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Parece un hecho constatado que la aproximación metodológica y filosófica a la realidad china promovida por François Jullien, compendiada de modo sinóptico en su obra China da que Pensar (a la que hemos dedicado unos breves comentarios en esta misma sección) no ha logrado satisfacer a significados miembros de la comunidad sinológica occidental. La obra que se presenta en estas líneas, cuyo autor es el reputado sinólogo suizo Jean-François Billeter, supone un crítico contrapunto que ha levantado, sobre todo en Francia, una profunda hostilidad entre los numerosos seguidores de F. Jullien a causa de las argumentaciones vertidas en su contra. Merece la pena, pues, enumerar los ejes nucleares de esta crítica ya que, con independencia de cada posicionamiento particular, cabe la posibilidad de que, tras su lectura, contemos con instrumentos más complejos y eficaces desde los que abordar la lejanía china.
Se le concede a F. Jullien el enorme éxito entre el público lector y la notable influencia cosechada con sus obras. De ahí su grandísima responsabilidad a la hora de transmitir información veraz. En este sentido, todo hace concluir a J. F. Billeter que las consecuencias para la comprensión colectiva de China de la obra de F. Jullien han sido absolutamente nefastas. En primer lugar, porque, si se repara en la posición del discurso de F. Jullien se comprueba su íntima pertenencia al pertinaz y viejo mito de la alteridad o , incluso, de la oposición de China. Desde ese punto de vista, la ofensiva tramada en este libro parte de una labor de retrospección genealógica hacia los orígenes de este poderoso mito y que, en el presente más inmediato, se identifica con los escritos de Victor Segalen de principios del siglo XX, cuando servía a la Marina Nacional como intérprete. Aunque no está en absoluto demostrada ninguna evidencia de un posible encuentro entre Victor Segolen y Marcel Granet, quien reside en Pekín entre 1911 y 1913, el análisis de ambas obras le permite defender al autor una especie de conjunción que, en el caso concreto del sociólogo francés, se refrenda en la inclinación por estudiar la irreductible originalidad del fondo institucional chino al margen de cualquier tentación comparativista. Esta fuera de toda duda que la obra de M. Granet (o en el caso alemán, Richard Wilhelm) ha sido fuente de inspiración para numerosos sinólogos, con lo que el mito iría expandiéndose gradualmente hasta alcanzar tesis más extremas, como las de Pierre Ryckmans (Simon Leys) cuando emplaza a China en el “otro polo de la experiencia humana”. Pues bien, F. Jullien abraza sin reticencias esta línea argumentativa al considerar al pensamiento chino, un pensamiento eminentemente “letrado”, como el antitético envés del occidental. Es cierto que en la obra de F. Jullien los basamentos nucleares del mito se encuentran investidos de una envoltura de magnífica erudición que logra ocultar, al mismo tiempo, la significación política de esta toma de postura. No habría que pasar de largo sobre esta circunstancia ya que es en los matices político-ideológicos de su argumentación, según de J. F. Billeter, donde recae todo el éxito de su obra, especialmente entre el público francés. Dicho de otro modo, el énfasis otorgado por F. Jullien sobre la China filosófica y letrada congenia con la universal Francia de los mastodónticos Écoles, con el mandarinato laico de la III República erigida sobre las bases de la herencia napoleónica y del legado ilustrado. Si por algo hay que explicar la positiva acogida entre la intelectualidad francesa del discurso de F. Jullien es porque les pone sobre la mesa la concreción imaginaria del elitismo europeo que cree encarnar. Se trata, sin embargo, de una confusa ilusión, cuyo hechizante efecto pasa por el convencimiento de una total “ausencia de trascendentalidad” en el pensamiento chino.
Pero J. F. Billeter no se limita a exponer las directrices y orientaciones políticas modernas que subyacen bajo este discurso sino que demuestra la contradicción estructural de la narrativa laicista de Jullien al señalar el origen último del mito occidental sobre China, no ya en Voltaire, Leibniz y otras figuras filosóficas del siglo XVIII, sino en el lado del enemigo al que combaten: el que representan los jesuitas (de entre los que destaca, como figura señera, la contribución de Jean Baptiste du Halde). De este modo, la sinofilia existente en ciertos círculos del movimiento ilustrado se fundamenta en la concepción elaborada por los jesuitas. Si hemos de comprender en toda su extensión lo dicho por J. F. Billeter llegamos a la extraña conclusión de que el planteamiento secularizador que Jullien observa en inmanentismo chino responde, en origen, al proyecto proselitista del catolicismo jesuita. Pero eso no es todo. Los jesuitas se aprestaron a construir esta imagen particular de China no sólo de acuerdo a los objetivos que en secreto confiaban para aquel inmenso territorio sino que también fueron, en cierta medida, transmisores de una concepción existente en los círculos de poder del imperio, a través de su interlocución con los altos funcionarios, los eruditos y hombres de letras. Este antiguo horizonte de presunciones, de evidente raigambre elitista, pervive todavía en la actualidad y se expresa en trabajos de gran alcance ideológico como el de F. Jullien. En el fondo, se alimentaría, por medio de atrayentes máscaras filosóficas, del mito pre-establecido con el que se gesta el imperio, allá por el año 221 A. N. E. Dos milenios después, F. Jullien se hace eco del lento proceso de legitimación del proyecto imperial mediante la instrumentalización de la cultura previa, hasta el extremo de refundirla completamente en un orden nuevo. La idea era sencilla y se atenía a la necesidad de re-centrar la organización política, identificada a partir de entonces con el Imperio, de acuerdo con las leyes del universo. No había mejor modo de perpetuar el régimen que subsumir todos los dominios del saber al orden natural y re-interpretar el pasado pre-imperial en los términos de una supuesta continuidad con el estado emergente. No se puede obviar este hecho, en opinión de J. F. Billeter, si se quiere poseer una ligera comprensión de los factores que se ponen en liza en la actualidad dentro de los encarnizados debates entre puristas confucianos e intelectuales anti-sistema (J. F. Billeter amplía el espectro de los agentes que toman parte de esta controversia al incluir a iconoclastas radicales, intelectuales críticos, comparativistas y aquellos que promueven un retorno a las fuentes).
Ahora bien, una vez que se ha aclarado el asunto de las fuentes mitologéticas de las que bebe el discurso de F. Jullien, J. F. Billeter añade que éste no constituye sino el resultado de un habilidoso “montaje ideológico” en torno a la idea central de la “inmanencia”. En otras palabras, la obra de F. Jullien se sustenta en una selección estratégica de ciertos rasgos de la gnoseología china que tendría como consecuencia el reforzamiento del pre-juicio exótico que sostiene la inconmensurabilidad entre su tradición reflexiva y la europea. Comme je l’ai déjà indiqué, on peut faire d’autres choix que François Jullien. On peut renverser sa method et obtenir des effets qui sont à l’opposé de ceux qu’il obtient. (…) Pour sortir de cette circularité, il suffit d’inverser ce mécanisme, de poser d’emblée l’unité foncière de l’expérience humaine, de chercher à comprendre à partir de là le texte qu’on a sous les yeux et de rendre ensuite le plus naturellement posible en français ce que le texte dit (p. 81).
Respecto al tema de la alteridad del inmanentismo, J. F. Billeter realiza afirmaciones más atrevidas. En primer lugar, la asunción de la inmanencia en la obra de F. Jullien evoca una cosmología propicia a la perpetuación del imperio que se agota y sustenta en sí misma, sin trascendentalismos. No estamos hablando, según nos aclara J. F. Billeter, de la esencia genuina del pensamiento chino sino una visón singular estrechamente vinculada al orden de dominio político imperial en el que el asunto de los fines, por quedar ensombrecido, no puede ser puesto en cuestión. Las implicaciones políticas que genera este concepto de una finalidad ausente de la discusión colectiva se presentan con renovada intensidad con los encendidos debates sobre la situación de China en el presente. Paralelamente, el reconocimiento, frente a Occidente, de una circularidad oclusiva regida por el inmanentismo permite definir, sobre todo en su Tratado de la Eficacia, determinadas particularidades de las prácticas comerciales chinas, esto es, “la aceptación de un sistema dado, ocultación de fines y móviles morales”.
Detrás de la crítica de J. F. Billeter no hay una obsesiva determinación por negar la diferencia en sí misma sino que alguien llegue a plantear como real el carácter esencial e irremediable de la diferencia. Si se opta por este último planteamiento estaremos aceptando una manipulación histórico-filosófica que identifica el pensamiento del sistema imperial con el pensamiento tradicional chino. Pero, al mismo tiempo, habría una decantación desontextualizada por ciertos rasgos que ponen en valor la inalienable especificidad del pensamiento chino, lo que favorecería el inmovilismo político del país.
Coincidimos en la lectura de François Danjou (Question Chine, 2006), al hilo de esta controversia, cuando nos advierte que la alteridad así entendida nos conduce a una suerte de maquiavelismo cínico, donde se busca el interés material y la perpetuación del poder. J.-F. Billeter accuse F. Jullien de trop spéculer sur l’altérité de la pensée chinoise. Si on limite cette dernière aux artifices d’un système de pouvoir, on la réduit à une sorte de machiavélisme cynique, dont le but est en effet soit l’intérêt matériel soit la conquête ou le maintien du pouvoir ; les deux dans les meilleurs des cas. On voit bien à quelles références anciennes et modernes ces jugements renvoient. Mais s’il y avait plus ? Si la pensée chinoise était en effet Autre ? Une différence qui ne serait ni opaque ni incompréhensible. Simplement différente. Une altérité qui nous gène au point que nous tentons toujours, soit de la nier soit de l’entourer de mystère.
Como el afán de compensación nos mueve, preciso es terminar con algunas observaciones críticas a la lectura de J. F. Billeter (sin internarnos en demasía en la contrarréplica formulada por el propio F. Jullien). En primer lugar, a nuestro parecer J. F. Billeter lleva a un extremo, que no se localiza en los textos de F. Jullien, el tema de la diferencia y de la alteridad. En realidad, pese a lo que sostenga en un principio, la obra de F. Jullien no se enmarca en una exterioridad absoluta, lo que impediría estudios comparativos, ya que en modo alguno se sale del horizonte de lo pensable en Occidente. De lo que trata F. Jullien es de tendencias dominantes en los desarrollos históricos del pensamiento que, sin perder de vista las otras opciones reflexivas puestas en evidencia por brillantes estudios comparativos como los de N. Sivin, G. Lloyd, S. Kuriyama, B. A. Elman, K. Yamada, descansan en el imaginario colectivo históricamente conformado. Es cierto que en este punto se tendría que hablar del grado de fundamentación y de la estereotipación de estas metáforas esenciales y hasta qué punto se encuentran expuestas a la manipulación política. Pero no hay forma de salirse de esta amenaza congénita, por mucho que se haga uso de una metafísica que incide en cierta universalidad del fondo de la experiencia humana. Y es que, aclarémoslo, no hay exponente cognitivo que no se vea impulsado por una orientación ideológica o moral, que no se encuentre “contextualizado”.
En segundo lugar, el papel que asigna J. F. Billeter al poder imperial como foco fundamental en la génesis de una cosmovisión imperante puede dar lugar a la equivocada imagen de una actividad social históricamente inmóvil y sumisa a las directrices del sistema de jerarquías, muy contraria, por lo demás, con la China contemplada por un J. Gernet, dinámica, híbrida y frecuentemente convulsa. No se nos escapa que, en el fondo de esta crítica, se dirime una confrontación en la que la supuesta corrección en el discurso sinológico pasa a un segundo plano frente a la disputa entre convicciones personales de índole política. Sólo así es entendible que el anatema de J. F. Billeter a la legitimación del inmovilismo chino culmine con la afirmación, con abundante poso de idealismo metafísico, de que el progreso no podrá venir más que del individuo.
En tercer lugar, la crítica que J. F. Billeter despliega contra la concepción del inmanentismo propugnada por F. Jullien resulta de especial interés en un presente afectado por la crisis del modelo del capitalismo global, ya que en principio las características que se asignan al proceder comercial chino son las propias de aquel mercado económico mundial que se autorregula más allá de cualquier intervención distorsionadora de agentes estatales.
En cualquier caso, se trata de una interesante obra que nos sumerge de inmediato en aquellas lógicas subrepticias desde las que se cimentan las controversias en la sinología moderna. Si se logra, pues, esquivar el fuego de artillería, es posible descubrir útiles rudimentos hermenéuticos con los ocuparse de China.
A modo de introducción en la materia: Billeter, J-F (2003). Cuatro lecturas sobre Zhuangzi; Billeter, J-F (1989). L’art chinois de l’écriture; Billeter, J-F (2000). Chine trois fois muette: essai sur l’histoire contemporaine et la Chine; Jullein, F (2007). Chemin Faisant: Connaître la Chine, relancer la philosophie. Réplique à ***. |