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ENGELBERT KAEMPFER
EuskadiAsia |
| Si se ha de mencionar a alguna figura realmente destacada en la difusión occidental de la realidad japonesa, no hay duda en que uno de los primeros nombres que debe acudir a la memoria de cualquier interesado en la materia es Engelbert Kaempfer (1651-1716). Y es que la dimensión ciclópea de su autoridad intelectual, no sólo consiguió barrer las estrechas y restrictivas demarcaciones que separan absurdamente los diferentes campos de estudio, sino que, en los que se refiere a su aproximación, científica pero también afectiva, al universo cultural de Japón, nos atreveríamos a sostener que trasciende ya toda frontera en el espacio y en el tiempo. Baste acudir a su monumental obra, Geschichte und Beschreibung von Japan / Historia y Descripción de Japón (de acuerdo a la primera publicación alemana de 1777-1779) para percatarnos de lo que tenemos entre manos, nada menos, según nos informa J. Z. Bowers, que la fuente de información más citada sobre la historia y la cultura de Japón durante el periodo de aislamiento propiciado por el shogunado Tokugawa (J. Z. Bowers: p. 38). A decir verdad, no resulta extraño puesto que en sus paginas queda patente las tremenda curiosidad polimática de su autor, la inaudita habilidad y maestría para el registro minucioso, hasta el grado de la extenuación, de todo aquel espécimen botánico, paisaje o costumbre que le es posible contemplar con sus propios ojos o transmitido por terceras personas y, sobre todo, una inclinación hacia ciertos principios de honestidad científica sin precedentes hasta aquel momento, que resulta de valor incalculable incluso para el especialista que se sumerge en su obra con una mirada actual. Pero eso no es todo, Engelbert Kaempfer supone un precursor de los estudios japonológicos, por si lo anterior no fuera suficiente motivo para asignarle tal calificativo, porque creó una de las más antiguas colecciones, sino la primera, de libros y manuscritos japoneses radicados en territorio europeo. A buen seguro que el pesado cargamento bibliográfico que E. Kaempfer trajo de tan lejanas tierras constituía la primera serie de libros japoneses que se habían visto nunca en Gran Bretaña (si hemos de fiarnos de los datos proporcionados por J. C. Scheuchzer, la colección de obras japonesas de E. Kaempfer ascendía a 60 libros y mapas de diversa índole). |
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| E. Kaempfer abandonará definitivamente Nagasaki en 1692, pero la profunda huella dejada por la cultura y la geografía japonesas en su espíritu quedará indeleble en sus obras posteriores. A su vuelta a Alemania, en 1694, presenta en Leiden su tesis doctoral Disputatio Medica Inauguralis Exhibens Decadens Observationum Exoticarum, un trabajo que incluía ensayos sobre India y Japón. Ocho años más tarde, en 1712, publicó Amœnitates Exoticae, un libro impresionante que contiene el primer tratamiento comprensivo de la flora japonesa por un autor europeo y aporta importante información sobre acupuntura y moxibustión. De hecho, pese que existen incorrecciones en la presentación de algunas plantas, Linnaeus, Thunberg, Lambert y otros publicaron varios tratados basándose en el texto e ilustraciones de E. Kaempfer (H. Hara: p. 585). |
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En cierto modo, Japón se convierte en una tierra plena de fascinación y desafío intelectual para E. Kaempfer. Pero también en refugio protector, destino ansiado en el que se da término momentáneo a una sempiterna y continua huida de la penosa situación económica que le asfixiará toda su vida (con la sola excepción de la nueva situación material que acompaña a su casamiento con María Sophia Wilstach) y, al mismo tiempo, frente a las cruentas luchas intestinas que asolan los territorios germánicos. Por otra parte, Japón no acoge a los europeos con los brazos abiertos y la misma aventura que le llevará a recalar a sus costas resulta incierta y peligrosa, fatigosa e interminable, en ocasiones, extremadamente dura. En cualquier caso, todo viaje posee un punto de partida y el de E. Kaempfer hay que situarlo en las norteñas tierras suecas, donde habría de ocupar un puesto de secretario de la delegación que el rey de Suecia envió al Shah de Persia en 1683 recorriendo por ello el inmenso territorio ruso. Este es, a todas luces, el punto culminante de un conjunto de circunstancias que se retrotraen a diez años antes y que le iban a conducir a viajar por tierras y mares de medio mundo. Resumámoslas brevemente. En 1673 E. Kaempfer recibió el grado en filosofía en la Universidad de Cracovia y, posteriormente, comenzó a estudiar medicina e historia natural en la Universidad Luterana de Königsberg. Hay que hacer notar que la medicina que, por aquel entonces, se estudiaba era transmitida como una verdadera disciplina académica con un potente escoramiento hacia la botánica y a la historia natural, lo que habría de influir decisivamente en los estudios predominantes de E. Kaempfer. Pues bien, tras una breve estancia en Alemania, decide trasladarse a Uppsala (Suecia) para continuar sus estudios médicos bajo la dirección de Olof Rudbeck. Durante su estancia en la universidad de Uppsala toma contacto con el profesor de leyes Samuel Pufendorf, a la sazón la persona quien le dará a conocer los planes del rey Carlos IX para enviar una embajada a Persia y establecer una línea comercial permanente con el Shah. La embajada, bajo la dirección del holandés Ludwig Fabritius abandonó Estocolmo el 20 de marzo de 1683 hasta alcanzar la frontera rusa, donde fueron retenidos durante dos meses en los que se negoció el permiso de las autoridades rusas para desarrollar una ruta comercial que atravesara el país, habida cuenta de que el Mar Báltico se encontraba controlado por los holandeses, franceses y británicos. Una vez conseguida la autorización, la delegación cruza precisamente el Mar Báltico con el objetivo de llegar a Moscú. De Moscú se embarcan en un viaje a través de los ríos Moskova, Olga y Volga que les conduce a la región de Astracán. Se trata de un punto geográfico óptimo para atravesar el Caspio y alcanzar Nisabad, donde inician una travesía por tierra hasta Isfaham (Margaret Lazar: p. 66). |
No obstante, habrá que esperar algunos años después de la muerte de E. Kaempfer, ocurrida en 1716, para ver editada su obra cumbre: Geschichte und Beschreibung von Japan / Historia y Descripción de Japón. En concreto, cabe datar la primera publicación en 1727 (editado por Johann Casper Scheucher), debido fundamentalmente a la adquisición de los manuscritos privados de E. Kaempfer por Sir Hans Sloane (el que fuera presidente de la Royal Geographic Society), y en una versión inglesa. Con todo, esta primera versión reflejaba ya el particular estilo expositivo de E. Kaempfer, proclive a contemplar la realidad de un modo desapasionado y con delectación científica, frente a las exageradas y exóticas narraciones de la época. Uno de los ejemplos más sobresalientes de ello se vislumbra, sin duda alguna, en la valoración positiva del confucianismo y de otros principios arraigados en el pueblo japonés, habida cuenta del acendrado etnocentrismo occidental y el poder de la iglesia católica del momento. |
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| Resulta una curiosa excepción a la época esta interesante apologética a la coexistencia multi-religiosa (salvo para el caso del cristianismo) experimentada en Japón por E. Kaempfer, incluso en el agitado contexto de una Europa atravesada por desastrosas guerras cuyo trasfondo se interna en los descarnados debates dentro del universo teológico cristiano. No obstante, frente a lo que en un principio pudiera parecer, sus narraciones a este respecto no iban a ser ignoradas. Todo lo contrario, habrían de suscitar un enorme interés en la Europa del momento. Es más, tal y como muestra Peter Kapitza en su estudio pionero (Engelbert Kaempfer und die europäische Aufklärung: Zur Wirkungsgeschichte seines Japanwerks im 18. Jahrhundert, 1980), la influencia de E. Kaempfer puede ser encontrada en los artículos de la enciclopedia (S. XVIII) así como en los escritos de muchos filósofos, escritores e historiadores. Distinguidos pensadores como Montesquieu, Rousseau, Voltaire, G. T. Raynal, J. Brucker, von Haller, Bayle, Diderot, Charlevoix, Kant, J. L. Castilhon, or Herder se inspiraron en Kaempfer. Oliver Goldsmith, Claudius, J. J. de Boyer, y otros escritores probablemente utilizaron alguno de sus más coloridos capítulos para diversos propósitos. Los sucesores de Kaempfer en el puesto comercial de Nagasaki también estudiaron su libro de modo intenso antes, durante y después de su estancia en Japón. Incluso Philipp Franz von Siebold, quien llegó a Dejima más de un siglo después de Kaempfer y realizó excepcionales contribuciones a la investigación moderna sobre Japón, mencionó profusamente a su predecesor en su monumental Nippon [traducción del autor] (1). Tras esta primera edición, aparecieron en el escenario literario europeo cerca de doce versiones y traducciones de mayor o menor calidad durante la década de los treinta. A pesar de ello, hay que esperar hasta bien entrado el siglo, concretamente a 1773, para que se elabore una versión en idioma alemán, esta vez basada en dos copias del manuscrito de E. Kaempfer en Lemgo y que cabe atribuir a las manos de Christian Wilhelm Dohm. Desde las ediciones de Scheuchzer y Dohm, no se había publicado ningún trabajo basado en el manuscrito y, en consecuencia, la concienzuda descripción de Kaempfer de Japón ha estado únicamente disponible de manera modificada por las convenciones y prejuicios del siglo dieciocho europeo. Las descripciones originales no poseen estas limitaciones y se muestran en su profundidad y precisión bajo los estándares de la erudición moderna [traducción del autor] (2). |
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| Durante su estancia en Isfaham ocurrieron algunos acontecimientos de gran trascendencia para el destino de E. Kaempfer. Es allí, mientras aguarda durante meses con el resto de la delegación a que le fuera concedida audiencia por parte del Shah, donde comienza a frecuentar la amistad del padre Raphael du Mans, quien, además de aportarle importante documentación sobre Rusia, le anima a interesarse por el Extremo-Oriente. Es en el contexto de tan animadas conversaciones con el prior del convento de los Capuchinos de Isfahan cuando E. Kaempfer decide entrar el servicio de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. No habría de transcurrir mucho tiempo, apenas un año (concretamente, el año 1685), para que un barco de la compañía, el De Waelstroom, zarpase con destino al golfo de Hormuz y E. Kaempfer a bordo, en una travesía que, en realidad, supondrá recalar en todos los puertos estratégicos que los holandeses habían construido por todo el sureste asiático. Durante dos años estuvo viviendo en Bandar Abbās, donde a duras penas logra soportar la infernal climatología para, posteriormente, ir arribando a los puertos del continente indio bajo el control holandés (Arabia Felix, Malabar, Ceilán, Bengala y Sumatra), hasta llegar a Batavia en 1689, lugar en el que coincide con un grupo de significadas personalidades que comparten su gran interés por la cultura y la realidad japonesa (los dos ex-opperhoofden: Johannes Camphuijs y Andreas Cleyer, el médico Willem ten Rhijne y el mercader Hendrik van Buijtenhem). Los conocimientos básicos que va adquiriendo en esta travesía, al disponer del Thesaurus Linguae Japonicae (editado por los jesuitas un siglo antes) y las copias de los diarios de la factoría holandesa en Japón, se verán completamente superados gracias a la extensa correspondencia sobre observaciones médicas y botánicas a las que tiene acceso en la casa de A. Cleyer. Y, por otro lado, a través de las enseñanzas de W. Ten Rhijne en torno a los secretos de la moxibustión y acupuntura sino-japonesa (no sólo le muestra su propia obra, Dissertatio de Arthritide, sino el primer tratado occidental sobre las aplicaciones del tratamiento con moxibustión, escrita por Hermann Buschoff). No obstante, su estancia en Batavia no es en absoluto confortable. Tuvo que ganarse la vida como médico a sueldo de la compañía hasta que le es ofertado un puesto de médico en el enclave comercial holandés emplazado en Nagasaki. Así las cosas, E. Kaempfer arriba a las costas de Japón el 25 de septiembre de 1690, diez años después de su salida de Westphalia y acompañado de la considerable experiencia y conocimientos que durante todo ese periodo había acumulado en los múltiples lugares de Asia que visitó. |
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Es cierto que la extensión y la cantidad ingente de información reunida durante el corto plazo de tiempo en el que E. Kaempfer habitó tierras japonesas ha provocado numerosas y fundamentadas dudas sobre la procedencia de los contenidos narrados en su obra. De hecho, Hendrick Doeff, responsable de la factoría holandesa en Nagasaki desde 1804 hasta 1817, sostuvo que tal exhaustiva obra fue escrita, en realidad, por el Gobernador General Camphuis (1634-1695) ya que las explicaciones detalladas no podían provenir de un médico sin conocimiento del lenguaje holandés. Así, según Doeff, Camphuis transfirió la información sobre Batavia a François Valentijn, quien la puso a disposición de E. Kaempfer. Sea como fuere, parece comprobado que E. Kaempfer conocía las referencias occidentales más importantes en torno a la realidad japonesa del momento. Desde los informes de Luis Frois (1532-1597), pasando por los trabajos de François Caron (1674), Arnoldus Montanus (1683), hasta los informes conservados por los holandeses en Dejima. Sin embargo, no parecen ser fuentes de suficiente entidad para conseguir retratar de manera tan extensa y detallada la realidad del Japón de aquel entonces. Todavía hoy en día constituye un enigma la identidad del joven estudiante japonés al que le fue asignado enseñar medicina occidental y quien, al parecer, fue la verdadera fuente de información (al respecto, véase Numata Jirō: Nihon ni okera Kenperu to sono Eikyō, p. 10). Dicho esto, vayamos aunque sea brevemente a la obra en cuestión. Historia de Japón está compuesta de cinco libros. El primero de ellos dedica su atención a relatar su viaje desde Batavia hasta Japón, incluyendo también un informe sobre Siam y una sección introductoria sobre Japón en la que hace mención a su geografía, clima, minerales, fauna y flora, así como los orígenes del pueblo japonés. El libro segundo trata acerca de la constitución política del imperio japonés, basándose en fuentes tan antiguas como el Dai-Nihon Ōdaiki y el Heike Monogatari. El libro tercero repasa las religiones, en el que combina referencias del pasado (como el Dai-Nihon Ōdaiki y el Nihon Shoki) y sus propias observaciones y discusiones con informantes. En el libro cuarto, E. Kaempfer desarrolla una descripción de Nagasaki y de la historia del comercio japonés con naciones extranjeras haciendo uso de toda la información recogida de pacientes y visitantes que se acercaron a la isla de Dejima. En el libro quinto, nuestro autor se regodea en presentar, hasta el último detalle (incluyendo el Tōkaidō, Edo, el castillo de Edo y las famosas audiencias con el shogun y su corte) los dos viajes que emprendió a Edo, de acuerdo con la obligación de presentar respetos y un informe anual a la corte. El primero de ellos fue en 1691 (del 16 de febrero al 7 de mayo) y el segundo en 1692 (del 2 de marzo al 21 de mayo). Como ya ha sido mencionado, E. Kaempfer aprovechaba estas salidas permitidas de Dejima para recordar cualquier detalle, por muy insignificante que fuera a los ojos de otra persona, e incluirlo en sus registros. |
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| No hay que olvidar que, a pesar de que su llegada coincide con el gobierno de uno de los más excéntricos e interesantes shogun Tokugawa, Tsunayoshi, hacía ya varios decenios que se habían firmado los edictos de 1633-1636 por los que se acuerda aislar al país del resto del mundo (sakoku). De esta forma, E. Kaempfer y el resto del personal holandés es recluido en la isla de Dejima. Se trata de una diminuta isla artificial (apenas tenía 120 metros de largo y 75 metros de ancho), unida a tierra por un puente pequeño, bordeada por una gran muralla de madera y custodiada por cientos de vigilantes japoneses y rutinarias patrullas nocturnas. Los holandeses no eran más que una veintena de comerciantes, el secretario y E. Kaempfer, que ejercía de médico (había casas para los holandeses, almacenes y alojamientos para el gobierno japonés). En cualquier caso, la fascinación por la aventura y el deseo por explorar una cultura tan desconocida como la japonesa agilizaron sus dotes para sortear las férreas medidas de vigilancia impuestas en la isla de Dejima y ganarse la confianza de Imamura Gen’enmon, sirviente en el puesto comercial holandés, de quién se especula que pudo recabar y recolectar una ingente cantidad de información. |
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El amplio rango de temas que fueron objeto de su interés incluyeron la historia mítica y contemporánea del imperio, la geografía, el clima, la agricultura, la historia natural, la riqueza mineral, las religiones, el gobierno y la medicina del país. Pero la labor “etnológica” de E. Kaempfer no se queda en el mero registro de testimonios secundarios, ya que tuvo la enorme fortuna de unirse en dos ocasiones al “Hofreis”, esto es, el viaje anual que la misión comercial extranjera emprende hacia Edo con el objeto de dar cuenta de la situación comercial entre Japón y los holandeses. Durante el viaje, E. Kaempfer oculta una discreta caja con un compás marinero con la intención de poder realizar diversas medidas de las direcciones de las carreteras, cálculos cartográficos de montañas y ríos, etc., pero también un doble fondo disimulado para guardar muestras botánicas. Si durante los primeros cinco días de viaje, los que transcurren atravesando Kyūshu desde Nagasaki hasta Kokura y, posteriormente, desde Kokura hasta Shimonoseki, E. Kaempfer se sorprende gratamente de la limpieza de las carreteras, al cabo de los ocho días siguientes que dura el recorrido desde Shimonoseki a Osaka, tendrá la oportunidad de admirar los bullicios urbanos y los establecimientos existentes más emblemáticos, las casas de prostitución. Y después vendrá la bellísima Kioto, con sus verdes montañas y numerosos templos que impresionaron a E. Kaempfer de modo profundo y, por supuesto, la ruta Tōkaidō entre Kioto y Edo, cuyo tránsito era todavía más denso y populoso que en todos los lugares que había visitado en las jornadas previas. Sin embargo, el evento más extraordinario del viaje recayó en la audiencia dada por el emperador en Edo y que incluyó un extenso cuestionario dirigido a la embajada extranjera. En lo que respecta a E. Kaempfer, que no perdió la oportunidad de estar presente en palacio para deleitarse sigilosamente con los contornos de la primera dama de la corte que se adivinaban tras una pantalla (J. Z. Bowers: p. 52), fue requerido a contestar aspectos relativos a sus conocimientos médicos, como cuál de las enfermedades era más difícil de curar, o si los médicos europeos utilizaban drogas para alcanzar la inmortalidad (en respuesta a esta última cuestión recomienda Sal volatile Oleosum Sylvij de Silvio). Su intervención se completó de manera extravagante con el baile que tuvo que protagonizar delante del emperador, al que acompañó con una canción de amor. |
Al margen de todo ello, es preciso reconocer que el enorme influjo de lo escrito por E. Kaempfer declinará progresivamente durante el siglo XIX, con la re-apertura de Japón a los occidentales y la posibilidad de realizar investigaciones sobre el terreno en las más diversas disciplinas. En todo caso, la historia del trabajo de E. Kaempfer no acaba en ese periodo, ya que en el siglo XX experimenta un redescubrimiento, sobre todo, a través de la inmensa labor emprendida por Karl Meier (Meier-Lemgo), quien acudió en 1929 al British Museum a estudiar los manuscritos originales de nuestro autor. Sin obviar que los esfuerzos de Karl Meier se expusieron a la instrumentalización, durante los años treinta y cuarenta, del régimen nazi en pos de una alianza germano-japonesa, podemos afirmar que su empresa fue extraordinaria, en la medida en que, hasta su muerte, en 1969, llegó a publicar sesenta y cuatro artículos y trabajos de traducción sobre la obra de E. Kaempfer. Este interés por E. Kaempfer se ha acrecentado en la actualidad (con ocasión del 330 nacimiento de Kaempfer en 1981) a través de los trabajos fundamentales de autores como P. Kapitza, H. Hüls, I. Tadashi, B. Bodart-Bailey o W. Michel.Esta visto, en suma, que la huella dejada por la obra de E. Kaempfer en los estudios sobre el lejano Japón se resiste a extinguirse. Tal vez, porque su viaje a las tierras del sol naciente representa genuinamente una controversia que todavía perdura: una pugna soterrada entre la evocación fantástica y una mirada cercana, verosímil...profunda.
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NOTAS
BIBLIOGRAFÍA
MATERIAL RELACIONADO CON ENGELBERT KAEMPFER
En la Universidad de Kyushu, Wolfgang Michel, uno de los máximos expertos mundiales en torno a la introducción de la medicina occidental en Japón durante los siglos XVI y XVII, ha elaborado el más completo foro dedicado a la figura de Engelbert Kaempfer. En esta página se podrá encontrar todo tipo de artículos sobre su vida, material bibliográfico y otros materiales, entre los que cabe destacar, además, las traducciones de este autor de tres obras de E. Kaempfer: Disputatio Medica Inauguralis, Amoenitatis Exoticae, La historia de Japón (en inglés).
El índice de Historia de Japón, de acuerdo con su versión inglesa es el siguiente:
The History of Japan
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