Comentarios Introductorios
En 1927, después de viajar por China y Japón, el famoso fisiólogo Ludwig Aschoff declaró enfáticamente que no había necesidad de establecer ninguna clase de “misión médica” en Japón.
Cualquiera que conozca Asia Oriental no se sorprenderá que prologue mis comentarios con lo siguiente: no hay necesidad de una misión médica en Japón. En Alemania poseemos una pequeña idea de la vehemencia con la que Japón está intentando transplantar los métodos de investigación científica europea y americana a su terreno. Esto es especialmente cierto en el caso de la medicina [1].
En China, Aschoff no había visto una sola facultad de medicina gestionada por los propios chinos: la mayor parte del sistema de asistencia sanitaria fue establecida u organizada por extranjeros. En Japón, por otra parte, contabiliza seis universidades imperiales y otras dieciocho universidades con facultades médicas a las que añade cuatro colegios médicos. Aschoff describe estas instituciones en detalle, y elogia la educación profesional de los médicos japoneses y la investigación llevada a cabo allí, así como el tratamiento de los pacientes en la universidad y en otros hospitales. Expresa cierta sorpresa sobre ciertas costumbres, pero no hay duda de que Aschoff estaba profundamente impresionado por lo que contempló durante su viaje a través del archipiélago. A pesar de ser un ardiente protestante, Aschoff hace notar incluso a su audiencia de que los misioneros occidentales deberían tener cuidado de no destruir la desarrollada cultura tradicional japonesa.
Este excepcional éxito en la modernización médica se debió mucho a los esfuerzos de Japón durante la segunda mitad del siglo XIX, que comenzó -en lo que respecta a la medicina- con la fundación del Instituto de Entrenamiento Naval (Kaigun denshûjo) en Nagasaki y con la introducción de un currículo moderno de estilo occidental en la educación médica. Numerosos desarrollos de la medicina japonesa durante los siglos XIX y XX se remontan a pioneros holandeses como Johannes Lydius Catharinus Pompe van Meerdervoort (1829–1908), Anthonius Franciscus Bauduin (1822–1885), Antonius Johannes Cornelius (1843–1883), Koenraad Wolter Gratama (1831–1888), y Constant George van Mansvelt (1832–1912) y a los esfuerzos globales de la Compañía holandesa de las Indias Orientales para proveerse de un conocimiento actualizado en ciencia y tecnología occidentales.
Con todo, a pesar del entusiasmo y de la cualificación de estos profesores occidentales, nunca habrían conseguido tan impresionantes resultados si ellos hubieran tenido que iniciar su trabajo desde cero. Los interlocutores japoneses de estos expertos europeos hacía mucho tiempo que habían comenzado a abandonar el campo de la medicina chino-japonesa. Guiados por sus propios intereses y objetivos, ya habían cruzado las fronteras de su tradición y se estaban aproximando de forma continuada a Occidente. Este proceso precisó de tiempo: cabe remontarse al siglo XVII, cuando el establecimiento de un puesto comercial holandés en Japón y la presencia permanente de los cirujanos y médicos europeos impulsaron un intenso intercambio de conocimiento médico, libros, instrumentos y fármacos.
Los primeros Comienzos
Durante los siglos XV y XVI, Japón absorbió un gran número de innovaciones extranjeras en métodos de fundición y forja y en artesanías como la elaboración de papel, el tejido de la seda y la impresión. Muchos de estos conocimientos provenían de China. No fueron difundidos por los monjes o sabios budistas como había ocurrido con el conocimiento más antiguo sino por mercaderes y artesanos; por lo tanto, existía una predominancia de naturaleza práctica [2]. Esta circunstancia se mantuvo con la expansión de los estudios occidentales (yôgaku). La respuesta japonesa a los estímulos europeos se centró en la tecnología militar y en la medicina tanto al inicio como al final de las décadas del periodo Edo. En lo que respecta al gobierno Tokugawa, la batalla por el castillo en Osaka y los problemas posteriores con la revuelta de los campesinos cristianos en Shimabara en 1639 habían demostrado la utilidad de cañones y morteros. Algunos fueron moldeados en el primer puesto comercial holandés, Hirado, y otros fueron importados por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y presentados como un presente al shogun. Sin embargo, después del obligado reemplazamiento de su puesto comercial desde Hirado a Nagasaki en 1641, la respuesta de los holandeses a los requerimientos de tales objetos disminuyó considerablemente. No obstante, incluso durante la década de 1650, los estudios japoneses en disparo de mortero y las técnicas de ataque a castillos continuaron. Entonces, con la creciente estabilidad del régimen Tokugawa, el interés oficial por las armas de fuego retrocedió durante más de un siglo. La medicina, por el contrario, nunca dejó de atraer la atención de los médicos japoneses.
La introducción de la medicina holandesa, particularmente la cirugía (oranda-ryû geka), fue el resultado de unas condiciones estructuralmente favorables combinadas con los esfuerzos individuales y acontecimientos meramente circunstanciales. En 1649, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales envió un mensajero especial a Japón, en tanto que las relaciones entre Japón y Holanda se habían enfriado por ciertos incidentes. Cuando Andries Friese (Frisius) llegó a Edo al final de aquel año, el shogun Iemitsu estaba enfermo. Toda vez que su consentimiento y una audiencia final resultaban necesarias para concluir las complejas negociaciones, la estancia de Friese en Edo tuvieron que extenderse por cierto tiempo. Esto posibilitó a los oficiales japoneses de más alto rango examinar las habilidades del “Maestro Caspar”, un cirujano endurecido en las batallas de Alemania, que había acompañado a Frisius hasta Edo. Los resultados debieron haber sido satisfactorios. Ante el requerimiento de la corte, Caspar Schamberger (1623-1706) se estableció en Edo excepcionalmente durante 10 meses. Así, la utilidad de ciertos métodos de tratamiento, escayolas, y ungüentos fueron primeramente conocidos por la élite del poder. Esto resultó ser muy importante para la posterior promulgación de la medicina occidental durante las siguientes décadas [3]. Los primeros requerimientos de materia médica occidental, de libros médicos, de extremidades artificiales, etc., registradas cuidadosamente en el diario del puesto comercial, revela que los japoneses picaban muy alto desde el principio.
La orden de 26 de febrero de 1652 trasladada por el inspector general imperial Inoue Chikugo-donno en nombre de su majestad y de los caballeros de alto rango así como por sí mismo es la siguiente:
[...] 10 picols de momia negra;
2 picols de billili negra como la que fue traída recientemente por el honorable Coyett;
2 picols de unicornio negro o real si puede ser proporcionado; [...]
5 ventosas; [...]
2 pequeñas cajas de vendas o cajas de ungüentos decoradas con bandas de cobre;
2 dientes de sirena;
1 elefante gordo malicioso;
1 vesícula biliar de elefante;
2 alambiques con cabezas para la destilación del Oleum vitrioli, Oleum Sulphuris, ácido nítrico etc.; [...]
4 manos de hierro con tornillos realizados de manera natural para sostener un sable para la lucha o una pluma para escribir, siendo dos derechas y dos izquierdas, un realizado más laboriosamente y fastuosamente;
2 piernas artificiales realizadas de la misma manera para utilizarlas en caso de perder una pierna así como por mera curiosidad;
several pieces of hematite to stop bleedings; [...]
un libro ilustrado en Portugués sobre anatomía humana;
un herbario con ilustraciones realizado de plantas vivas; [...]
un modelo humano hecho de cobre, Madera y otro material mostrando todas las partes del cuerpo y los órganos internos en el mayor detalle posible; [...][4].
Obviamente, la adopción del conocimiento medico occidental fue considerado beneficioso no sólo para la salud personal de las personas influyentes en la corte sino también para el posterior desarrollo de Japón y, de este modo, para la consolidación del régimen Tokugawa. Además de la medicina y de la farmacia, los armamentos, la astronomía y la cartografía fueron de especial interés, y el suministro de bienes en estas ramas del conocimiento nunca estuvieron en riesgo, ni siquiera después de la introducción de la política japonesa de aislamiento.
Los fundamentos teóricos de la medicina practicada en Japón durante siglos procedían de China. En tanto que difieren significativamente de las bases de la patología occidental, uno podría preguntarse hasta qué punto estas incompatibilidades dificultaron la introducción de la medicina occidental. Hubo intentos esporádicos para ocuparse de la patología occidental, pero la barrera del lenguaje demostró ser un formidable obstáculo, de tal modo que el acceso directo a los contenidos de las publicaciones holandesas fue muy difícil antes del siglo XIX. No es casual que la introducción de la medicina occidental comenzara con la cirugía, un campo bastante rechazado en la medicina extremo-oriental, pero incluso en esta disciplina comparativamente concreta, los japoneses hicieron sus selecciones y se confinaron a los métodos de tratamiento que podrían integrar en su mundo [5]. Durante gran parte del periodo Edo, los “estudios chinos” (kangaku), con sus fuentes fácilmente accesibles y su rica tradición, continuó siendo la base, o al menos el punto de partida para cualquier partidario de los “estudios holandeses”.
Condiciones Económicas
Durante el periodo Edo, la economía siempre jugó un importante rol, en la medida en que el país se encontraba plagado de recursos naturales minerales y limitadas capacidades de exportación. Debido a la restricción de sus relaciones externas, Japón se había convertido fuertemente dependiente de unos pocos socios en relación con ciertos bienes. Las conversaciones mantenidas en 1639 por el jefe del puesto comercial holandés, François Caron, con el inspector general imperial, Inoue Masashige, y el consejero imperial, Sakai Tadakatsu, demuestra la preocupación del gobierno acerca de una provisión ininterrumpida de seda pura, textiles, y drogas vegetales y medicamentos [6].
La investigación anterior ha vinculado la emergencia de los “estudios holandeses“ (rangaku) al shogun Yoshimune, quien durante los años que van de 1720 a 1730 levantó una importante prohibición sobre los libros occidentales mientras que promovía los estudios de lengua holandesa y la importación y el cultivo local de drogas vegetales. No obstante, una mirada más cercana a las fuentes del siglo XVII revela que los libros médicos y sobre botánica nunca fueron rechazados, y que había habido un requerimiento oficial semejante para semillas extranjeras, plantas, y tecnología farmacéutica seis décadas antes bajo el shogun Ietsuna [7]. Para evitar el agotamiento de plata y oro, se hicieron insistentes esfuerzos para invertir la afluencia de bienes considerados como innecesarios y para desarrollar recursos locales. La introducción de los métodos de tratamiento médico occidentales, con sus nuevos recipientes y sus drogas importadas de gran valor tales como momias, teriaca, y aceites extraños, impulsaron inevitablemente la búsqueda de sustitutos locales, estimulando así los estudios botánicos japoneses y la mejora del cultivo de plantas.


Fig. 1. Primera transferencia tecnológica en 1672: Aparato de destilación a gran escala en el puesto comercial de Dejima utilizado para instruir sobre la producción de aceites farmacológicos. [8]
Ante el requerimiento del gobierno japonés, la compañía holandesa de las indias orientales también entregó a gran escala equipamientos de destilación desde Europa ya en 1671. Algunos de los métodos para producir aceites eran bastante complejos y duraban hasta siete días. Sin embargo, después de tres meses de instrucción, los médicos japoneses habían dominado todas las técnicas, y durante la siguiente década, fueron destilados una gran cantidad de aceites farmacológicos. Los dos farmacéuticos occidentales enviados a Japón durante estos años fueron requeridos también a tomar parte en investigaciones conjuntas sobre la flora en la bahía de Nagasaki. Al mismo tiempo, la compañía de las indias orientales comenzó a buscar plantas japonesas de utilidad, lo que finalmente estimuló la pionera investigación botánica de Engelbert Kaempfer en 1690-92. En un primer periodo de relaciones entre holandeses y japoneses, los estudios sobre plantas se habían convertido en un campo de interés común tanto para la compañía como para los japoneses. Los estudios sobre plantas desarrollados por los europeos en Japón casi nunca fueron obstaculizados por las restricciones que los oficiales japoneses imponían sobre los recopiladores de información occidentales [9].
Los esfuerzos para reducir las importaciones y promover la producción local se intensificaron bajo el shogun Yoshimune durante la segunda y tercera décadas del siglo XVIII. Sin embargo, durante el periodo Edo, los libros y ciertos instrumentos y fármacos tuvieron que ser solicitados desde la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. En tanto que estas entregas ayudaron a promover el comercio a gran escala de mercancías y a facilitar la relaciones entre los holandeses y japoneses, Batavia prestó usualmente gran atención a tales requerimientos.
Médicos como Pioneros
La continuidad del intercambio médico entre los holandeses y los japoneses y la extensión de los estudios holandeses no fueron meramente los resultados de su obvia utilidad o de la promoción oficial. Los médicos japoneses estaban menos sujetos a las rígidas restricciones sociales que regulaban el movimiento y las actividades de la mayoría de sus compatriotas. En la medida en que su profesión les posibilitaba sostener cierto estándar de vida en cualquier lugar elegido, estaban en una posición bastante favorable para permitirse estudiar y extender nuevo conocimiento. La medicina en el Japón de la época Edo era una especie de ciencia privada [10]. Su integración en la esfera pública se produjo bastante más tarde y está estrechamente vinculada a las actividades de Pompe van Meerdervoort y sus sucesores.
Los médicos europeos en el puesto comercial holandés también disfrutaron de una posición bastante confortable. Antes de que la compañía hubiera sido reemplazada por la República de Batavia en 1795, muchos de ellos no fueron reclutados como “personal cualificado”, un estatus reservado para los comerciantes. De esta forma, no estaban implicados en las actividades comerciales oficiales o en la actividad política, estando al cuidado de sólo una docena de occidentales en Dejima. Sin embargo, debido a sus habilidades fueron tomados en alta estima fuera del puesto comercial, conocieron mayor cantidad de japoneses influyentes que sus superiores y tuvieron más oportunidades para reunir información y material. Por lo tanto, no es casual que muchos libros revolucionarios sobre Japón fueran escritos por médicos del puesto comercial, mientras que durante gran parte del periodo Edo, los “estudios occidentales” en Japón fueron dirigidos principalmente por médicos o eruditos convertidos en médicos.
El puesto comercial de Dejima
Desde 1609, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales estableció un puesto comercial en Japón que fue recolocado en 1641 en Dejima, una isla artificial en la bahía de Nagasaki. A primera vista, la isla parece bastante espaciosa pero para cualquiera que estuviese allí un año o dos se convierte en un lugar estrecho. Incluso Engelbert Kaempfer, que en 1680 había sobrevivido a dos calurosos años en el golfo pérsico, lo llamó prisión. Hoy en día, Dejima es habitualmente caracterizada como la única puerta de Japón a Occidente durante el periodo de aislamiento, pero era más que eso.
Esta pequeña isla era parte de una red más vasta. Durante su edad de oro, la Compañía de las Indias Orientales era una gran empresa comercial que operaba a lo largo del mundo. Interactuando con los holandeses, Japón se integró en el sistema comercial global. El acceso holandés a los países por todo Asia facilitó la acumulación y la comparación del conocimiento entre los ambiciosos empleados europeos. Muchos de los occidentales que llegaron a Nagasaki habían trabajado ya en otros puestos comerciales. A un nivel individual y oficial, la compañía tenía mucho más que ofrecer que tan sólo un conocimiento sobre Europa Central.
Había muchas restricciones impuestas en torno al intercambio holandés-japonés y algunas veces riesgos considerables, como lo demostró la expulsión de Siebold en 1829 y los duros castigos para sus colaboradores. Sin embargo, otros como Kaempfer consiguieron pasar de contrabando mapas fuera del país, no teniendo nada que ofrecer, a su vez, a los japoneses más que instrucciones sobre medicina, plantas u otros campos de interés. En muchos casos, esto era suficientemente atractivo para asegurar la colaboración de los interlocutores japoneses. Sin esta ilícita cooperación, Europa no hubiera aprendido mucho sobre Japón, y el conocimiento japonés sobre el mundo hubiera sido mucho menos amplio.
Nagasaki como la Cuna de los “estudios holandeses”
Antes del surgimiento de las grandes academias privadas especializadas en “estudios holandeses”, tales como la “Escuela del Objetivo derecho” (Tekitekisai-juku) en Osaka y la “Escuela de la orquídea y el lirio” (Shiran-dô) en Edo, los intérpretes japoneses en el puesto comercial de Dejima jugaron un papel central en la transmisión del conocimiento. Genpaku Sugita (1733-1817), quien sintió la necesidad de vincular el comienzo de las “estudios holandeses” a sí mismo y a su tiempo, no consideraba a estos intérpretes en mucha estima, pero sus habilidades lingüísticas eran mucho mejores de lo que él sugería en sus famosas memorias [11]. Siempre que un médico europeo trataba a un paciente local, siempre que hablaba a los oficiales o a los visitantes privados, o cada vez que instruía a los colegas japoneses, los intérpretes se mantenían a su lado para ofrecer comentarios en términos japoneses. Los nombres de los intérpretes pueden ser encontrados en incontables informes oficiales.
No todos los intérpretes se preocupaban sobre la ciencia y tecnología occidentales, pero algunos de ellos desarrollaron un fuerte interés en los hechos médicos. Comenzaron a realizar copias personales de informes oficiales y cartas, coleccionaron libros y compraron o recibieron medicamentos e instrumentos. Desde el año 1670 en adelante, intérpretes como Genpo Nishi, Chinzan Narabayashi y Ryôi Motoki se granjearon un reconocimiento general por su erudición en lingüística, cirugía, farmacia, geografía y materias afines. En la medida en que sus puestos se mantenían dentro de la familia durante generaciones, gran número de textos, manuscritos, y toda clase de instrumentos y objetos fueron acumulados. El piso superior de la casa de Kôgyu Yoshio, llamada el salón holandés (Oranda zashiki), fue famoso por todo el país debido a que en su jardín había plantas extranjeras y a las festividades del “Nuevo Año Holandés” [12].

Fig. 2. Copia realizada en el estudio de Kôgyû Yoshio por un medico del pueblo de Yakata visitando Nagasaki en 1776 (Nakatsu City Museum for History and Folklore).
Los japoneses no podía abandonar el país, pero la educación en escuelas privadas otorgada por intérpretes activos o retirados del puesto comercial proporcionaba una mirada estimulantes a la medicina occidental y al Mundo. Más aún, aquí los jóvenes eruditos se encontraban con sus pares de similares aptitudes de otras regiones. Estas estancias educacionales en Nagasaki (Nagasaki yûgaku) eran un instrumento para establecer una red por todo el archipiélago [13]. Por supuesto, cualquiera no podía mantener el contacto con los ex estudiantes. Algunos volvieron para dedicar su vida al campo, pero gracias a su estancia en Nagasaki, obtuvieron una buena comprensión de lo que ocurría en su profesión y en Japón. Las copias manuscritas realizadas de importantes textos en las escuelas de Nagasaki pueden ser encontrados ahora incluso en remotas áreas montañosas, demostrando que los “estudios holandeses” no pertenecían al dominio exclusivo de los intelectuales radicados en la ciudad y en los castillos sino que tenían sus partidarios bien informados en pueblos y en aldeas [14]. Cuando se inicia la extensión del conocimiento médico, Japón no parece tener ninguna clase de tierra interior.

Fig. 3. Página de un catálogo de un medico rural (siglo XVIII) conteniendo más de 500 impresiones y copias manuscritas (colección privada, Imai village, Nagano prefecture).
Imprimiendo y Copiando
Después de que Johannes Guttenberg inventara la imprenta móvil y la imprenta mecánica en 1439, la tradición occidental de copia e iluminación de libros decayó rápidamente. A pesar de que los libros pudieron ser reproducidos mucho más rápidamente y en gran cantidad, la mayoría de las imprentas eran muy caras, por lo que la extensión del conocimiento continuó siendo bastante limitado.
En Japón, por otra parte, la tradicional impresión mediante bloques de madera dominó la industria de la impresión hasta el siglo XIX. No obstante, durante los siglos XVII y XVIII, Japón superó de lejos a cualquier país occidental en términos de los títulos de libros publicados y en la circulación total de los mismos [15]. Sorprendentemente, esto no obstaculizó el arte de la copia. La copia de los sutras budistas pudo haber jugado un papel en todo esto, pero, como en China, escribir era una importante manera de adquirir conocimiento. Gracias a esta tradición, las copias manuscritas de importantes textos médicos pueden ser encontrados incluso en remotos pueblos montañosos.
HomoLudens
Las últimas razones de este fenómeno están todavía siendo exploradas, pero los objetos, los libros y manuscritos desde el periodo Edo sugieren que los japoneses eran una gente muy curiosa. Los participantes occidentales en el llamado “viaje a la corte” de Edo confirman esta impresión. Al mismo tiempo, los japoneses tenían un espíritu muy lúdico (asobigokoro). Habían mentes brillantes desarrollando ingeniosos mecanismos para pequeñas muñecas que servían té o disparaban una flecha. En el control tradicional del tiempo las extensiones de las seis horas diurnas y nocturnas eran cambiadas de acuerdo con la estación. Por lo tanto, los relojes debían ser provistos de mecanismos de cuerda que hubieran causado pesadillas entre los relojeros europeos. Los microscopios y los telescopios eran importados y luego producidos localmente, y fundamentalmente utilizados como diversión [16].

Fig. 4. Microscopio japonés (mijinkyô, ca 8 cm) comprado en Kyoto y utilizado por los habitantes de la aldea de Kiso (Kiso Valley, Shinshû). Una nota sobre la caja de madera dice: “por favor devuelva el microscopio a su propietario cuando haya terminado de utilizarlo” (Miyagawa Collection, Kiso-mura, Nagano Prefecture).
En tanto que no había una guerra inminente, existía suficiente tiempo para que las mentes curiosas exploraran libremente. Incluso entre los oficiales de la administración que trabajaban para los señores regionales o para el gobierno central, encontramos una especie de carácter generalista que, además de su trabajo administrativo, gastaba su tiempo libre en actividades tales como investigar recursos locales, escribir poemas, coleccionar conchas y artefactos, pintar o estudiar clásicos chinos o japoneses. La matemática japonesa (wasan), una disciplina hoy en día poco conocida fuera de los círculos de expertos, había alcanzado un sorprendente nivel en términos de complejidad. [17] Debió de haber habido muchas aplicaciones prácticas y gratificantes, pero miles de libros con problemas y soluciones matemáticas sirvieron simplemente para el disfrute individual.
Coleccionistas y Colecciones
Durante el siglo XVIII, el influjo de los objetos extranjeros y la creciente fuerza económica de la clase mercantil proporcionó las bases para el surgimiento de coleccionistas privados. Como en Europa, los artefactos y los especímenes naturales fueron confundidos al principio. Gradualmente, los objetos fueron comparados y clasificados- en algunos casos incluso registrados y publicados- preparando el terreno para nuevos conceptos de clasificación mientras se perfeccionaban las habilidades de los coleccionistas. A pesar de que las casas japonesas no tenían cámaras o gabinetes de curiosidades, las cajas de laca servían también a este propósito. Usualmente el lugar de presentación era la sala de té. Como en Europa, las colecciones en Japón poseían también una función social.

Fig. 5. Caja de la colección de Tomohiro Ichioka (1739–1808) en Iida (Iida City Museum).[18]
Los médicos japoneses siempre tuvieron un gran interés en una materia médica útil. Constituía un pequeño paso para ellos expandir sus cajas medicinales tradicionales (yakurô) para ampliar las colecciones conservadas en los gabinetes médicos (hyakumi-dansu). Sin embargo, con el cambio de los métodos de tratamiento y el creciente influjo de las nuevas drogas, le necesidad de información sobre las propiedades farmacéuticas y sobre los métodos para descubrir falsificaciones finalmente impulsó un nuevo foro de comunicación. Desde la mitad del siglo XVIII, las llamadas “exhibiciones de materia médica” (yakuhin-e) o las “exhibiciones de productos” (bussankai) fueron organizados por todo el país. Los participantes traían sus tesoros personales, que eran mostrados y examinados. Jirô Endô y Teruko Nakamura han contabilizado alrededor de 250 exhibiciones durante los 116 años entre 1751 y 1867. [19] Como no había ni universidades y museos, estos eventos eran decisivos en establecer una base común entre los profesionales y en acelerar el intercambio de información y de objetos.

Fig. 6. “Exhibición de Materia medica” en el “Hall médico” (igakkan) de la familia Asai en Owari (impresión de Mitsutarô Shirai, Nihon Hakubutsugaku nenpyô. Tokyo, 1908; author’s collection).
Estudios de Idiomas
Durante la mayor parte del periodo Edo, los intérpretes japoneses en el puesto comercial de Dejima jugaron un papel central en el intercambio cultural entre Japón y Europa. En tanto que ellos tenían acceso al puesto comercial desde la niñez, sus habilidades lingüísticas debieron de haber sido al menos suficiente para cubrir los asuntos comerciales y los problemas cotidianos. Las instrucciones médicas fueron el dominio de especialistas como Motoki, Yoshio y Shizuki. Sin embargo, los médicos del resto del país no tenían oportunidad o necesidad de adquirir habilidades de comunicación oral. Para ellos lo único esencial era leer libros holandeses y sobre todo, adquirir la terminología médica necesaria. Durante el siglo XVII, inmediatamente después del surgimiento del estilo quirúrgico holandés, los intérpretes y los médicos empezaron a compilar glosarios personales, copias de las que gradualmente encontraron su camino en las regiones. Sin embargo, incluso después de la promoción activa de los estudios en lenguaje holandés durante el reinado del shogun Yoshimune, tuvieron que pasar más décadas hasta que estos glosarios fueran expandidos a la totalidad de diccionarios. La labor era gigantesca, no sólo con respecto a la traducción de términos abstractos: incluso las palabras simples se demostraron como un desafío, cuando el objeto mismo no era todavía conocido. Por tanto, se convirtió en una ayuda de gran valor para los sabios japoneses cuando el jefe del puesto comercial Hendrik Doeff (1777-1835), mientras esperaba el relevo de Batavia, utilizó su prolongada estancia en Dejima para compilar una versión japonesa del diccionario franco-holandés de François Halma (Nieuw Woordenboek der Nederduitsche en Fransche Taalen, segunda ed. 1729). Este libro, completado por los intérpretes japoneses después de que abandonara Japón, contiene más de 50.000 entradas. [20]
En la década de 1670 y 1680, los ingeniosos intérpretes Chinzan Narabayashi y Ryôi Motoki fueron capaces de presentar extractos de las ediciones holandesas de Chirurgie de Ambroise Paré y el Pinax Microcosmographicus (Ámsterdam, 1634/45) de Johannes Remmelin. [21] Sin embargo, todavía dependían fuertemente de las explicaciones de los médicos del puesto comercial. El primer indicio de una aproximación más sistemática puede ser encontrada en el prefacio de la Historia de Japón de Engelbert Kaempfer, donde afirma que enseñó gramática de lengua holandesa a su asistente. De acuerdo con Kaempfer, este hombre joven, Imamura Eisei, pronto disfrutó de una mejor competencia lingüística que la mayoría de sus estudiantes en el puesto comercial. [22] Durante las primeras décadas del siglo XVIII la situación mejoró considerablemente. Konyô Aoki y Ryôtaku Maeno, por nombrar justo los pioneros, tradujeron al japonés los principales puntos de los materiales de enseñanza holandeses como “Letterkunde” de Hakvoort y el famoso libro de aritmética “De Cyfferinge” de Bartjens. Estos extractos comentados fueron de gran utilidad para cualquiera que quiso leer textos holandeses.

Fig. 7. Ranyaku sentei, materiales de enseñanza usados en Kyôto alrededor de 1800 por Genkitsu Yoshio (Sôda Collection, International Research Center for Japanese Studies, Kyoto).[23]
Instituciones Educativas
No habían universidades en el Japón pre-moderno, pero numerosos templos-escuela (terakoya), escuelas privadas (shijuku), y escuelas oficiales puestas en funcionamiento por los dominios regionales (hankô) proporcionaron una excelente educación básica. A pesar del complejo sistema de escritura japonés, más gente que en ningún país occidental podía leer y escribir. Algunas escuelas con conceptos educacionales exclusivos eran muy populares, tales como el “Jardín para todos” (Kangien) del Neo-Confuciano Tansô Hirose, en el centro de Kyushu, que atrajo cerca de 3000 niños y jóvenes de 64 (entonces 68) provincias de Japón. [24] Muchos de sus graduados contribuyeron en posiciones de liderazgo a abrir Japón y a su rápida modernización.
Con el surgimiento de los estudios holandeses, aparecieron similares escuelas privadas para una especie de educación secundaria, las más prominentes en Osaka y Edo ganándose una reputación nacional. Después de una educación en tales instituciones de estudios holandeses propias del siglo XIX, un estudiante con talento era capaz de leer libros holandeses autónomamente, había adquirido un vocabulario médico básico, conocía algo sobre la medicina occidental y ciencias asociadas, y era consciente del lugar del Japón en el mundo.
Gracias a esta estrecha colaboración entre Holanda y Japón, Japón consiguió seguir la pista de los desarrollos esenciales del mundo exterior, incluyendo la medicina y otras disciplinas. No era cuestión de si este intercambio era insuficiente para proporcionar una más profunda perspectiva en el trasfondo teorético y en el despliegue dinámico de la medicina moderna en Europa. No obstante, apoyado por un alto nivel de educación y un entorno intelectual de curiosidad y de alegría, durante dos siglos, los médicos japoneses adquirieron una gran variedad de métodos de tratamiento, un impresionante conjunto de información sobre materia medica, una comprensión básica de la anatomía humana, y un conjunto de términos médicos occidentales. En tanto que la mayoría de este conocimiento se había extendido incluso en áreas rurales, el terreno estaba bien preparado para las semillas que Pompe van Meerdervoort y sus sucesores iban a introducir.
Notas a Pie
[1] Ludwig Aschoff, Medizin und Mission im Fernen Osten, Berlin, 1927.
[2] Para mayor información sobre este tema, véase M. Sugimoto, D.L. Swaine, Science & Culture in Traditional Japan. Charles E. Tuttle, Tokyo, 1989.
[3] Wolfgang Michel, On the Reception of Western Medicine in Seventeenth Century Japan. In: Yoshida Tadashi & Fukase Yasuaki (eds), Higashi to nishi no iryôbunka [Medicine and Culture in East and West], Shibunkaku Shuppan, Kyoto, 2001, pp. 412–426. Wolfgang Michel, Von Leipzig nach Japan – Der Chirurg und Handelsmann Caspar Schamberger (1623–1706). Iudicium, Munich, 1999.
[4] Diario del jefe del puesto comercial Adriaen van der Burgh, 24 de mayo de 1652 (National Archive, The Hague, NFJ no. 65).
[5] Wolfgang Michel, On the Reception of Western Medicine in Seventeenth Century Japan, pp. 412–416.
[6] Diario del jefe del puesto comercial François Caron, 20 de Julio de 1639 (National Archive, The Hague, NFJ no. 65).
[7] Wolfgang Michel, On the Illustrated Mirror of Dutch Plants and its Background. Narutaki Bulletin (Siebold Museum, Nagasaki), No. 17, March 2007, pp. 9–38.
[8] Oranda yu dôgu sumpô no zu narabi ni sempô sho (Illustrations and measurements of Dutch oil instruments and ways of distillation). Copia del manuscrito de un informe esbozado por los intérpretes del puesto commercial en primavera de 1672 (Medical Library, Kyushu University). Cf. Wolfgang Michel, Elke Werger-Klein, Drop by Drop – The Introduction of Western Distillation Techniques into Seventeenth-Century Japan. Journal of the Japan Society of Medical History, Vol. 50 (2004), No. 4, pp. 463–492.
[9] Cf. Comentarios de Engelbert Kaempfer’s sobre este tema en History of Japan, London, Printed for the Translator, 1727, Vol. I, The Author’s Preface.
[10] Tadashi Yoshida, Rangaku to seiyô kagaku [Dutch Studies and Western Science]. In: Shuntarô Itô, Yôjirô Kimura (eds), Nihon kagakushi no shatei. Tôfûkan, Tokyo, 1989, pp. 121–141. Tadashi Yoshida, Edo jidai no seiyôgaku [Western Studies in the Edo Period]. Biblia (Tenri University), No. 128 (2007), pp. 145–167.
[11] Genpaku Sugita, Dawn of Western Science in Japan: Rangaku kotohajime. Traducido por Ryozo Matsumoto, Eiichi Kiyooka. Hokuseido Press, Tokyo, 1969.
[12] Para más información sobre Kôgyu Yoshio (1724–1800), véase Kazuo Katagiri, Edo no ranpôigaku kotohajime – Oranda tsûji Yoshio Kôzaemon Kôgyû. Maruzen Library, Tokyo, 2000.
[13] Kanji Hirayama, Nagasaki yûgakusha jiten [Dictionary of People who Studied in Nagasaki]. Keisuisha, Hiroshima, 1999.
[14] Para más información sobre los “estudios holandeses” (zaison rangaku) en el medio rural, véase Toshiyuki Aoki, Zaison rangaku no kenkyû [Research on Rural Dutch Studies]. Shibunkaku Shuppan, Kyoto, 1998.
15] Mitsutoshi Nakano, Edo no shuppan [Publishing in Edo]. Pelikansha, Tokyo, 2005. Peter Kornicki, The Book in Japan – A Cultural History from the Beginnings to the Nineteenth Century. Brill, Leiden, 1998, pp. 169ff.
16] Wolfgang Michel, On Japanese Imports of Optical Instruments during the Early Edo Period [in Japanese]. Yôgaku – Annals of the History of Western Learning in Japan, Vol. 12 (2003), pp. 119–164.
[17] Ken’ichi Satô, Mirionseraa Jinkôki no miryoku – Yoshida Mitsuyoshi no hassô [Appeal of an Edo period Millionseller – Mitsuyoshi Yoshida’s Way of Thinking]. Keiseisha, Tokyo, 2000. Ken’ichi Satô, Edo shomin no sûgaku [The Mathematics of Common People in the Edo period]. Tôyôshoten, Tokyo, 1994.
[18] Yoshio Tanaka, quien fue decisivo en el establecimiento de museos públicos en el Japón Meiji, transcurrió su infancia en Iida, en la casa de al lado a su familia. Para más información sobre este tema, véase Wolfgang Michel, The Lure of Things – On the Specimens of the Ichioka Family in Iida (Shinshû), Japanese Journal of the History of Biology, No. 75, Dec 2005, pp. 3–10. [in Japanese]
[19] Yûsuke Imai, Jirô Endô, Teruko Nakamura, Wolfgang Michel, On the Historical Background of the “Materia Medica Exhibitions” (yakuhin-e) of the Edo Period, The Japanese Journal of History of Pharmacy – Yakushigaku zasshi, Vol. 40, No. 2 (2005), p. 156. [in Japanese]
[20] Fue evisado más tarde por Hoshû Katsuragawa, y publicado desde 1855 hasta 1856 bajo el título de Oranda jii (Diccionario Holandés).
[21] Hara Sanshin (ed.), Nihon de hajimete honyaku shita kaibôsho [La primera traducción de un libro de anatomía en Japón]. Rokudai Hara Sanshin ranpô-i 300nen kinen shôgakkai, Fukuoka 1995.
[22] Engelbert Kaempfer, The History of Japan, London, Printed for the Translator, 1727, The Author’s Preface.
[23] Este manuscrito esta basado en Oranda yakusen de Ryôtaku Maeno, escrito en 1785. Para más información sobre Yoshio, véase Wolfgang Michel, Yoshio Genkitsu – Life and Works of a Forgotten Scholar of “Dutch Studies”, Studies in Languages and Cultures (Kyushu University), No. 21 (2005), pp. 89–109. [in Japanese]
[24] Marleen Kassel, Tokugawa Confucian Education: The Kangien Academy of Hirose Tanso (1782–1856), Albany, NY, State University of New York Press, 1996. |