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KOJIKI: Crónicas de Antiguos Hechos de Japón

KOJIKI: Crónicas de Antiguos Hechos de Japón.

Madrid: Trotta, 2008

Le presentamos, querido lector, una obra de excepcional naturaleza. Se trata del primer texto de Japón, puesto negro sobre blanco en el ya lejano año de 712. Y es más, bellísimo relato cosmogónico que escarba en el fértil manto chamánico para concretar un escenario tumultuoso donde aflora la teodicea sintoísta, a la vez que deja asomar los ejes fundacionales de naturaleza mitológica que van a hilvanar en la posteridad la conciencia nacional japonesa. En la primera obra conservada de literatura japonesa, el Kojiki, obra situada en el oscuro puente entre el campo mágico e ignoto de la literatura oral y el campo ya conocido de la escrita-obra además compuesta en plena efervescencia de las ideas poéticas chinas de los Tang-, el componente mitológico es tan inseparable del chamanismo que cualquier lectura de sus bellas canciones amorosas o del encantador rito matrimonial entre Izanagi e Izanami debe interpretarse a la luz inspiradora de figuras oníricas, de imaginaciones de un mundo sobrenatural, de uniones eróticas entre la chamán y el dios, de incursiones en la selva virgen de lo fantástico y lo religioso (C. Rubio: pp. 191-192).
Con lo dicho no parece extraño, además, que el Kojiki se encuadre, como texto estratégico de primer orden, dentro de un contexto de gran agitación político-ideológica que habría de desembocar en el proyecto de legitimación de la nueva dinastía personificada por el emperador Temmu (reinado de 672-686). La  potencia expresiva pero también retórica de lo escrito en sus páginas, mediante la sutil evocación de un lazo implícito entre el linaje divino y el mandato imperial, a partir de entonces de origen celestial, traerá como consecuencia no sólo el apuntalamiento de la supremacía simbólica de la estirpe gobernante de Yamato sobre otros clanes y familias aristocráticas (uji), sino que, de modo más general, contribuirá a representar la honda transformación política que experimenta Japón a la luz de la Gran Reforma Taika del 645. Y es que los, a veces nada disimulados, propósitos políticos palpitan en toda la extensión de la obra, mezclándose formalmente con las excelsas variantes estilísticas desde las que se evoca el ancestral acervo de tradición oral existente en Japón. En fin, el Kojiki viene a responder a la inquietud generada por la instauración de un poderoso modelo de organización sociopolítica de raigambre china (cristalizado en la ya mencionada Reforma Taika) y, como tal, al peligro de que el ethos particular de la nación japonesa pudiera ir languideciendo hasta su completa desaparición. De ahí la necesidad de erigir un monumento textual, una referencia poético-mítica que lustre la génesis del pueblo japonés y, de paso, consolide los amenazados cimientos de la autoridad imperial (a través de la eficaz identificación, insistamos en ello, entre los rasgos primarios en los que se expresa el ser del país y las tradiciones del clan concreto Yamato tras la violencia disputa sucesoria de 672). No hace falta decir que el extraordinario crónica contenida en el Kojiki cumple con creces tales objetivos, por lo menos durante un tiempo, puesto que se deja penetrar por la irresistible sabiduría latente en la tradición oral japonesa (no se nos escapa, en este caso, el importante papel de un narrador o kataribe, Hieda no Are, en la transcripción de los mitos, leyendas y poemas que constituyen el Kojiki), de tal modo que este relato pseudo-histórico marca un antes y un después en el devenir de Japón como entidad colectiva auto-consciente. La audaz inmersión en las esencias del ser japonés propuesta en la narrativa poética de esta obra perfila las sendas seguidas por el pueblo nipón a partir de entonces: el de la divinización de la naturaleza, de lo real...del poder, esto es, el “camino de los dioses” (kannagara no michi).
Es cierto, no lo vamos a negar, que el Kojiki declina históricamente frente a la refulgente estela marcada por otra obra cercana en el tiempo, el Nihon Soki (Crónicas de Japón, 720). Sin embargo, ha habido momentos en los que sus relatos han irrumpido con especial fuerza en el trasunto vital del pueblo japonés, coincidiendo precisamente con periodos de incertidumbre y de aguda crisis en la conciencia colectiva del país del sol naciente, como, por ejemplo, la abierta recepción de su historia dentro del movimiento nacionalista (kokugaku) emergente durante el siglo XVIII, como sustento ideológico en el nuevo gobierno Meiji o como referencia instrumentalizada durante la Segunda Guerra Mundial. El caso de la escuela de “estudios nacionales” es de gran interés para dar con la genealogía histórica del Kojiki y su definitiva contextualización puesto que, si hacemos caso de los dicho por Ienaga Saburō (Kojiki no juyō to riyō no rekishi), no es hasta mediados del siglo XVIII cuando se reconoce a esta obra una relación específica con el Nihon Soki. De hecho, debemos a la inmensa labor de reconstrucción textual emprendida por uno de los factótum de la escuela, Motōri Norinaga, la posibilidad de adentrarnos con verosimilitud en el espíritu primigenio del Kojiki (el primer volumen de su estudio monumental, al que dedicó treinta y cuatro años de su vida, fue publicado en 1778).
Al margen de todo ello, la importancia del Kojiki, de acuerdo con lo afirmado por Carlos Rubio, reside en dos hechos incuestionables: por un lado, supone el tránsito de una literatura oral perdida a la nueva literatura escrita y, por otro lado, destila un valor literario intrínseco, en la medida en que alberga, oscilando entre las excelsas alturas del lirismo waka y las conmovedoras notas expresionista de su arte narrativo, la tradición prosódica china lu shi (gestada durante la Dinastía Tang) reconocible en el kanshi (poesía leída en chino) y en las huellas indelebles de su influencia conservadas en el estilo poético sedōka.
Hay que recordar que la obra se compone de tres libros o rollos (maki) que se diferencian claramente por albergar un tema principal distinto y por el valor que los identifica:

  • Edad de los Dioses, de valor sobre todo mítico, (donde se relata la aparición de las tres deidades en el Altiplano del Cielo -Takama no hara-, la creación del cielo y de la tierra por parte de los dioses Izanagi e Izanami, la formación del archipiélago japonés mediante el hinchamiento de una lanza en la masa terráquea, la supremacía de los Dioses de Yamato sobre los de Izumo, los mitos sobre los dioses fundadores del país y el entronqe de la dinastía imperial de Yamato con el plano divino).
  • Edad de los Héroes, de valor eminentemente literario, (donde se relatan las historias divinizadas de ciertos personajes legendarios, como el viaje del emperador Jimmu hasta Yamato o la historia del décimo emperador, Sūjin, para pasar a narrar las heroicas y violentas gestas de Yamato-takeru o el reinado del emperador Oojin en el siglo V de nuestra era, sobre el cual ya hay noticias históricas).
  • Edad de los Hombres, de especial valor histórico, y también literario, (donde se relatan  la avatares y circunstancias que ocurren en el mundo de los mortales, los episodios que tienen que ver con las andanzas del rey sabio, el emperador Nintoku, la historia de amor entre el príncipe heredero Karu y su hermana menor, la princesa So-tōri, los hechos que acaecen a los reinos de soberanos plenamente históricos hasta el de la emperatriz Suiko, de principios del siglo VII).

 

Pues bien, otra de las virtudes de esta cuidadísima traducción llevada a cabo por Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla es que logra solventar con maestría uno de los problemas más dañinos en la edición de obras literarias japonesas al idioma castellano, a saber, la dependencia casi absoluta de fuentes secundarias, generalmente inglesas y francesas. En lo que respecta al Kojiki, dos son las referencias bibliográficas fundamentales: la ya clásica pero todavía válida traducción de Basil Hall Chamberlain, publicada por primera vez en 1882 (habrá que esperar a 1896 para encontrarnos con la versión de William George Aston sobre el Nihon Soki), y la realizada en 1969 por Donald L. Philippi. A los ojos de diversos autores (como por ejemplo de R. Huntsberry, R. Borgen, M. Ury y otros) son notables las divergencias estilísticas de ambos trabajos, siendo la de Philippi más directa y literal al espíritu del texto original frente al lenguaje victoriano pseudo-bíblico del anterior. En cualquier caso, estos dos textos han sido utilizados por los traductores como bibliografía de consulta ya que se han basado, esencialmente y para nuestra fortuna, en tres versiones japonesas de notable reconocimiento: la de Yamaguchi Y. & Kōnoshi T., Kojiki. Tokyo: Shōgakukan, 1997, la de Miura Sukeyuki. Kojiki. Tokyo: Bungei shunshū, 2003 y, especialmente, la de Tusgita Masaki. Kojiki. Tokyo: Kōdansha, 1997.
De esta manera, la minuciosa y exhaustiva labor de traducción llevada a cabo por C. Rubio y R. T. Moratalla representa, sin lugar a dudas, un avance substancial en aras de lograr un cuerpo bibliográfico que se atenga prioritariamente a las fuentes literarias originales japonesas. Con esta novedosa y muy recomendable lectura, se enriquece la mirada convencional hasta ahora existente. Pero, además, se introducen inéditas perspectivas en la comprensión del mundo japonés, permitiendo con ello un conocimiento más preciso y detallado a todos aquellos interesados o estudiosos de la cultura del país del sol naciente.

A modo de introducción en la materia: Rubio, C. Claves y Textos de la Literatura Japonesa, 2007; Revon, M. Antología de la literatura japonesa, 2000; Kondo, A. Y. Japón. Evolución histórica de un pueblo, 1999; Murakami, F. ‘Incest and Rebirth in Kojiki’, en Monumenta Nipponica, vol. 43, nº 4, 1988; Masao, Y. The Kojiki in the life of Japan, 1969.

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