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MATTEO RICCI (利瑪竇).

EL CONFUCIANO QUE VINO DE OCCIDENTE

 

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Pese a que han transcurrido más de cuatrocientos años, no parece haber aún suficiente distancia temporal para calibrar en su justa medida el alcance de la primera misión jesuita en China y, al mismo tiempo, el papel desempeñado por Matteo Ricci (1552-1610) en el próspero destino de la misma.

 

Hay quien, por esta razón, puede estar tentado en pasar por encima de este trascendental acontecimiento, como si fuera una antigua anécdota, entre tantas otras que jalonan la historia de occidente, de intrépidos navegantes a la búsqueda de aventuras exóticas.

 

Y, sin embargo, es preciso insistir en lo errónea de esta postura ya que Matteo Ricci, además de dar carta de naturaleza a las relaciones contemporáneas entre Europa y China, aglutina rasgos y problemas de una modernidad sumamente cercana y familiar para nosotros.

 

No sólo impulsa los procesos de transferencia tecno-científica que tanto dan que pensar a J. Needham cuando se trata de analizar la ausencia de una revolución científica moderna en China. Sino que, además, encarna una inclinación político-ideológica de confrontación con el otro que, de modo recurrente, se pondrá de relevancia en diferentes fases de la historia de Occidente, desde el “descubrimiento” del Nuevo Mundo, pasando por la expansión colonialista del los siglos XVIII y XIX, hasta la geo-estrategia global de nuestro mundo presente.

 

Por todo ello, es de justicia dedicar unas pocas palabras a glosar la figura del jesuita italiano.

Matteo Ricci 1610

Matteo Ricci 1610

Entre la Ciencia y la Religión: Mateo Ricci y los Jesuitas

 

Una figura tan compleja como la de M. Ricci es difícil de contextualizar y, sin duda no faltarán tampoco rasgos característicos de su personalidad que una mirada superficial se apresure a considerar como contradictorios. Al fin y al cabo, M. Ricci no era sino fiel reflejo de una época compleja en la que se asistía al ensanchamiento definitivo de la empresa humana occidental a escala terrestre. En este sentido, las circunstancias que rodean al afán viajero y polimático de M. Ricci descansan en el marco histórico de la agresiva contrarreforma católica, pero también en la inagotable ansia de conocimiento que invade a una Europa sabedora de nuevos y lejanos horizontes, gestada bajo las armas de los marinos españoles y portugueses. Por otra parte, la actividad intelectual y evangelizadora de M. Ricci hunde sus raíces en una concepción del mundo más antigua, con rasgos pre-renacentistas en muchos aspectos y que retorna a través del Medievo a la antigüedad clásica, a aquellos momentos fundacionales en los que los primeros monjes de la religión cristiana compartían la tarea de consolidar un modelo de humanidad con ciertos hombres de sabiduría que cultivaban la magia, alquimia, cosmografía y astrología.

 

Sólo así cabe comprender su insaciable curiosidad que le llevará, a lo largo de su agitada vida, no sólo a los campos de conocimiento más vanguardistas sino también a llamar a las puertas del mismísimo Imperio del Centro. En este sentido, su incorporación a la compañía de Jesús será decisiva, entre otras razones, porque va a condicionar profundamente su modo de ver el mundo. De hecho, se podría afirmar que uno de los aspectos que ejercerán mayor influjo durante su estancia en China será, precisamente, la densa preparación intelectual contraída en los años anteriores dentro de la orden religiosa. No hay más que tener en cuenta las renombradas instituciones académicas en las que llevó a cabo sus estudios humanísticos para tener una idea aproximada del alcance y de su inclinación formativa. A los 16 años fue asignado para el estudio de leyes en la universidad de Roma, cuya atmósfera de intensa religiosidad propició su inmediata incorporación a la Sociedad de Jesús en calidad de noviciado. No obstante, fue su estancia en el Collegio Romano la que resultaría del todo punto vital, ya que le proveyó de todas las habilidades mecánicas y científicas para su empresa misionera en China. Allí estudió filosofía y matemáticas con Christopher Clavius, quien encabezó la famosa comisión que impulsara, después de haber entrado al servicio de Gregorio XIII, la reforma del calendario Juliano en favor del Gregoriano.

 

Sea como fuere, habrá que esperar al año 1577 para que M. Ricci sea admitido en la misión jesuítica para India en Portugal, en la medida en que únicamente los jesuitas de la misión lusa estaban autorizados para viajar a Macao. A partir de ese instante, estuvo cerca de un año estudiando teología en la Universidad de Coímbra hasta que zarpó de Lisboa en 1578 con Michele Ruggiere y Duarte de Sande. Antes de llegar a Macao en 1582 (el décimo año de reinado del emperador de la dinastía Ming, Wan Li万历) permaneció en Goa y Cochin durante más de dos años, enclaves en los que comenzó a ponderar los métodos de evangelización más oportunos para el caso de China. Éste constituía un tema polémico puesto que, a pesar de que Francisco Javier apostaba por la inculturización no había consenso en la orden, sobre todo teniendo en cuenta lo ocurrido en África y el Nuevo Mundo. Mientras una escuela apostaba por la mayor adaptación posible, la otra, por el contrario, se inclinaba por una tolerancia limitada de las culturas indígenas.


Desde Macao viaja a Shaking, en la provincia de Kwangtung, donde fue la primera vez que trasmite sus conocimientos cartográficos a los eruditos chinos. De entre todas las aportaciones científico-técnicas que la misión de M. Ricci exhibió en China es preciso destacar, en primer lugar, su patrimonio cartográfico, en la medida en que, según F. Baddeley marca un hito en la historia de china sobre el conocimiento del mundo (1). A decir verdad, el mapamundi que diseña se inspira en el Theatrum orbis Terrarum (1570) de Abraham Ortelius que, de acuerdo a los testimonios de M. Ricci apuntados en su diario, se encontraba colgado en una de las paredes de la habitación de la misión. Ante la evidente estupefacción de los chinos y la insistente solicitud de una copia, M. Ricci elabora, en 1584, una versión sobre una tabla de madera (tres de sus copias fueron enviadas a Europa que, en la actualidad, se encuentran en paradero desconocido) y un año después, bajo sus indicaciones, Wang P’an realizó tres globos terrestres en chino (el mapa de Wang P’an existe todavía).

 

Pese a que en 1600 se dedicó a llevar a cabo una revisión del mapa, será en 1602, y estando ya en Pekín, cuando realice la versión más extendida del mapa de 1584. El mapa, que se conserva hoy en día en la biblioteca del Vaticano, está compuesto de seis paneles que, en total, conforman una superficie de 2 x 4 metros. En realidad, M. Ricci se inclinaba por el globo terrestre como el mejor modo de enseñar a los chinos la geografía del mundo, pero era consciente de la dificultad que entrañaba su construcción. De tal manera que puso todos sus esfuerzos en los planos bidimensionales, todos ellos inspirados en las obras de Abraham Ortelius (Theatrum Orbis Terrarum), Gerard Mercator y Peter Plancius.

 

A pesar de que en el diseño cartográfico previsto por M. Ricci se emplazaba al territorio chino en el centro del plano, reforzando una cosmovisión sinocéntrica que fuera del agrado de las élites letradas, los amplios conocimientos geográficos impresos en cada una de las versiones contribuyeron decisivamente a transformar la limitada imagen del mundo que hasta entonces se poseía en las altas esferas de la estructura imperial. En primer lugar, ilustró la división de la Tierra en “cinco características celestes”: la zona ecuatorial, las dos zonas tropicales y las dos zonas polares. Describió estas cinco características como cinco continentes. Además, por medio de las líneas de latitud y de longitud, pudo ser calculado con gran exactitud la posición concreta de cada lugar, mientras que la tabla de las divisiones chinas representaban las distancias entre diferentes puntos geográficos. Por otro lado, la centralidad de China situó a América del Norte, un territorio occidental, en el confín oriental, lo que provocó la confusión posterior de los cartógrafos japoneses al no disponer de la referencialidad tridimensional de la esfera terrestre (Zōho kai Tsūsho Kō) (2).


Ahora bien, con este mapa no acaba la producción cartográfica de M. Ricci. En 1603 elabora una versión extendida de ocho paneles con el estímulo del converso chino Li Yingshi, quien contribuyó con la elaboración de uno de los cinco prefacios existentes sobre el mapa (el mapa se conservó en Corea antes de la Segunda Guerra Mundial y fue examinado en 1936 por el profesor Ayusawa Shintarō) (3). Tendrá que transcurrir, sin embargo, un lustro hasta que una de las obras cartográficas de M. Ricci caiga en manos del emperador, para quien llegaría a realizar hasta doce mapas más.

 

Un día se nos mandó llamar (a los jesuitas) en relación a un gran apuro porque el rey quería pedirnos una cosa. Cuando los padres Ricci y Pantoja llegaron a la residencia de los eunucos de la sección matemática encontraron al rector y a otros de los miembros muy alterados, el rey había mandado un mensaje desde el palacio pidiendo doce copias del mapa-mundi impreso sobre seda, de seis láminas cada una, ejemplares del mapa que Lingzuon había hecho gravar tiempo atrás en aquella capital. Éste era el mapa del padre Matteo in seis laminas, cada lamina con un codo de ancho y dos más de alto que, cuando se gravaron, estaban pegadas sobre otras laminas, como está el papel de las ventanas en las habitaciones, sujetos en los bordes con cintas de tal manera que podían enrollarse o desplegarse (" Per potersi raccogliere e stendere ") sin ninguna dificulta. Los eunucos de los apartamentos interiores habían mostrado al rey el nombre de Matteo Ricci sobre el mapa, después de lo cual su majestad les dijo que le pidieran copias del mismo. (4)

El mundo a gran escala diseñado por M. Ricci fue orientado, por sus evidentes efectos retóricos, como un instrumento potencialmente eficaz en la conversión de los círculos eruditos del imperio. Y, al mismo tiempo, disipó cualquier tipo de inquietud dentro de las clases dirigentes acerca de una posible invasión europea, habida cuenta de los vastos espacios de tierra y océano que se interponían entre las potencias occidentales y China.

FECHA
LOCALIZACIÓN
DESCRIPCIÓN
1584
Kwangtung
1x2 metros
1596
Nanjing
Sobre estela
1600
Nanjing
Copia de Estela, el doble de su tamaño
1602
Beijing
6 paneles, 2x4 metros
1603
Beijing
8 paneles
1604
Kuiechou
Mapa de 1600
1608
Beijing
12 copias realizadas para el emperador
1609
Beijing
Mapa de dos hemisferios

Fechas de elaboración de los mapas diseñados por Matteo Ricci

En cualquier caso, la cartografía terrestre no fue el único campo de interés de M. Ricci. También se interesó por la dinámica estelar, aunque serán dos astrónomos, Giácomo Rho y Johann Adam Schall von Bell quienes, tras la prematura muerte de M. Ricci en 1610, continuarán su herencia científica y trajeron el telescopio a China en 1619 (John D. Day, 1995). Algunos años después, concretamente en 1625, Adam Schall se inspira en la obra galileana Sidereus Nuntius para escribir en chino el libro titulado Yuanjing Shuo (Explicación del telescopio) en el que introduce los datos técnicos esenciales de esta gran invención óptica.

 

Tal y como nos recuerda B. A. Elman, fue la astronomía matemática la tarjeta de visita que posibilitó la entrada de los jesuitas en altas instancias políticas y administrativas del imperio, tanto en la ya declinante dinastía Ming como, sobre todo, en la naciente dinastía Qing (5). La primera obra sobre astronomía occidental escrita por los misioneros de la que se tiene constancia fue el Qiankun Tiyi, Epítome Cosmológica, donde se introduce la hipótesis de Ptolomeo sobre las 9 esferas celestes y la teoría de los cuatro elementos de Aristóteles. Junto a esta obra, es preciso hacer una destacada mención al libro Huntian Tongxian Tushuo, Explicación de las coordenadas de la esfera celeste, ya que fue dictado, precisamente, por Matteo Ricci y traducido por Li Zhizao (contenía una parte del Astrolabium publicado por el profesor de M. Ricci en 1593). Sabedores de la importancia que para el emperador, el hijo del Cielo, poseía el exacto conocimiento astronómico de las correspondencias periódicas y regulares entre el orbe celeste y la tierra, pusieron de manifestó todo su poder predictivo de eventos inesperados como halos solares, meteoros y meteoritos, así como eclipses solares y lunares. Precisamente, un error en el cálculo de un eclipse lunar que afectaba a las ceremonias auspiciosas ligadas al primer día del mes, de la estación y del año nuevo desencadenó que los literati chinos prestasen atención a la nueva ciencia que provenía de Occidente.

Por aquellos años, como ya ha sido mencionado anteriormente, C. Clavius había encabezado la comisión encargada por el papa Gregorio XIII (1502-1585) para promulgar el calendario gregoriano en 1582 y, de esta manera, encauzar satisfactoriamente la controversia en torno a la fecha correcta de la semana santa. Con este bagaje a sus espaldas, los jesuitas se dispusieron a abordar, con la inestimable colaboración de Xu Guangqi (1562-1633) y Li Zhizao (1565-1630) el sistema astronómico Ming basado en un calendario luni-solar compuesto por doce meses lunares (6).

 

Los reformadores avanzaron un sistema sino-jesuita por fases desde 1631 a 1635 que finalmente no pudo consolidarse, debido en parte a la muerte de Xu Guangqi en 1633 y a la caída de la dinastía Ming en 1644. En cualquier caso, estos primeros pasos iniciados por M. Ricci y los suyos fueron determinantes para la posterior reforma del calendario liderada por Johann Adam Schall von Bell (1591-1666) y Giacomo Rho (1593-1638) mediante un sistema geoheliocéntrico basado en el sistema de Tycho Brahe (7).

Matteo Ricci. Hun-kai t`ung-hsien t`u-shuo (1610-20)

 

La aportación jesuita a China no se queda en las disciplinas a las que se ha hecho alusión. Hay otros avances que se están produciendo en el campo de las artes y de las ciencias occidentales que fueron objeto de interés por parte de las clases eruditas chinas, como por ejemplo los proyectiles y cañones, la arquitectura o la música. Con todo, una de las invenciones mecánicas que más atrajo la atención del emperador fue el del reloj.

 

Es cierto que, con anterioridad, Michel Ruggieri había presentado a un funcionario en Guangdong un gran reloj que fue inmediatamente reconvertido al estilo imperial, sustituyendo las figuras árabes que contenía por caracteres chinos. No obstante, en el caso de M. Ricci el reloj fue un verdadero salvoconducto para entrar y salir a voluntad del palacio imperial ya que se reservó el modo de hacerlo funcionar una vez que el mecanismo se detenía (el emperador envió a cuatro eunucos para aprender su secreto). Su sabiduría en aquel campo propició el nombramiento como custodio real de los relojes imperiales.

 

La implantación de la Misión en China: un modelo de evangelización propio

 

No hay más que remitirse a los primeros intentos serios de acercamiento por parte de Occidente a la cultura china, representados por las insistentes incursiones durante el siglo XVII de los jesuitas en aquel desconocido e inmenso territorio, para encontrar los mismos problemas de distorsión o adulteración en la comunicación y transmisión cultural que subyacen en la actualidad. Entre otras razones, porque en ese proceso emergen resistencias a abandonar cierta asimetría en la confrontación con otra cultura para, así, conservar indemne los principios que vertebran la cosmovisión propia.

Matteo Ricci con vestimenta tradicional china

 

De ahí que, retornando de nuevo al caso de la presencia jesuita en China, ésta se encauzará a partir de bizantinas disquisiciones que trataban de reconocer la posible compatibilidad de la cultura China con el cristianismo. Respecto a esto, G. Minamiki (8) señala que dicha controversia teológica se estructuró en dos ejes centrales: el primero, relativo al problema del creador del mundo y el segundo, relativo a la posibilidad de traducir conceptos como los de “divinidad” a la lengua china, inaugurando de suyo un área proto-sinológica (9).

 

Adviértase, antes de entrar en disquisiciones de mayor envergadura, que el proceso de adaptación de la misión jesuita encabezada por M. Ricci adoptó en China una estrategia específica, en la medida en que los fines expansionistas de la teología cristiana se encontraron, desde un principio, con cierta incomprensión y hostilidad por parte de la población nativa. En este sentido, la innata prudencia de M. Ricci y la experiencia adquirida de Michele Ruggieri (quien había estado en Macao desde 1579) fueron decisivos para no obviar tal circunstancia y profundizar en el modelo de asentamiento propuesto por Francisco Javier (1506-1552) durante su breve estancia en Japón (de agosto de 1549 a noviembre de 1551) ya que, de acuerdo con las directivas de A. Valignano (1539-1606) se centraba preferentemente en el estudio sistemático del lenguaje, en el conocimiento de la cultura japonesa, en el acercamiento jerárquico para la conversión, en la realización de seminarios para los nativos y, por último, en la obligación de dar cuenta, con explicaciones exactas y objetivas, de todo lo que acontecía a la misión japonesa. Tengamos en cuenta que la decisión de Ricci a la hora de seguir este método de evangelización fue tomada en un momento en que no había consenso dentro de la orden a este respecto, en tanto que una escuela apostaba por una mayor adaptación posible y la otra (teniendo en cuenta lo ocurrido en África y en el Nuevo Mundo) por una tolerancia limitada de las culturas indígenas.

Además, resulta preciso insistir en que no era del todo oportuno inclinarse por una aculturización agresiva, habida cuenta de que, desde las primeras etapas de su entrada en China, y, sobre todo, durante su estancia en Zhaoqing quedaba patente la xenofobia de los chinos, los cuales temían que la llegada de los jesuitas fuera la antesala de la entrada de los portugueses. A tal extremo fue así que comenzaron a extenderse los rumores de que los jesuitas eran alquimistas o, incluso, la acusación, esta vez dirigida directamente contra M. Ricci, de haber forzado a un joven con la oscura intención de venderle como esclavo en Macao.

 

Por lo tanto, los objetivos de expansión del cristianismo en China perseguidos por Matteo Ricci tuvieron que confrontarse con un contexto sociopolítico muy diferente al de Japón, donde, además de asistir a un proceso de conversión rápido y numeroso, existía unas raíces religiosas muy arraigadas y un alto grado de sofisticación conceptual. Tal es así que la divulgación del mensaje cristiano por parte de las primeras misiones jesuitas produjo en la población letrada china la convicción de que asistían a una variante exótica del budismo. De hecho, la analogía de ciertas figuras religiosas favoreció, en esos primeros años, una tendencia hacia el sincretismo búdico-cristiano que contravenía los intereses de los pioneros jesuitas. A ello se le añade, como lo pone de manifiesto el propio M. Ricci en sus primeras cartas de China, la precariedad de la situación (solicitó reiteradamente a sus superiores continuamente libros e instrumentos) y la intrusión de nuevos extranjeros que comprometían los avances conseguidos por la misión. Teniendo en cuenta todos estos factores, M. Ricci decide postergar su objetivo prioritario de expandir el cristianismo en China y centrarse, siguiendo el consejo de A. Valignano, en el conocimiento exhaustivo de la lengua y las costumbres del país, durante un periodo de doce años (desde 1583 hasta finales de 1594).

A partir de ese momento, esto es, a partir de 1595, la estrategia cambia drásticamente, una vez que es consciente de que el budismo no constituye la vía más adecuada para aproximarse a las altas jerarquías imperiales. En consecuencia, M. Ricci y el resto de los misioneros abandonan las vestimentas y la apariencia de bonzo para adquirir los hábitos del daoren (道人), que Ricci traduce como “predicadores letrados”. Esta medida audaz no va a alterar substancialmente la orientación en el aprendizaje sobre la mentalidad china pero responde al necesario distanciamiento de los sectores budistas de cara a adquirir mayor autoridad. Era necesario que, a los ojos de las élites chinas, no hubiera ninguna confusión entre los misioneros cristianos y las religiones budistas.

 

Para ello, cambia su apariencia externa (siguiendo los consejos de Qu Taisu / Qu Rugui, los misioneros cristianos se dejan barba, y tampoco olvidemos que en la sociedad china tradicional el vestido es indicador de identidad, posición, trabajo, salud y estatus social), construye un entorno de literati (Ch’u T’ai-su, el hijo de un influyente oficial Ming fue el primero de ellos) y aprende chino.

 

De este modo, pronto estuvo en condiciones de publicar T’ien-chu Sheng-chiao Shih-lu (Una verdadera explicación de las sagradas enseñanzas de Dios), el texto fundamental Tianzhu Shiyi (La verdadera noción de Dios) y también T’ien-chu Shih-i (La verdadera idea del señor del Cielo).

 

Además, con Ch’u fue capaz de traducir, en 1607, la primera parte de los Elementos de Geometría de Euclides (Chi-ho yuan-pen). Ciertamente, el enfoque práctico dado por M. Ricci (al punto de que no construyó inmediatamente una iglesia sino que enseñaba en una academia privada) le hizo no preocuparse por el lento ritmo de las conversiones (ochenta conversiones en los primeros seis años), sino penetrar hasta la más alta autoridad del imperio para extender el cristianismo en cascada. De esta forma, siendo cristianizada China, se extendería su influencia en todos los países cercanos (incluido Japón y Corea).

Matteo Ricci (a la izquierda) y Xu Guangqi (徐光啟) (a la derecha) en la edición china de los Elementos de Euclides (幾何原本). Athanasius Kircher, China Illustrata

En cualquier caso, lo sectores letrados chinos no se sienten especialmente atraídos por los dogmas nucleares de la teología cristiana, sino, más bien, por la lógica racional que acompaña a la exploración proto-científica jesuítica, concretada en objetos que M. Ricci muestra desde octubre de 1583: pinturas religiosas, libros, prismas, calendarios solares, relojes, mapamundi, etc.

 

La introducción de las matemáticas, astronomía, geografía, mecánica, hidráulica y artillería europeas venía a reforzar la corriente de partidarios de estos estudios que eran considerados útiles para la defensa y la prosperidad del imperio (10). Se comprueba, pues, que la prudencia extrema con la que, según J. Gernet, Ricci conduce la orientación estratégica de la misión se ve sustentada por el extenso bagaje de los jesuitas en filosofía escolástica, letras latinas y matemáticas. Ello le permite presentarse, primero en Nankin y después en Pekin, no sólo como matemático y astrónomo sino también como moralista y filósofo, cualidades apreciadas por los letrados chinos.

Por otra parte, la lectura de los clásicos chinos (los cuatro libros) persuade a M. Ricci de que la antigua moral china presenta estrechos vínculos con la moral cristiana (no hay oposición entre ambas). Todo ello hace que esta primera misión se interne en una aventura sin parangón estimulada por un cambio de hábitos cuyas implicaciones más relevantes son:

  • -No poner el acento en la fe, en la devoción por los misterios inefables del cristianismo, sino, más bien, en la razón.
  • -Reconocimiento explícito entre la doctrina cristiana y los clásicos chinos.

Desde ese punto de vista, M. Ricci trató de presentar el cristianismo a los chinos no como una religión local de Occidente sino como una religión universal con un mensaje para toda la humanidad. Esta postura no impidió que el contexto cultural chino le convenciese de que su discurso contenía mayor efectividad estableciendo un puente entre el confucianismo y la cultura cristiana.


En efecto, no ha pasado inadvertido en las relecturas sinológicas contemporáneas que las expediciones jesuíticas en el territorio chino, encabezadas por Matteo Ricci, extrajeron la conclusión de que el Confucianismo constituía la más alta expresión de  religión natural, susceptible de ser amoldada, a su vez, a la religión revelada del cristianismo. Entre un sincero sentimiento de simpatía y admiración y, por otro lado, una astuta intención de emprender pacientemente la conversión estratégica al cristianismo, las interpretaciones filtradas por la orden jesuita contribuyeron indirectamente a cimentar una imagen de China idealizada, llamada a deslumbrar a los filósofos de su tiempo como Voltaire o Leibniz. De acuerdo con ese fin, el enaltecimiento de la figura de Confucio como precursor de una especie de monoteísmo, debe encuadrarse en la campaña de enculturación que se promovió desde el occidente cristiano (11). Ello supuso que, como legítimos intérpretes del legado confuciano, los jesuitas rechazasen la nociva y diabólica influencia del budismo y del taoísmo. Curiosamente, la postura adoptada por la orden, que en ningún caso fue una actitud aceptada por los sectores más integristas de la iglesia (como nota la condena de Clemente XI de la utilización del término chino shangdi (上帝) –soberano del cielo- para significar la idea de Dios), repetía, con muy diferentes resultados, la antigua penetración del budismo en la cultura china. Así, J. Gernet ha podido concluir, después de analizar los históricos intentos de equiparación de las ancestrales ideas del pensamiento chino y la biblia, que el espíritu del cristianismo es absoluto y exclusivo (12).

 

Otro de los casos más significativos, además de la labor llevada a cabo por los jesuitas, de búsqueda de analogías estructurales entre la metafísica occidental y la teología china la encontramos en el Discour sur la thèologie Naturelle des Chinois de Leibniz. Guiado por su aspiración de organización religiosa de la tierra, Leibniz descubre aspectos y nociones en los textos clásicos chinos que muestran una profunda compatibilidad con los dogmas nucleares de la teología cristiana (lo que hace de los chinos no cristianos pero si cristianizables), de tal manera que la thèologie naturelle des anciens chinois n’est pas incompatible avec la religión révélée; bien plus, elle comporte certaines données qui peuvent servir de soutien à la doctrine chrétienne (13). Es sabido que la sistematización del mundo chino por Zhū xī (朱熹), Su Shi (苏轼) y, en general, por los neo-confucianos, se transfiere a Occidente gracias a la labor de difusión e intermediación realizada por Leibniz. Ahora bien, su renuencia a imponer una transformación en la cultura china se fundamentaba en la constatación de la existencia de principios metafísicos adecuados para sistematizar una religión universal, vertebrada en torno al cristianismo.

 

De hecho, la infructuosa búsqueda de una entidad cuyas características fuesen equivalentes a la figura de Dios no puede entenderse sino como una trasposición a Asia de las polémicas suscitadas en Europa entre Leibniz y los cartesianos en relación a la noción de substancia (14). A diferencia de Longobardi (que identifica el li con la materia primera, extendida, receptiva) y de Malebranche, Leibniz sostiene que el Li es el primer principio, la causa eficiente en íntima relación con el qi (materia sutil con la capacidad de recibir los efectos). En consecuencia, Leibniz descubre en el Li (Lettre de M. G. G. de Leibniz sur la philosophie Chinoise a M. Rémond), el principio de actividad en general, la formulación abstracta de la divinidad cristiana (15).

Dicho esto, dejemos estas abstrusas digresiones y volvamos de nuevo a las vicisitudes que embargan la experiencia misionera de M. Ricci en China. Éste, guiado por una pedagogía doctrinal que hallaba su eficacia en el sincretismo, se sumerge con fruición en la lectura de los clásicos chinos (sobre todo, el Chūn Qiū 春秋, el Shī Jīng 詩經y el Lǐ Jì  禮記) en cuyas páginas descubre la existencia de la noción de Dios (Shangdi o T’ien 天).

 

De hecho, M. Ricci estaba convencido de que los antiguos chinos habían creído en el Dios verdadero, pero con el transcurso del tiempo, tal existencia habría sido olvidada debido a las intrusiones culturales. Por otro lado, el único aspecto del que carecía el confucianismo, en la mente de M. Ricci, era la dimensión espiritual del amor de Dios para todo el mundo. Para el confuciano, el amor es un medio y un fin que logra el orden social perfecto, mientras que en la cristiandad, el amor de Dios es inagotable en sí mismo. De ahí que M. Ricci creyese que el cristianismo podía ser una vía adecuada para perfeccionar al confucianismo (precisamente, eso es lo que significa Pu-yu, esto es, “suplemento del confucianismo”).

 

Es cierto que la relación de M. Ricci con los literati atendía a sus intereses de lograr una síntesis con el confucianismo y, más distanciadamente, con el neo-confucianismo en base a los puntos esenciales que vertebran la teología cristiana: las controversias en torno al alma humana, la visión de Dios y de la inmortalidad.

Mapa de Matteo Ricci, 1574

 

Pero para ello se inicia en los clásicos chinos (五經) (易經, Yi Jing; 詩經, Shī Jīng; 禮記 Lǐ Jì; 書經 Shū Jīng; 春秋 Chūn Qiū) a través de Zhū Xī y el círculo de amistades chinas pertenecientes a la academia Tung-Lin (東林書院), de tal modo que los interpreta forzando la armonización con el cristianismo.

 

Esta tarea de reconstrucción exegética resulta más factible en el caso del confucianismo que en el neo-confucianismo, cuya doctrina cosmológica contradecía ciertos dogmas del catolicismo. Así las cosas, en 1594 escribe el T’ien-chu Shih-i a requerimiento de A. Valignano, en realidad una revisión de la obra de Michele Ruggieri (T’ien-chu Shih-li, escrito en 1584).

 

Impreso en Pekín en 1603 (se produjeron 200 copias), la obra está estructurada en 8 capítulos en donde se exponen a los iniciados chinos más selectos, siguiendo un estilo conversacional, la doctrina fundamental sobre la iglesia, la naturaleza de Dios, la revelación, etc. Detengámonos en ello ya que, de lo escrito en esta obra, se desprenden las reflexiones más significativas de M. Ricci en torno a la relación entre Confucianismo y Cristianismo:

*En primer lugar, M. Ricci no considera el auto-cultivo como un fin en sí mismo sino como un medio para el conocimiento de Dios.


*En segundo lugar, M. Ricci considera que el término Shandi (señor de lo alto) es similar al Dios que los europeos identifican con el nombre de Deus o Theous. En este caso, la recepción de una idea sincrética de la divinidad fue, a su vez, instrumentalizada de modo estratégico por parte de los literati chinos ya que les servía de soporte argumental para atacar al budismo. Sea como fuere, M. Ricci encontró serias dificultades para converger con los planteamientos neo-confucianos, en la medida en que Zhū Xī despersonaliza el término Shangdi y lo identifica con Taiji (太極el principio supremo origen de todas las cosas).


*En tercer lugar, M. Ricci dedica un espacio considerable a dirimir la cuestión central de la inmortalidad del alma ya que se dio cuenta de que los chinos no interpretaban de la misma manera este concepto. Al retornar a los textos canónicos chinos (sobre todo, el Lǐ Jì), M. Ricci descubre la tesis de la continuidad de la existencia de las almas humanas después de la muerte, a través de la conjunción / escisión de las almas Hun (espíritu inteligente que retorna al cielo) y las almas P’o (alma animal o corpórea que retorna a la Tierra). Frente a ello, M. Ricci habla de tres tipos de almas (alma vegetativa, alma sintiente, alma intelectual) y defiende la inmortalidad desde un punto de vista individualista a través de una serie de argumentos:


-todos los hombres tienen el deseo de dejar una buena reputación detrás suyo.
-todos los hombres tienen el deseo de una vida inmortal.
-la mente del hombre es de tal naturaleza que nada en este mundo puede satisfacerla.
-todos los hombres son por naturaleza temerosos de Dios.
-el premio para el bueno y el castigo para el malo no puede encontrarse completamente en este mundo, debe haber una eternidad.


*En cuarto lugar, si para el confucianismo el alma es buena (toda vez que se asumen las tesis de Mencio 姓孟軻) y resulta necesario una auto-disciplina interna de carácter moral, una educación para hacer de manifiesto las virtudes humanas (humanidad, justicia, propiedad y sabiduría), M. Ricci, en cambio, hace uso de las categorías aristotélicas (ya que lo que diferencia al hombre del resto de los seres es su capacidad para la razón por lo que ésta no es una cualidad innata de la naturaleza humana) y enlaza este argumento con el trascendente asunto de la salvación. En este punto nos recuerda que la naturaleza humana no siempre sigue el dictado de la razón, de tal manera que es necesario trabajar espiritualmente para entrar en completa armonía con la voluntad del señor del Cielo.


*En quinto lugar, M. Ricci defiende que el amor de Dios es más importante que el amor del padre. De entre los tres padres del universo (Dios, rey y el padre natural), Dios es el gran padre, Kun Fu, el padre común.

 

Toda esta farragosa retórica discursiva que, subrepticiamente, apuntala la supremacía dogmática de la teología cristiana frente a sistemas éticos de un exotismo degenerado no consiguió evitar suspicacias y reproches desde el continente europeo. Si toda la situación sumamente hostil que encuentra en China no fuera suficiente, hay que añadir el ataque furibundo a las prácticas jesuitas en China en el corazón mismo de la cristiandad. En primer lugar, no fue aceptada la teoría de la antigüedad china por parte de Dominicos y Franciscanos que consideraban la interpretación de M. Ricci una herejía. Se asiste, en definitiva, a los prolegómenos de la archiconocida controversia de los ritos cuando, en 1634, las dos órdenes citadas entran en Fujian. Al no aceptar la veneración de los ancestros según la costumbre china, se denunció a los jesuitas en Roma a causa de sus rituales, generándose intensas disputas en el seno de la Sagrada congregación para la doctrina de la Fe. Como líder de la misión, M. Ricci presentó en 1603 una directiva a sus miembros explicando que las costumbres rituales de honrar a Confucio y a los ancestros no eran supersticiones y, por tanto, podrían ser practicadas por los católicos chinos. De hecho, su directiva fue aprobada por su supervisor, A. Valignano, en Macao. Otras y muy diferentes serán las circunstancias que rodeen a la presencia jesuita en China cuando el papado, a finales del siglo XVII, considere la peligrosidad que, para la integridad de lo ortodoxia católica, representa la empresa de proselitismo desarrollada por la orden.


En cualquier caso, M. Ricci y, posteriormente, los demás jesuitas que le suceden, pudieron permanecer en China desde 1582 hasta 1717 por varias razones:

+ El método de aculturación de M. Ricci propició una relación cordial entre China y los misioneros.
+ Los emperadores de la dinastía Ming (明) y Qing (清朝en el periodo temprano) estaban dispuestos a utilizar las habilidades técnicas y el conocimiento científico de los jesuitas.

+ Los políticos de la Roma católica no se implicaron hasta que Roma no interfirió en el trabajo de los jesuitas (1701), cuando el papa Clemente XI inició una comisión de cardenales para examinar el asunto de los ritos y enviar un delegado apostólico a China para observar los asuntos de primera mano.

Llegados a este punto tan sólo nos queda apuntar algunas observaciones sobre el legado escrito de M. Ricci. En 1608, sintiendo cercana su muerte, decidió escribir la historia de su misión en China (Della entrata della compagnia di Giesù e Christianità nella Cina) (16). Escrito en italiano, al estilo de las crónicas de la época, la extensa información aportada es compilada en cinco volúmenes. Los vaticinios sobre su propio destino fueron del todo punto acertados ya que M. Ricci falleció en 1610 y fue enterrado en el cementerio de Zhalan en el suburbio oeste de Beijin. Después de su muerte, el padre Sabatino de Ursis añadió al libro una nota sobre su enfermedad y enterramiento, mientras que los padres G. Ferreira, N. Longobardo y L. Cattaneo contribuyeron con diversas notas adicionales. Ya en 1610, Nicolas Trigault trajo la obra a Europa y la tradujo al latín (De christiana expeditione apud Sinas ab societate Iesu Suscepta. Ex P. Matthaei Ricij eiusdem societatis commentarijs) aunque modificó el texto original con amplificaciones literarias, adiciones incoherentes, omisiones imperdonables y errores obvios (se tradujo al castellano, alemán, inglés, italiano, francés, etc.). Debemos esperar al comienzo del siglo XX (concretamente, en 1910) para que la obra de M. Ricci sea rescatada del olvido por Pietro Tacchi Venturi a través de una edición crítica del libro (1911-1913) (17). Finalmente, en 1942-49, Pasquale D’Elia produjo, en tres volúmenes, la edición crítica y definitiva del manuscrito de M. Ricci, bajo el siguiente título: Fonti Ricciane, Storia dell’Introduzione del Cristianesimo in Cina.

NOTAS

 

(1) “He constructed, moreover, globes of brass and of iron, terrestrial and celestial, and solar time-pieces. All this, he says, was absolutely new to China; the utmost curiosity was excited; the mission-house became the meeting-place of intelligent men from near and far; and, on Ricci's own evidence, confirmed by that of his translator and, to some extent, biographer, Trigault, it seems evident that the European conception of the world and of the material and moral universe, now for the first time opened to their view, came upon the Chinese with the force of revelation. The map, then, must assuredly mark an epoch in the history of Chinese world-knowledge if not of Chinese thought”. (volver)
Baddeley, J. F., Father Matteo Ricci’s World-Maps, 1584-1608’, The Geographical Journal, vol. 50, nº 4, 1917, p. 261.
(2) “By placing China and its surrounding territories towards the centre of the map, he made a reasonable concession to his Chinese readers. This arrangement sets America on in the eastern borders of the map, a fact which was later to confuse the Japanese, who saw America as one of the "western countries". Such a difficulty does not arise when the continents are displayed on a globe. To convey the idea of the sphericity of the earth on a flat map, Ricci included insets of the polar regions and diagrams of the armillary sphere, the celestial spheres and the seasons. The globe which was made in 1623 by Nicolo Longobardi, Ricci's successor as Superior General of the China Mission, in collaboration with Manuel Dias, can thus be regarded as the completion of Ricci's work”.
Wallis, H., The Influence of Father Ricci n Far Eastern Cartography’, Imago Mundi, vol. 19, 1965, p. 39. (volver)
(3) “The two (of three) surviving copies of Ricci's 1603 eight-panel edition, 'Map of the heavens and the earth as seen from obscurity' are believed to be identical and to conform with the description in Ricci's diaries. D'Elia has a detailed discussion of the differences between the 1602 and 1603 maps. His analysis of the 1603 map was based on photographs, taken before the Second World War, of the map owned by Hwang Piong-in of Seoul, Korea, currently in the Soongsil University Christian Museum. This is the 1603 map used here for comparisons”.
Day, J. D., ‘The Search for the Origins of the Chinese Manuscript of Matteo Ricci’s Maps’, Imago Mundi, Vol. 47, 1995, p. 98. (volver)
(4) Bartoli, Dell' Istoria della Compagnia di Gesu. L'Asia. Torino, tercera parte, 1825, Lib. ii., cap. ccxlix, pp. 475-477. (volver)
(5) “The wax and wane of Jesuit influence coincided with the sudden change in dynasty from Ming to Qing. Jesuits found that their literati counterparts resented their increased influence under early Manchu rulers and their collaborations with well-organized banner-men armies of Manchus, Mongols, and northeastern Chinese. Astronomy became the focal point for the contending groups to shape their political influence. It was in mathematical astronomy, not medicine, that the early Jesuits in China would leave their mark, especially during the astronomy crisis that brought the Kangxi emperor to power”.
Elman, B. A. A Cultural History of Modern Science in China. Cambridge: Harvard University Press, 2006, p. 15. (volver)
(6) “In the Chinese lunisolar calendar, each month began on the day of a sun-moon conjunction, when no moon was visible. Total solar eclipses happened only on the day of a new moon. The coincidence of New Year’s day and a solar eclipse, for instance, was improbable. A solar eclipse on any day other than the first of the month indicated an error of prediction, giving the event astrological significance. After three hundred years of use, however, the Yuan-Ming calendar in 1580 was off by one full day. This calendrical error mattered because a solar eclipse could now occur on the last or second day of the month. In addition, numerous ceremonies and events were tied to the first day of the new month. Because of the superiority of the Islamic Ptolemaic system in computing lunar-solar conjunctions, the court authorized its use in 1584”. (volver)
(7) “During the Ming and Qing dynasties, the Copernican system replaced the Tychonic system in Protestant European astronomy, but in China the Tychonic system continued to be used, hampering advances in astronomy. The Jesuits failed to introduce the Copernican system in a timely fashion, even though, for example, a few of Galileo’s discoveries (albeit not his support of heliocentricity) were noted in Ming Jesuit translations. Nevertheless, the Tychonic age in the Astrocalendrical Bureau meant that by the 1630s Chinese specialists had available to them a rich toolkit of new computational techniques, more accurate observations, a new view of the cosmos, and the latest precision instruments”.
Elman, B. A. A Cultural History of Modern Science in China. Cambridge: Harvard University Press, 2006, p. 21. (volver)
(8) Minamiki, G.The chinese Rites Controversy from its Beginning to Modern Times. Chicago: Loyola university Press, 1985, p. IX. (volver)
(9) Mungello, D. E. Curious Land: Jesuit accommodation and the Origins of Sinology. Honolulu: University of Hawai Press, 1989, p. 355. (volver)
(10) “Ricci, qui a constaté le peu d'intérét que portent généralement les gens des hautes classes aux choses de la religion, voit dans cette curiosité le moyen de les attirer i lui et comme un appât pour les amener à la vraie religion. Dans une lettre du 4 novembre 1595 écrite à Nanchang, capitale du Jiangxi, Ricci classe ainsi les raisons de sa renommée : la premiere est que, bien qu'étranger et venu de si loin, il sache parler et écrire assez correctement le chinois; la seconde est qu'il possède une mémoire étonnante et qu'il a retenu par coeur les Quatre Livres de la secte de Confucius; la troisième, ce sont ses connaissances en matière de mathématiques et d'astronomie; la quatrième, les objets curieux qu'il transporte; la cinquième, les talents d'alchimiste qu'on lui prête; la sixième enfin, L'intérêt que suscite la religion qu'il enseigne. Mais, ajoute-t-il, ceux qui viennent pour cela sont les moins nombreux”.
Jacques Gernet. La Politique de conversión de Matteo Ricci en Chine. Archives de Sciences sociales des religions, 18e Année, nº 36, 1973, p. 76. (volver)
(11) “As the Italian Padres imagined him, this Chinese saint and his teachings on the one God, shangdi, had presaged their arrival and it was with this presumptiom that they undertook a restoration of what they termed his “true learning” (zhengxue)”.
Jensen, L. M. ‘TheInvention of “Confucius” and His Chinese Other, “Kong Fuzi”’, Positions 1, 1993, p. 415. (volver)
(12) Gernet, J. China and the Christian Impact: A Conflict of Cultures. Cambridge: Cambridge University Press, 1985, p. 27. (volver)
(13) Leibniz, G. W. Discours sur la théologie naturelle des chinois. París: L’Herne, 1987, p. 20. (volver)
(14) “Il faut principalement démontrer que la doctrine des anciens Chinois permet une théorie de la création: ce qui suppose de reconnaître un principe spirituel supérieur à la matière, la produisant et agissant en elle”.
Leibniz, G, W. Discours sur la théologie naturelle des chinois. París: L’Herne, 1987, p. 21. (volver)
(15) “Ainsi pour juger que les Chinois reconnaissent les substances spirituelles, on doit surtout considérer leur Li ou règle, qui est le premier acteur et la raison des autres coses, et que je crois répondre à notre Divinité”.
Leibniz, G, W. Discours sur la théologie naturelle des chinois. París: L’Herne, 1987, p. 79-80.
“En conséquence de cette production de la metière première par le premier principle, ou par la forme primitive, par l’acte pur, par l’opération de Dieu, la philosophie chinoise approche plus de la thèologie chrétienne que la philosophie des anciens Grecs, qui considéraient la matière comme un principe parallèle à Dieu, qu’il ne produit point, mais qu’il forme seulement”. 
Leibniz, G, W. Discours sur la théologie naturelle des chinois. Paris: L’Herne, 1987, p. 99. (volver)
(16) “Quando nel 1615 uscì per la prima volta in Augusta l'opera De Christiana Expeditione apud Sinas, di cui Nicola Trigault S.I. si dava a torto per autore, mentre non era che il traduttore latino del manoscritto italiano del Ricci, il mondo occidentale dei dotti esultò, perchè vi vide per la prima volta svelato il vero volto della Cina, su cui fino allora tante favole avevano circolato. I1 successo enorme si vide immediatamente, poichè nello spazio di soli dieci anni l'opera ebbe cinque edizioni latine e fu tradotta in cinque lingue moderne, tra cui anche - ironia del caso! - l'italiano. Finalmente l'Europa poteva dire di conoscere la Cina e ciò grazie a Matteo Ricci”.
D’Elia, P,M., ‘Roma Presentata ai Letterati cinesi da Matteo Ricci S. I.’, T’oung Pao, vol. 41, 1 / 3, 1952, p.149. (volver)
(17) “II Ricci morì 1’II maggio 1610. Meno di tre anni dopo il P. Nicola Trigault, mandato dalla Cina a Roma come Procuratore della missione, partiva da Macao portando seco il manoscritto ricciano, che in fondo era l'autobiografia del fondatore della missione. Egli arrivò a Roma alla fine del 1614 e informò il Papa e i Cardinali del successo apostolico del Ricci. Uno dei Cardinali più in vista, il Bellarmino, il 12 maggio 1616, scrisse ai neofiti cinesi la gioia da cui fu inondata l'Urbe a simile notizia. Da una parte si congratulava coi neofiti che dopo tanti anni la Cina si fosse finalmente aperta al Vangelo, e dall'altra li esortava alle opere buone e specialmente alla pazienza in tempo di persecuzione”.
D’Elia, P,M., ‘Roma Presentata ai Letterati cinesi da Matteo Ricci S. I.’, T’oung Pao, vol. 41, 1 / 3, 1952, p.189. (volver)

 

BIBLIOGRAFIA

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Day, J. D., ‘The Search for the Origins of the Chinese Manuscript of Matteo Ricci’s Maps’, Imago Mundi, Vol. 47, 1995, pp. 94-117.
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Elman, B. A. On their Own Terms. Science in China, 1550-1900. Cambridge: Harvard University Press. 2005.
Elman, B. A. A Cultural History of Modern Science in China. Cambridge: Harvard University Press, 2006.
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Pelliot, P., ‘La peinture et la gravure européennes en Chine au temps de Mathieu Ricci’, T’oung Pao, vol. 20, nº 1, 1920-1921, pp. 1-18.
Ricci, F. M (dir.). La China. Las artes y la vida cotidiana vistas por el P. Matteo Ricci y otros misioneros jesuitas. Milano: Franco María Editore, 1989.
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Szcześniak, B., ‘Matteo Ricci’s Maps of China’, Imago Mundi, Vol. 11, 1954, pp. 127-136.
Wallis, H., The Influence of Father Ricci n Far Eastern Cartography’, Imago Mundi, vol. 19, 1965, pp. 38-45.
Xiping, Z. Following the Steps of Matteo Ricci to China. Beijing: China Intercontinental Press, 2006.

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