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El budismo coreano ha sido frecuentemente caracterizado como “sincrético”, “naturalista” o como una simple continuación del budismo chino, obviando que las influencias y transformaciones experimentadas en su desarrollo histórico han dotado a su corpus sapiencial de una complejidad difícilmente explicable a través de un único rasgo. Por lo tanto, la importancia de la obra que aquí comentamos resulta evidente, mas aún si se tiene presente que su traducción al castellano la convierte en una obra señera en el panorama bibliográfico actual y que constituye, de facto, un homenaje póstumo a su autor, Shim Jae-ryong, ya que, quien fuera profesor de budismo en la Facultad de Filosofía en la Universidad de Seúl y uno de los máximos especialistas en budismo coreano, murió tempranamente en el año 2004.
El autor renuncia desde el principio a detallar exhaustivamente la historia del budismo coreano y tampoco pretende expresar el acceso a la iluminación. Desde ese punto de vista, la obra reúne documentos escritos en los últimos 20 años y centra su interés en explicar la naturaleza de la tradición del budismo coreano, desde la perspectiva del budismo Son, organizado por el maestro coreano Pojo Chinul. La tradición es un proceso de selección y de adaptación. Así, la transformación forma parte también de la tradición. (p. 11). La tarea filosófica de Pojo Chinul (1158-1210) pretende integrar las dos tradiciones budistas opuestas de la dinastía Koryo [(918-1392)], el budismo Chogye Son [Heredero del ch’an chino y anti-teórico] y el Hwaom-kyo [que favorecía los estudios textuales]. (p 11).
La primera parte del libro, TRADICION, recoge en sus dos capítulos iniciales la base y la esencia fundamental de la obra. Por un lado, el planteamiento lógico-argumental es expuesto con claridad por el propio autor: describiré, primero, las reacciones chinas contra el budismo indio y cómo la forma china del budismo, es decir, el budismo Ch’an ha sobrevivido a través de muchas persecuciones y ha establecido sus peculiares principios religiosos y su orden religiosa. Durante el proceso de transplante del Ch’an al Son coreano, señalaré algunos rasgos idiosincrásicos que fueron añadidos al Ch’an. A continuación, insistiré en el papel desempeñado por el maestro Chinul, a través del análisis y reconstrucción de sus replanteamientos del Ch’ an chino para encajar en las necesidades de la época y del pueblo de Corea en el siglo XII. ( p. 17 ).Por otro lado, y ya en el segundo capítulo, Fundamento filosófico del budismo Zen coreano, se analiza de un modo filosófico de la teoría sintética de Chinul. Este tema ya se ha tratado al final del primer capítulo, Tradición budista Son en Corea, aspecto éste que pudiera dar la impresión al lector de un cierto solapamiento o iteración. No obstante, la relevancia y la densa problematicidad justifican, a nuestros ojos, el tratamiento mas detallado.
Desde su introducción en China en el siglo I, el budismo se enfrentó con la burocracia imperial que lo rechazaba por ser una religión extranjera. De este modo, entre los siglos I y V los misioneros budistas se dedicaron principalmente a la traducción del canon budista al chino. Sin embargo, la caída de la dinastía Han confuciana favoreció, a principios del siglo IV, el florecimiento del taoísmo y de un budismo “taotizado”. Efectivamente, por un lado el ejercicio mental budista dyana (concentración) sintonizaba con prácticas semejantes taoístas. Por otro lado, la teoría del Vacio Universal del Mahayana se fundió con la Ausencia o la Nada taoísta. Así, todo ello contribuyó a poner las bases filosóficas para el conjunto de técnicas y ejercicios que configuraron el Ch’an. Lo Absoluto, el estado inasible para el pensamiento racional, debe alcanzarse en un destello (en una ráfaga) del conocimiento espontáneo; el concepto de una “doctrina sin palabras” como la vía para transmitir la verdad sublime (p. 20). La doctrina de la iluminación súbita no es exclusiva del Ch’an, sino una derivación lógica de la metafísica budista del Mahayana, el Ch’an si es original en el desarrollo de los medios empleados para provocar la experiencia del despertar, wu. (p.24).
Para apoyar su posición frente a las poderosas escuelas textuales chinas del Hua-yen (o del Sutra de la Guirnalda) y la T’ien-t’ai (o del Sutra del Loto), el Ch’an vinculó a una serie de patriarcas chinos, continuadores de un supuesto linaje indio, con Mahakasyapa, el discípulo del Buda Sakyamuni.
Ya en el s. IX, la implantación del budismo Ch’an en Corea, llamado Son, produjo una intensificación en las diferencias de éste con las escuelas textuales Kyo, especialmente con la poderosa corriente Hwaom. El maestro Muyom (799-888) estableció la división del budismo coreano entre el Kyo y el Son, priorizando el Son sobre el Kyo. Por su parte, Pomil extendió el linaje indio-chino a los patriarcas coreanos y los convirtió en transmisores de un sello mental, que supuestamente habría recibido el propio Buda, acentuando con ello la brecha entre las dos vías.
Pojo Chinul (1158-1210) intentó recuperar el Son coreano, debilitado durante el siglo X, defendiendo que el Son era el primer requisito para la práctica budista, [sin embargo] consideró la doctrina Hwaom como una base intelectual para la práctica del Son. Surge así una síntesis exitosa del Son y del Hwaom como la base para el desarrollo de una forma autóctona del Son coreano, llamado Chogye-jong. (p. 28)
La base de esta síntesis se sustenta en una reinterpretación por parte de Chinul de los conceptos de práctica y de iluminación del sutra Hua-yen. Desviándose de la interpretación ortodoxa y logicista de Fa-tsang de la no-interpenetración, Chinul adopta la interpretación heterodoxa de Li T’ung-hsüan en la que se acentúa la sabiduría impasible como el contenido de la fe, eliminando el elemento temporal diacrónico. En síntesis, la ignorancia es igual a la sabiduría del Buda. Asimismo, la doctrina del origen natural del Hua-yen le permite vincular la teoría y la práctica y establecer una síntesis de los principios del Hwaom y del Son.
Por otro lado, Chinul se desmarca de la escuela Son tradicional, al descartar la separación de Muyom y al priorizar el dharma en contraste con la transmisión directa.
La segunda parte de la obra, TRANSFORMACION, comprende 8 capítulos escritos entre 1989 y 1995. Esta parte, menos densa, nos muestra una visión panorámica del Budismo Coreano en la Sociedad actual a través de diferentes tópicos y sus contribuciones históricas.
Así, en Respuestas budistas para la modernización de la sociedad coreana, se nos presenta un budismo que se adapta permanentemente a los cambios sociales mediante la modificación de su paradigma. El primer cambio destacable se representa por los 5 Preceptos Seculares de Won’gwang en los que el budismo adopta principios confucianos. Posteriormente, durante la decadencia social del budismo en la dinastía Choson, se realiza una segunda transformación hacia el código del monje soldado (sungbyong). Por ultimo, en el siglo XX, debido a la modernización y al proceso de cristianización en Corea, se produce un tercer cambio de paradigma en el budismo coreano. Frente a los sectores mas conservadores, que promueven la continuación del vínculo con el estado y la tradición patriótica haguk pulgyo (de acuerdo con la pseudo-ideología del budismo sincrético hoet’ong pulgyo y los tradicionalistas que se asientan en el culto a los antepasados kibok pulgyo), surge un budismo radical, minjung pulgyo, que rechaza el estatus quo y aboga por dar respuestas a los problemas a los que se enfrenta la sociedad coreana y mundial.
Una cuestión polémica que se discute a continuación deviene del asentamiento de una idea preconcebida consistente en la atribución al budismo coreano, por parte de ciertos especialistas, de un carácter sincrético, (hoe)t’ong pulgyo. El autor rechaza totalmente este argumento, a sus ojos extremadamente reduccionista, y se sumerge en un análisis histórico-genealógico a fin de identificar la raíz del error y sus causas sociopolíticas. Finalmente, reserva un apartado a mostrar, con ejemplos concretos, el modo en que esta creencia se ha asentado en la actualidad.
El arte como un vehículo de conocimiento es lo que nos propone Shim Jae-ryong en La Aproximación Budista a la perfección del hombre. El autor nos invita a contemplar las pinturas que aparecen en las paredes de los templos budistas coreanos ya que en ellas se nos revelan las 8 manifestaciones de la vida de Buda Sakyamuni. De ellas, la renuncia y la iluminación son discutidas en detalle como claves nucleares del universo doctrinal budista. Asimismo, presta atención también a una serie de 10 pinturas en las que se ilustra el proceso de iluminación a través de la transformación de un buey que pasa del color negro al blanco. Seguidamente, se centra en las pinturas de Kuo-an Shih-yuan del boyero y el buey (10 pinturas del pastoreo del buey) en las que se representan los diferentes niveles o pasos de la practica del Zen para el despertar.
No hay que olvidar tampoco que los monasterios budistas fueron a lo largo de los últimos 500 años desplazados a las montañas, lejos de la ciudad (se les permitió establecerse en Seul solo a partir de finales del siglo XIX). Esta circunstancia fomentó los principios de amor a la naturaleza y de aislamiento en los llamados “templos de montaña”, que son característicos de Corea. Podemos hacernos una idea de la ubicación y configuración arquitectónica de patios y salas de los templos gracias al capitulo, La Geomancia, el Budismo Coreano y el Turismo, en la que se relatan los vestigios de la geomancia o feng shui, fruto de los vínculos entre el budismo y el taoísmo que configuraron el budismo ch’an en China. En la modernidad, la importancia de la Geomancia para los budistas coreanos ha creado conflictos con los planes de ordenación del territorio por parte de las autoridades estatales.
Otro de los aspectos de interés que se analizan en la obra es la influencia budista en la conformación del hangul, idioma que nace al principio de la Dinastia Choson al amparo del rey Sejong el Grande. Hay que recordar en este punto que las escrituras budistas fueron las primeras en ser traducidas a lengua coreana, antes incluso que los cánones confucianistas, debido a una motivación política de ensalzamiento de la dignidad real budista en detrimento del buen gobierno confucianista.
Junto con estos interesantes asuntos, el autor no deja escapar la oportunidad de referirse al controvertido debate que, ya en la modernidad, ha acaecido en torno a lo súbito y lo gradual en la sociedad Chongye y que se ha puesto sobre la mesa cuando su séptimo patriarca ha rechazado de pleno la teoría sintética de Chinul por no cumplir éste las condiciones de transmisión del sello por parte de los patriarcas chinos.
Por ultimo, tras una mirada hacia la sociedad coreana actual (en la que repasa las preferencias religiosas de los coreanos y su relación estadística con diversas variables del ámbito educativo), el autor defiende por un lado las ideas “democráticas” del Buda Sakyamuni, que se proyecta en la educación filosófica budista actual como totalmente complementaria al renacer democrático de la sociedad surcoreana.
En síntesis, este libro aporta una visión general y penetrante del budismo coreano Son. Ciertamente, la singularidad de la obra y la sencillez expositiva de la misma son, a todas luces, aspectos claves que hacen sumamente recomendable su lectura atenta y pausada.
A modo de introducción en la materia:
Buswell, R. E. Tracing back the Radiance: Chinul´s Korean way of Zen (1991); Starr, F. Korean Buddhism, History, Condition and Art: Three Lectures (2007); Wonhyo Cultivating Original Enlightenment: Wonhyo´s Exposition of the Vajrasamadhi Sutra (2007); Sung Bae Park. One Korean´s Approach to Buddhism. The Mom / Momjit Paradigm (2009).
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