 |
Traer al recuerdo La Filosofía china supone, en primer lugar, hacer un reconocimiento a una de las figuras más destacadas en el campo de la sinología occidental del siglo XX y, en segundo lugar, afirmar la completa actualidad de este trabajo introductorio, herramienta básica para todos aquellos que, durante varias generaciones, se han mostrado interesados por el pensamiento filosófico chino. Sin apenas concesiones a la galería pero alejándose también de digresiones detalladas, M. Kaltenmark ofrece en este escueto librito un recorrido sintético a través del pensamiento chino. Para ello llega, incluso, a remontarse a los periodos que preceden al surgimiento de la doctrina confuciana (situándose en las dinastías Shang y Chou). No obstante, tras este breve escolio, M. Kaltenmark se centra en la figura de Confucio, del que destaca, en contra a la extendida idea de que fue un reformador moral cuasi-revolucionario, su propósito por explorar un arte de vivir que, por lo demás, ya se encontraba sólidamente arraigado en ciertas tradiciones asociadas a la nobleza. “Parece haber sido, sobre todo, el primer maestro que organizó una enseñanza privada abierta en principio a todos, sin distinción de clases. Ahí residen su originalidad y su importancia: supo infundir un nuevo espíritu a una tradición decadente y transmitirlo a una parte importante de la clase intelectual” (M. Kaltenmark: p. 20). Con todo, esta breve incursión por la trayectoria filosófico-vital de Confucio le da pie al autor a repasar, además, el eje central del pensamiento humanista confuciano (vertebrado en la ambigua dicotomía entre el concepto de Ren y Li) y, seguidamente, el pensamiento de Mong Zi (Mencio), del que traza paralelismos biográficos significativos con los de su maestro. Por otra parte, su posición ligeramente crítica al planteamiento convencional confuciano, debido a su enaltecimiento del pueblo como sujeto central sobre el que debe recaer la acción política y económica, no impide tampoco a Mong Zi considerarse intérprete único de la doctrina confuciana y, en consecuencia, rechazar las teorías de Mo Bi y de Yang Zhu. Su optimismo antropológico (al contemplar en la naturaleza humana cuatro sentimientos innatos: Ren (la compasión), Yi (vergüenza y aversión), Li (modestia y ocultamiento) y Zhi (el sentido de lo verdadero y de lo falso) le situarán en las antípodas de otra de las figuras analizadas por M. Kaltenmark, XunZi, quien parte del principio de que la naturaleza humana es mala para exaltar el adiestramiento artificial mediante la educación de cara a encauzar esa tendencia originaria. El desplazamiento de la virtud principal hacia el Li (frente al Ren y el Yi) refleja a las claras su idea de que es necesario interponer contrapesos a los deseos del hombre. Igualmente, al reconsiderar el cielo, no ya como una potencia ética, sino como un conjunto de fuerzas de la naturaleza, Xun Zi inauguraba así en el seno del confucianismo una tendencia más racionalista que la Confucio o Mong Zi, aunque sus preocupaciones estén igualmente centradas en la moral y en la política (M. Kaltenmark: p. 27).
Más allá de la perspectiva confuciana (y de otras obras que pueden entrar dentro del radio de influencia confuciana: Da Xue y Zhong Yong), M. Kaltenmark es también sensible a otras tradiciones antiguas de pensamiento, cercanas a la cosmovisión chamánica china, contenidas en tratados anónimos e intemporales como el Hong Fan y el Yi Jing. Si el primero de ellos supone una síntesis de la sabiduría china asociada a la lógica de las correspondencias que habita en todo acontecer natural, correspondencias representadas en el principio de las cinco fases (Wu xing): Agua, Fuego, Madera, Metal, Tierra; el segundo, el Clásico de las mutaciones, expone, mediante los famosos trigramas y hexagramas, las interacciones del Cielo y de la Tierra, además de introducir los fundamentos primitivos de la teoría del Yin y del Yang.
Por supuesto, M. Kaltenmark no se puede olvidar de la doctrina taoísta, ni tampoco glosar la figura de LaoZi, legendario autor del Dao De Jing y sus pensamientos en torno al Tao principio pre-existente e inaccesible a los sentidos e innombrable del que emergen los seres y el universo atravesados por dos subprincipios sexuados: Yin y Yang . En la obra LaoZi descansan, en suma, todos los ejes emblemáticos sobre los que se erige la cosmovisión taoísta, la inefabilidad del Tao, la introspección corporal y espiritual (yangshen / yangxing), en fin, la entrega al curso vital más profundo: el taoísta no actúa (wu wei) y, sin embargo, “lo realiza todo. Wu Wei es una noción cardinal del pensamiento taoísta. No se trata en modo alguno de una no-acción absoluta, sino de una actitud de no-intervención en el curso de las cosas y de respeto a la autonomía de los otros. Con ello el taoísta no hace más que asemejarse al Tao mismo, que “no actúa y,sin embargo, lo realiza todo (M. Kaltenmark: p. 38). Así, de manera esquemática, M. Kaltenmark va recorriendo los autores taoístas más destacados de la antigüedad, entre los que cita a Zhuang Zhou, el autor del Zhuang Zi, donde se profesan ideas semejantes a las expuestas en el Tao Tê ching o Yang Zhu (cuyas obras se han perdido), etc.
Ahora bien, el autor resalta que, hasta el siglo III (a. C.) la gran escuela rival del Confucianismo fue la de Mo Di, a través del MoZi. Frente al principio confuciano del Ren (el amor circunstanciado), el MoZi busca el “amor universal” o “igualitario” (jian ai) que debe extenderse a toda realidad sin distinciones. Detrás de ello palpita la empresa de amortiguación del reconocimiento del egoísmo en todas las personas. El amor universal, además de ser útil al pueblo, se ajusta a las querencias de la divinidad suprema, el Cielo o señor de lo Alto (Shang di). Pero, al margen de la escuela de Mo Di, M. Kaltenmark alude también a la Escuela de los Nombres (Ming jia. Hui Shi y Gong Sun Long) y la Escuela de las Leyes (Fa jia). Ésta última plantea la necesidad de rechazar las virtudes confucianas para reemplazarlas por la obediencia a la ley (fa), teniendo como única fuente originaria de la misma al príncipe que gobierna mediante las sanciones negativas (xing) y las positivas (tê).
Todas estas corrientes habrían de desaparecer durante el periodo Han, con la sola excepción del taoísmo, permitiendo que el confucianismo se convirtiese en doctrina oficial del Estado Imperial hasta el siglo XIX. (El Chun Qiu Fan Lu de Dong Zhong es la obra más representativa del confucianismo de los Han, mientras que el Huai Nan Zhi es la obra principal del taoísmo filosófico de esta época).
Sirviéndose de la utilidad heurística del continuismo cronológico, M. Kaltenmark aborda la transición a la edad media china (desde el final de los Han a los Tang) desde el punto de vista de la historia intelectual aludiendo al auge del taoísmo y a la expansión del budismo. La efervescencia taoísta de aquella época coincide con la aparición de los comentarios dejados por Wang Bi y Guo Xiang al San Xuan (los tres libros metafísicos: Tao Tê Ching, ZhuangZi y Yi Jing) en los que se re-piensan y actualizan los problemas expuestos por el taoísmo inicial. Wang Bi contribuyó a la utilización de términos técnicos (como cuerpo ti, en oposición a la función yong) y a la elevación del concepto de LI (disposición material de las cosas) al rango de principio metafísico. Guo Xiang interpreta de modo más radical el Wu (no es ya una realidad, ni siquiera desprovista de cualidades sensibles, sino una verdadera nada), y critica al ZhuangZi por su alto grado de abstracción. En lo que respecta al budismo, su introducción en el siglo I de nuestra era repercutió en la evolución del pensamiento filosófico chino de manera fundamental. Tras un inicio titubeante y, sobre todo, durante la etapa posterior a la caída de los Han, el budismo se entremezcló con el taoísmo hasta el punto de compartir una gran cantidad de términos básicos. El primer pensador budista importante fue Zeng Zhao, quien contribuyó decisivamente en la implantación de la escuela Mādhyamika. Junto a Zheng Zhao, destaca Dao Sheng, quien enseñó que el estado de Buda se alcanza mediante una iluminación instantánea, teoría que sería fundamental más tarde en el Chan (Zen). No puede ser casual, entonces, que sea en este periodo cuando se asista al surgimiento de la escuela Tian Tai (escuela de Loto), la escuela de Hua Yan y, por supuesto, la escuela Chan (en japonés Zen). Mientras tanto, en la época Tang el confucianismo apenas experimentó modificaciones, aunque aparecen autores, como Han Yu y Li Gang, que pueden ser considerados precursores del neo-confucianismo.
Habrá que esperar a la entrada de la dinastía de los Song (960-1280) cuando renazca el pensamiento confuciano con un nuevo rostro: el del neoconfucianismo, sistema filosófico en el que se incluyen dos corrientes diferenciadas de pensamiento: una realista, la “escuela de la Razón” (Li xue) y otra idealista o intuicionista (Xin xue). De entre los filósofos de los Song del Norte destacan por su importancia en el devenir reflexivo confuciano Zhou Dun Yi, Zhan Zai, los hermanos Cheng y Shao Yong (éste último perteneciente a una tendencia filosófica diferenciada). Zhou Dun Yi es el primer pensador en establecer los principios de la ética y la metafísica del confucianismo sin evitar adentrarse en las especulaciones taoístas y budistas del Wu y del You. Siguiendo su estela, Shao Yong recoge de los círculos taoístas la idea de representar mediante gráficos la evolución del cosmos. Con todo, debemos atribuir a Zhang Zai, junto a los hermanos Cheng (Cheng Hao y Cheng Yi) los intentos más serios por consolidar el legado de Zhou Dun Yi en torno a la creación de una metafísica confuciana propia. Sin embargo, hemos de trasladarnos a los territorios de los Song del Sur para descubrir al más importante pensador confuciano de la modernidad, Zhu Xi, en la medida en que fue capaz de realizar una gran síntesis de las ideas pertenecientes a las corrientes confucianas previas. Basa así su metafísica en las ideas de Tai ji, de Li y de Qi, y su antropología y su ética en las de naturaleza (xing), espíritu (corazón, xin), investigación de las cosas y Ren (M. Kaltenmark: p. 80). M. Kaltenmark pasa de puntillas por la obra de Lu Jiu Yuan antes de trasladarse al periodo Ming, periodo en que se modifica la predominancia, como doctrina oficial, de la filosofía de Chen Yi y de Zhu Xi en favor del idealismo que representa Wang Yang Ming. Situando como punto de partida el lema de Da Xue (Gran Estudio): Escudriñar las cosas y ampliar los propios conocimientos, este autor defiende que el principio moral no viene de fuera sino que hay que buscarlo en nuestro corazón, en nuestro espíritu, de igual manera que el progreso del conocimiento no consiste en adquirir nociones de libros antiguos sino en perfeccionar el conocimiento innato que tenemos del bien. Más allá, durante el periodo de los Qing (1644-1911), la especulación filosófica fue menos estimada (se identificaba a sus autores la responsabilidad de la invasión de los bárbaros manchúes) pero no desapareció por completo con el desarrollo del Han Xue (método de abordar los textos antiguos, que terminará con la ruptura con el neo-confucianismo en el siglo XIX y el inicio de un movimiento de reforma encabezado por Kang Yu Wei y su discípulo Liang Qi Chao), el intento de volver a la ortodoxia confuciana de Huang Zong Yi, la deriva realista y práctica del confucianismo llevada a cabo por Yan Yuan y Li Gong, la revisión novedosa del neo-confucianismo desarrollada por Dai Zhen.
Mientras que fueron necesarios varios siglos para integrar el budismo, la asimilación de las filosofías europeas tuvo que hacerse en unos decenios; se comprende que no faltaran los traumas y los malentendidos. Aún es demasiado pronto para comprobar hasta qué punto China habrá o no adoptado a su peculiar mentalidad y asimilado ciertas ideologías occidentales (M. Kaltenmark: p. 98). En esencia, el librito de M. Kaltenmark nos invita a emprender un interesante recorrido propedéutico por las corrientes nucleares de lo que bien pudiera ser considerado como filosofía china.
A modo de introducción en la materia: Cheng, A. Historia del pensamiento chino, 2002; Fung Yu-Lang. Breve historia de la filosofía china, 1987; Granet, M. El pensamiento chino, 1959; Jullien, F. La China da que pensar, 2005. |