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Con la perspectiva que otorga el haber transcurrido más de una década desde la publicación de este libro, es posible comprobar lo acertadas o no de las tesis desarrolladas por el conocido analista internacional Xulio Ríos. Es cierto que el extraordinario dinamismo en el que se encuentra imbuida la situación política en China hace difícil anticipar esa cuota de incertidumbre con que la que están cargados los acontecimientos humanos. Al mismo tiempo, muchos de los análisis propuestos por el autor poseen un mayor calado y aluden a transformaciones de índole estructural, por lo que no ha habido suficiente distancia temporal para confirmar la deriva definitiva del sistema político chino. Lo que si parece estar fuera de toda duda es que Occidente que cada vez tiene más presente lo que acontece en China. Un país que extrayendo las lecciones más trascendentes de la singularidad de su pasado histórico, se proyecta, más allá de los estereotipos al uso, como una realidad colectiva sometida a una vertiginosa transformación. En este sentido, el autor anuncia el destacado papel de China en la civilización del siglo XXI en base a tres factores determinantes (algunos de ellos, como la reintegración de Hong Kong y Macao, se han producido con relativo éxito):
-el derrumbe de la estructura de bloques bipolar derivado de la guerra fría deja paso a una nueva situación internacional.
-la viabilidad del gaige (reforma) y la kaifan (apertura) que los dirigentes del Partido comunista chino (PCCh) aplican desde finales de los 70.
-las estrategias empleadas por China con el objeto de lograr la reunificación del país (el autor menciona, habida cuenta del año de publicación del libro, Hong Kong, Macao y Taiwan).
Más allá de estos tres aspectos de gran trascendencia, el hito que marca el progreso socioeconómico que está viviendo hoy en día China tiene que ver, así nos lo dice el autor, con la asunción por parte de las élites políticas de la compatibilidad del régimen con la lógica de mercado. Desde este punto de vista, una sociedad socialista puede administrar el mercado así como el capitalismo utiliza en ciertos momentos la planificación (véase sino ciertas políticas que las naciones occidentales han empleado ante la crisis del sistema financiero y de economía, digamos, “real” a escala planetaria que experimentamos en estos últimos tiempos). Esta circunstancia de extraordinaria importancia que convierte el futuro de China en una incógnita sin resolver se interna, aunque pudiera parecer paradójico, en las raíces históricas de su devenir hasta la actualidad. A este respecto, Xulio Ríos nos recuerda la dimensión central de la economía china durante los siglos XVII y XVIII, además del expolio sufrido por la llegada de las potencias coloniales europeas en el siglo XIX. Más cerca en el tiempo, es preciso aguardar a la llegada al poder de Deng Xiaoping para presenciar el estímulo preciso que logra la apertura del sistema a fin de fortalecer la economía china. Se trata del contrapunto necesario, que da inicio, por lo demás, a la todavía irresuelta controversia entre la preeminencia de la ideología sobre la economía o a la inversa, frente a las desastrosas consecuencias del “gran salto adelante” y de la “revolución cultural” planificadas por el gran timonel, Mao zetung.
Deng Xiaoping, sin cuestionar en ningún momento la legitimidad del régimen comunista, lleva a cabo una serie de reformas en la mayoría de los campos de la economía y de la sociedad chinas:
-En primer lugar, se produjo una reforma en el campo. De tal manera que el campesino pasa a tener más responsabilidades y espacio de decisión sobre sus cultivos.
-En segundo lugar, se produce un reforma en la industria. Se inicia una progresiva descentralización, una reforma fiscal y una reforma en el sistema laboral.
-En tercer lugar, se favorece el surgimiento de nuevas propiedades sociales y colectivas a las que se estimula mediante favores estatales, exención de cargas fiscales y sociales, etc.
-En cuarto lugar, se dan los primeros pasos para iniciar una reforma política limitada que afecta al funcionamiento de la asamblea nacional popular (ANP). También se explora potenciar la democracia de base y una mejora en la cooperación de PCCh con los 8 partidos restantes
-En quinto lugar, el régimen comienza a apostar por una apertura al exterior. Esto es de gran significación, habida cuenta del tiempo que China ha estado replegada sobre sí misma.
El gradualismo, la vía utilizada por los dirigentes chinos para realizar la delicada transformación de una economía planificada en otra mixta o dual, con plan y mercado, ha resultado desde luego mucho más exitosa que la terapia de shock aplicada en los países del Este europeo y en el espacio ex soviético. Se trata de un avance lento, a tientas, “cruzando el río sintiendo cada piedra bajo los pies”, pero más seguro y eficaz porque ha conseguido elevar notablemente los niveles de producción, mejorado el bienestar colectivo y evitado o amortiguado numerosos conflictos sociales (111-112).
Ahora bien, estas políticas transformadoras no han sido del todo “inocuas”. Han provocado impactos negativos en amplias capas de la población sobre los que el autor se detiene extensamente. A las tasas de crecimiento altísimas se contrapone una urbanización descontrolada, el debilitamiento del papel del estado, la erosión de la identidad socialista, surgimiento de tensiones con una pujante sociedad civil, agravamiento de los desequilibrios sociales, minimización del papel de la mujer, de tal manera que da la impresión, siguiendo al citado sinólogo francés Roland Lew, que “en cualquier momento China puede convertirse en un mar agitado, a punto de sufrir una tempestad”.
En este sentido, la lectura hecha por el autor acerca de la conmoción interna producida por la introducción de un modelo de mercado en China se mantiene casi invariable en los análisis más actualizados que se realizan en el presente (véase al respecto el otro libro comentado de Xulio Ríos en EuskadiAsia: Mercado y control político en China. La transición hacia un nuevo sistema. Madrid: Catarata, 2007). De este modo, en el repaso a los factores de crisis interna se presta atención a:
-Los desequilibrios territoriales entre regiones causados por la ausencia de una visión de conjunto entre las diferentes provincias de China y al debilitamiento del estado ante el creciente poder de determinados feudos locales.
-Aumento de las desigualdades sociales que se traducen, fundamentalmente, en la explosión del éxodo rural, guiado por el reclamo de las ciudades como sedes de una supuesta prosperidad económica.
-Crisis de las empresas estatales (sobre todo, en el sector de la siderurgia, mecánica y minas). Se trata de empresas envejecidas y mastodónticas, con un gran déficit y una baja rentabilidad. Esto está provocando un fenómeno de “liberalización” masiva mediante su transformación en cooperativas, empresas de capitales mixtos, cedidas en arrendamiento, o simplemente vendidas.
-Insuficiente impulso social que se observa sobremanera en la educación y en la ausencia de cobertura sanitaria para la gran mayoría de la población china.
-No puede faltar aquí el inmenso deterioro medioambiental que está sufriendo el territorio chino: deforestación, contaminación atmosférica, lluvia ácida, desertización creciente, reducción de la superficie cultivable.
-Por último, el autor no desatiende los problemas suscitados en el ámbito político para llevar a cabo la separación de funciones entre partido y estado y, por otro lado, hacer converger adecuadamente la tendencia unificadora (alude, como ya se ha dicho, a Hong Kong, Macao y Taiwán) y la de la desintegración (la problemática de las minorías nacionales). Según una opinión muy extendida, la aceleración del desarrollo económico traerá consigo, más temprano que tarde, la introducción de reformas políticas democratizadoras. Pero no está claro que deba ser así y menos aún si para ello es necesario recurrir a una política de presiones desde el exterior. En primer lugar porque se discute nuestra capacidad para dar lecciones; la sociedad china es la depositaria de una gran civilización de la que hoy vuelven a sentirse orgullosos (p. 116).
Otro de los asuntos tratados por Xulio Ríos es la relación con Taiwán (estado de hecho aunque no de derecho) y el modo en que China puede encauzar este problema en un futuro, teniendo en cuenta que, a diferencia de los enclaves ingleses y portugueses en territorio chino (Hong Kong y Macao) no se trata, precisamente, de una colonia y es consecuencia de un conflicto político interno. Asimismo y en relación con lo anterior, no deberíamos olvidar que China no es del todo homogénea y que existe un problema de integración de las minorías nacionales (sobre todo, con los tibetanos, uigüres y kazakos) no resuelto por el régimen político.
En cualquier caso, el libro de Xulio Ríos no ha perdido en absoluto actualidad. Sus análisis, seriamente sustentados con profusa información bibliográfica y estadística, nos trasladan a un escenario hipotético, en el que el futuro a corto plazo de China no está ni mucho menos cerrado.
En definitiva, no figura en la agenda una occidentalización de China. ¿Quiere ello decir que se mantendrá el “socialismo” o que han renunciado a la construcción de un sistema social distinto, alternativo al capitalismo, una nueva síntesis de dignidad y riqueza, de progreso y de justicia social? ¿Han conseguido identificar la frontera traspasada la cual se produce el temido desequilibrio? El experimento chino es una verdadera filigrana. Ni puede decirse que China es un país socialista clásico ni tampoco un país capitalista al uso en nuestras latitudes (p. 122).
A modo de introducción en la materia: Wong John et. al. The Nanxun legacy and China’s Development in the Post-Deng Era, 2001; Hua, S & Guo, S. China in the Twenty-First Century: Challenges and Opportunities, 2007; Goodman, D. Deng Xiaoping and the Chinese Revolution: A political Biography, 1994; Cannon, T. China’s Economic Growth: The Impact on Regions, Migration and the Enviroment, 2000.
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