EUSKADIASIA


Go to content

Main menu:


Jullien, F. Del “tiempo”. Elementos de una filosofía del vivir

Jullien, F. Del “tiempo”. Elementos de una filosofía del vivir

Madrid: Arena Libros, Madrid, 2005

Del Tiempo_Jullien

Del famoso sinólogo francés nos hemos hecho eco únicamente, que no es poco, de la controversia suscitada con J-F. Billeter en torno al modo de aproximarse a China, en esta ocasión comentaremos brevemente una de sus obras fundamentales y que tiene a la conceptualización del tiempo como objeto predominante de reflexión. Precisamente, F. Jullien encuentra en la temporalidad un fenómeno demostrativo de las distancias insalvables entre la cultura occidental y la china. De ahí que el texto se organice, a fin de que se visualicen con claridad las tesis epistemológicas del autor, en la forma de una contrastación dialéctica. Por un lado, se impone el análisis de la historia perceptiva y de los rasgos característicos de la percepción del tiempo en Occidente.  En ese sentido, cabe afirmar que la concepción lineal del tiempo, derivada del primer cristianismo, vertebra el curso de los acontecimientos en Occidente. Pese a que, en sus orígenes, existía una complementación con otras concepciones rítmicas, cercanas a la mentalidad greco-occidental, la importancia de la revelación divina en la historia impondrá sus rasgos fundamentales, frente a las teorías cíclicas, en la ideación del tiempo:

    • El tiempo lineal tiene un principio y un fin.
    • El tiempo lineal es irrepetible.
    • En el tiempo lineal puede darse un hecho definitivo y decisivo que cambie definitivamente la historia.

La linealidad nos sumerge en la sucesión y en la progresión encadenada a partir de los signos referenciales que delatan un estado anterior y un estado posterior y, por tanto, permite una medición a través de un esquema inteligible. Cierto es que, en un principio (siguiendo las líneas de coherencia que van desde la cosmología aristotélica a la medieval), el tiempo se encuentra ligado al movimiento, teniendo como indicador principal la rotación de la esfera de las estrellas.
No obstante, a partir del renacimiento se asistirá a una progresiva escisión entre el tiempo y su contenido físico hasta llegar a la síntesis dicotómica newtoniana que, pese a que se bifurca en una temporalidad relativa y absoluta, apuntará sobremanera a la concepción absoluta, independiente, infinita, unidimensional y fija del tiempo. Más allá de la conciencia y vivencia personal de la duración de intervalos de tiempo, los presupuestos de la ciencia tienden al establecimiento de un tiempo intersubjetivo o físico. Por decirlo de alguna manera, cristaliza un tiempo homogéneo que fluye, al margen de cualquier modificación cósmica o humana, ya que el marco temporal ejerce efecto sobre la realidad en tanto que ésta ocupa el tiempo.
Muy diferente, de acuerdo con F. Jullien, ha sido la línea seguida por la tradición china, donde el movimiento, como sostiene Joseph Needham, se mantuvo ausente del horizonte de preocupaciones de su pensamiento (p. 18). Por ello, China estaba abocada a reflexionar el proceso y no el tiempo, puesto que la naturaleza es elucidada a partir de factores de correlación representadas en la interacción energética del yin/ yang. De esta manera, se centra en el curso constante del Dao, en tanto que fondo inmanente que regula el advenimiento y la desaparición. Si la reformulación ontoteológica del cristianismo occidental despliega lo temporal desde la frontera, más allá de la cual se intuye la eternidad, instaurada por la conformación divina o demiúrgico del cosmos, en la perspectiva china se establece un reenfoque sobre ese fondo inmanente de indiferencialidad sobre el que se sustenta la regulación de lo real (Dao). La consecuencia fue la no consideración de una fundamentación creacionista de lo temporal y una atención más cuidadosa sobre el proceso, la duración que acompaña a la continua transformación de las cosas. No hay una a-temporalidad esencial desde la que se origine el devenir (enai / gignesthai), ni tampoco ésta se aferra al carácter estabilizador y separante de las categorías pasado / presente/ futuro, por cuanto que obstaculizan y ponen trabas a la percepción del proceso continuo, tal como es (véase pp. 26-27). Al respecto, el autor nos hacer notar que fue Marcel Granet quien anticipó ese alejamiento chino de tiempo / espacio neutro en pos de una constelación de eras, estaciones, épocas o dominios, climas y orientes, en las que se da una indisociabilidad, una correlación de tiempos con espacios (p. 33). Este emparejamiento básico impulsa la tendencia a marcar simbólicamente cada etapa dentro del fondo de duración de cara a singularizar los atributos y características que le son propias. En este sentido, es necesario prestar atención a dos conceptos característicos: el momento-ocasión de una parte (noción de shi) y la duración de otra (noción de jiu). Del primer concepto deriva la “estación” (de hecho, si shi viene a significar las “cuatro estaciones”) que, siguiendo el curso de la alternancia regulada, conserva un indicador preeminente del proceso mutacional con el que se reviste el “nacimiento” y la “vida” (sheng). Pero, al mismo tiempo, representa emblemáticamente los rasgos más destacados de un modo de vida específico, resultado de la convergencia coyuntural de todos los elementos, entidades y fuerzas que pueblan el mundo.
No es casual, entonces, que la introducción del concepto “tiempo” fuera resultado de la invención de un neologismo, a través de la vía japonesa (jikan en japonés, shijian en chino, significa “entre-momentos”). La honda dimensión existencial del tiempo presenta, en la perspectiva china, una manifestación singular en la comprensión del hombre. Atravesado por el influjo estacional, no queda retenido en el escenario fijo y estático del yo-sujeto sino que conduce su ser abierto a través del flujo cambiante de lo real, se pone en consonancia con el suceder del mundo. En definitiva, se constituye en un ser estacional, un ser en fase, ya que la variación estacional es el indicador simbólico por excelencia de la renovación inagotable que afecta a todo lo existente. Surge, así, una ritmicidad diferente a la que impera en Occidente nucleado en el “dos” (yin/ yang) y en las cuatro estaciones. De manera paralela al hecho de que la temporalidad en China remite a una multiplicidad de procesos con un ritmo propio, el ser humano se constituye en una infinidad de procesos que confluyen en la procesualidad de lo vital. Pues bien, es ese rechazo explícito de la existencia de un subsuelo esencial lo que hace imposible cualquier aproximación al cambio / movimiento en los términos de Occidente, ya que no existe ni principio ni fin, ni inicio ni destino, sino únicamente nuestra existencia como devenir. Tengamos presente que la modificación / transformación no se refiere a una mutación drástica de las estructuras ontológicas de lo real sino al cambio en la tendencia que domina el devenir del mundo (yin/ yang), siendo éste el emblema básico que simboliza una línea de coherencia determinada en la evolución de las cosas que puede complejizarse hasta el infinito.
            En uno de los fenómenos temporales donde mejor se comprueba lo comentado es en el acontecimiento. En Occidente, el acontecimiento puede ser comprendido desde tres frentes complementarios.

  • Constituye una situación con un estatus excepcional (que relega a todos los demás momentos adyacentes a la inobservancia).
  • Constituye una conmoción que repercute a todo lo demás.
  • Constituye una saliencia que destaca sobre un contexto, lo que conduce a interrogarse sobre su origen (pp.78-79).

Sin embargo, desde la perspectiva china, el peso del acontecimiento como factor desestabilizador de la homogeneidad y linealidad temporal es reencauzado en la sigilosidad del proceso. Asimismo, el pensamiento de la transición procesual se libera del peso de las referencias temporales asociadas a un pasado, a un futuro mediante un encadenamiento causal, con lo que yace continuamente en el presente. Esto nos devuelve a la relevancia otorgada al concepto shi (momento). Una fórmula las resume todas, que se ha convertido en un tópico del pensamiento chino: “conformarse al momento”. Es la única determinación posible del sabio, no lo podríamos definir con más precisión: es el que se comporta constantemente desde el momento, siendo este “desde” demasiado imitativo pero lo diremos sencillamente para preservar el impromptu de la variación: a voluntad (del momento) (p. 109). La vida, por tanto, no se da en el tiempo sino que en sí surge como algo a pasar, a transcurrir. He aquí lo definitorio de un pensar de los procesos frente a un pensar de las esencias. En suma, el libro de F. Jullien nos descubre, al deconstruir con sencillez ciertas categorías perceptivas de la cultura china, una temporalidad del “momento” sin apenas correlato en el pensamiento filosófico occidental. Sólo por ello merece la pena zambullirse en las páginas de esta obra.

A modo de introducción en la materia: Fraser, J. T. Time, Science and Society in China and the West, 1986; Chun-chieh Huang. Notions of time in Chinese Historical Thinking, 2006; Chun-chieh Huang. Time & Space in Chinese Culture, 1995; Ricoeur, P. et al. Las culturas y el tiempo, 1979.

Home Page | Quienes Somos | Estudios Orientales | Observatorio | Noticias y Actividades | Libros | E-Links Interes | Contacto | Site Map




Back to content | Back to main menu