos en común con las religiones populares del Asia oriental, y cuyo número se incrementa notablemente a partir del s. VII. Las técnicas agrícolas e industriales del período kofun son las heredadas básicamente desde el período yayoi, pero en la fase media se observan algunas novedades sustanciales. A fines del s. IV comienza en diversos puntos del archipiélago la producción de una cerámica de carácter vítreo o semivítreo, a la que se denomina sueki, y que es resultado de la influencia de la cerámica coreana. Entre fines del s. IV y principios del s. V, se introduce desde el continente el arte de la equitación y todo el equipo material vinculado. Y durante el s. V aparecen las primeras inscripciones en japonés haciendo uso de los ideogramas de origen chino. En el año 1949, el investigador Egami Namio propuso que todos estos cambios tenían su origen en la llegada al archipiélago de un pueblo ecuestre (kiba-minzoku) desde el continente asiático, teoría que fue muy popular durante las décadas siguientes. En la actualidad, sin embargo, estas transformaciones se relacionan principalmente con la inestabilidad política en la península de Corea, originada a raíz del auge expansionista del reino de Koguryŏ (Kōkuri) en la segunda mitad del s. IV. Este proceso habría obligado al país de Wa (Wakoku) -nombre con el que era conocida la principal entidad política del archipiélago-, así como a sus aliados del sur de la península, a la rápida adopción de la cultura ecuestre como forma de detener el avance de Koguryŏ. Asimismo, el clima de inseguridad forzó a un gran número de personas -los denominados torai-jin- a cruzar el estrecho de Tsushima en los siglos siguientes, poniendo las bases para la creación de una nueva cultura en el archipiélago. Ello contribuiría de forma decisiva al nacimiento del Japón clásico. La construcción de los colosales kofun con planta de ojo de cerradura, símbolo de las confederaciones que habían controlado la mayor parte del archipiélago durante más de 300 años, llega a su fin en el Japón occidental hacia fines del s. VI, y en el Japón oriental a principios del s. VII. No obstante, aunque la costumbre de levantar túmulos de planta circular o cuadrangular se mantendría temporalmente en algunas regiones, hacia 650 d.C. hace su aparición en el área de Kinai un tipo singular de kofun con forma octogonal (hakkaku-fun). Ello reflejaría finalmente la división total entre los clanes aristocráticos y el poder “regio”, así como la voluntad de establecer un nuevo orden político basado en una única autoridad central. |
6. Unas notas finales sobre la periodización arqueológica en Japón
No quisiera concluir esta introducción a la arqueología japonesa sin hacer algunas referencias de carácter historiográfico al establecimiento de la principal periodización arqueológica usada en este país. A diferencia de Europa Occidental, en donde los sistemas de división actuales continúan siendo en gran parte herederos del sistema de las tres edades (Piedra, Bronce y Hierro) de Christian Jürgensen Thomsen o del sistema de cuatro períodos de Lubbock (Paleolítico, Neolítico, Bronce y Hierro) propuestos durante el s. XIX, la principal periodización japonesa no es producto de una formulación sistemática por un único autor, sino que es resultado del propio proceso de desarrollo de la arqueología en Japón. Entre los cuatro conceptos principales que componen esta periodización, el más antiguo de ellos es el “período de los kofun”, que se remonta a fines del s. XIX. Aunque el concepto de kofun ha sido revisado a lo largo del tiempo, sin embargo, la propia idea de un período dominado por estas estructuras funerarias no ha sufrido alteraciones sustanciales a lo largo del tiempo, tratándose de un concepto profundamente arraigado en el mundo arqueológico japonés. Los conceptos de “período jōmon” y “período yayoi” fueron definidos de un modo sistemático posteriormente, en la década de 1930, en un momento en el que el mundo arqueológico de Japón experimentaba una época de transición. El término “período jōmon” sustituyó en la periodización usada hasta entonces a la “edad de piedra”, que de hecho había sido el primer período estrictamente arqueológico reconocido en Japón. Por su parte, la existencia del “período yayoi” comenzó a ser gradualmente aceptada a partir de 1910; dado que en la primera mitad del período todavía se utilizan útiles de piedra, y en la segunda mitad útiles de bronce y hierro al mismo tiempo, su contenido cultural impide una equiparación simplista con conceptos de origen occidental como “edad del bronce” o “edad del hierro”. Finalmente, el descubrimiento de útiles líticos en estratos pertenecientes al Pleistoceno a fines de la década de 1940, permitiría incorporar a esta división arqueológica su período más antiguo, el “período paleolítico”. No obstante, es necesario recordar que, junto a esta denominación, durante la segunda mitad del s. XX se han empleado otros muchos términos, como “período de Iwajuku”, “período pre-jōmon” o “período pre-cerámico”. Por otra parte, esta periodización arqueológica es esencialmente válida para el área integrada por las islas de Honshū, Shikoku y Kyūshū, esto es, lo que en vocabulario histórico se ha denominado tradicionalmente hondō (literalmente “tierra principal”) o naichi (“tierra interior”). En el norte, la isla de Hokkaidō, que se convirtió oficialmente en territorio de Japón en la segunda mitad del s. XIX, y en el sur, el archipiélago Nansei, experimentaron una evolución cultural distinta, que deberá ser objeto de análisis en un artículo posterior. |
BIBLIOGRAFÍA
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NOTA SOBRE EL AUTOR
Rafael Abad de los Santos (Sevilla, 1977). Historiador y arqueólogo. Licenciado en Historia por la Universidad de Sevilla (2001). Doctor por la Universidad de Hokkaidō (2009). Becario del Ministerio de Educación Japonés (2002-2009). Especialista en prehistoria del archipiélago japonés, ha residido en Japón durante ocho años, colaborando en la excavación de diversos yacimientos en el área de Hokkaidō. Como historiador, su principal línea de investigación se centra en la historia de la arqueología y la antropología, especialmente en el nacimiento y desarrollo del concepto de ‘prehistoria’ en el pensamiento arqueológico japonés. Entre sus principales artículos se encuentran: “N. G. Munro and ‘Prehistoric Japan’ (1908) -the Prehistoric Culture of the Japanese Archipelago from the point of view of a Scottish Physician-” (The Journal of Historical Association of Hokkaido University nº 46, 2006), “N. G. Munro and Torii Ryūzō -rediscovering the ‘dolmen controversy’-” (Quarterly of Archaeological Studies, 54-4, 2008), “Notas para una Historia de la Arqueología en Japón: de las Tradiciones Premodernas a la Década de 1940” (Colección Española de Investigación sobre Asia Pacífico -Cruce de Miradas, Relaciones e Intercambios- nº 3, 2010), etc. |