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María Luiza Tucci & Marcia Yumi Takeuchi (Org.). Imigrantes Japonese no Brasil. Trajetória, Imaginário e Memoria. São Paulo: Editora da Universidade de São Paulo, 2010
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María Luiza Tucci & Marcia Yumi Takeuchi (Org.). Imigrantes Japonese no Brasil. Trajetória, Imaginário e Memoria. São Paulo: Editora da Universidade de São Paulo, 2010
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Este libro presenta una particularidad temática que es, en esencia, lo que proporciona a sus páginas un valor sobresaliente. A iniciativa de la universidad de Sao Paulo (Brasil) y con ocasión de la celebración del aniversario, transcurridos ya cien años, de la llegada de los primeros emigrantes japoneses a costas brasileñas, este extenso y enjundioso trabajo colectivo da cuenta de un fenómeno en la historia contemporánea japonesa que no suele disponer de una cobertura en la literatura asociada a los estudios japonológicos. Yendo más allá, cabe añadir que, a decir verdad, ni siquiera constituye un asunto muy conocido o un acontecimiento tomado en excesiva consideración por la opinión pública japonesa. No obstante, la realidad es que hace más de cien años se produjo un gran movimiento de deslocalización de la población nipona hacia Brasil (lugar, no lo olvidemos donde se en la actualidad asienta la mayor población japonesa fuera del archipiélago nipón de todo el mundo), y con ella sus tradiciones, su cultura, sus hábitos y sus pensamientos, lo que supuso no sólo un hecho traumático para los propios colectivos que contemplaban, tal vez por última vez, su tierra natal, sino también un impacto profundo en la tierra de adopción. Nos tenemos, por lo tanto, que remontar a 1908, cuando 781 emigrantes japoneses (que conformaban aproximadamente unas 165 familias), los denominados pioneros del Kasato Maru, desembarcaron en el puerto de Santos como resultado de la firma de un contrato entre la Compañía Imperial de Emigración, comandada por Ryo Mizuno, y el Gobierno Paulista el 6 de noviembre de 1907. A partir de entonces, comenzó todo un mundo complejo y, en ocasiones, contradictorio de afinidades, colaboración, pero también de desencuentros e imposición que llega de modo más o menos manifiesto hasta nuestros días. En primer lugar, la llegada de estos primeros grupos de japoneses (fenómeno inicial que tendrá continuidad en los años siguientes, en 1910, 1911… y con posterioridad hasta alcanzar los albores de la Segunda Guerra Mundial) pondrá bien a las claras y desde el primer momento la capacidad adaptativa de un colectivo de profundas y sumamente arraigadas tradiciones en un territorio absolutamente desconocido. No resulta extraño que, habida cuenta de estas condiciones, los primeros flujos de emigración japonesa terminarán constituyendo un colectivo mucho más cerrado y endogámico que otro tipo de emigrantes (en especial, el de los Europeos, ya fueran alemanes, italianos, españoles o portugueses), lo que se mostró, a ojos de ciertas élites políticas e intelectuales brasileñas que por aquel tiempo se dejaban seducir por determinados discursos nacionalistas de inclinación racial, como una amenazadora contraparte a los principios, por supuesto arios y occidentales, que nutrían y cimentaban la identidad nacional. Esta situación sociopolítica tan particular que experimentaba la recién nacida República del Brasil estimuló el desarrollo y la progresiva socialización de estereotipos, creencias, imágenes y una específica relación de los propios japoneses con la población autóctona, que es analizada en profundidad y desde todos los frentes (archivos históricos, discursos sociales, fotografía, entrevistas…) por los especialistas que integran esta gran obra colectiva, estructura en torno a cuatro ejes temáticos: historia y memoria, imágenes e imaginario, vestigios, y mosaico de identidades. En un periodo inicial, la entrada de la emigración japonesa para suplir la ausencia en aquel momento de mano de obra europea en el trabajo cafetero se produce en un contexto en el que Brasil mira con idealización al archipiélago nipón como una de las posibles vía exitosas para convertirse, de modo relativamente acelerado, en una potencia económica. Con las miras puestas en tal propósito las autoridades de los diferentes estados de la república van estableciendo medidas que autorizan la llegada de la colectividad japonesa. De esta manera y en diferentes etapas, se consolidan los núcleos de colonización japonesa en el estado de São Paulo, Paraná, Pará y Amazonas y, después de la segunda guerra mundial en Bahía, Pernambuco, Rio Grande do Sul, Santa Catarina, Minas Gerais, Mato Grosso e Goiás. Es cierto que las características y aspiraciones de los diversos sectores del éxodo japonés no cumplen, con el tiempo, unas pautas homogéneas. Sin embargo, en lo que respecta a los procesos de interacción de los japoneses con la sociedad brasileña, por lo menos hasta después de la Segunda Guerra Mundial, las tendencias seguirán una constante de exclusión en términos de un modelo de supremacía asimilacionista. Y es que la llegada de los pioneros japoneses a Brasil tendrá como consecuencia un choque radical entre las costumbres laborales de las haciendas brasileñas (organizadas en un vigilado autoritarismo, rayano en la esclavitud) y el modo de hacer japonés. Desde entonces, da comienzo una lucha intensa y persistente por la mejora de sus condiciones de vida (uno de los hechos clave fue la autorización para plantar entre los cafetales arroz y alubias, parte fundamental de la dieta tradicional japonesa), que se materializaba con la adquisición de una propiedad, dando lugar al llamado “inmigrante propietario”, y con la conformación de cooperativas a partir de los años 20 y 30. En este sentido, no son pocos los artículos de la obra en los que se explora la reacción sociopolítica a la conformación de las colonias japonesas en Brasil. Tal exótica y perturbadora presencia, que sin duda alguna contribuyó sobremanera en el desarrollo del comercio y en la innovación hortofrutícola brasileña, se convirtió en un objetivo destacado de las corrientes nacionalistas a través de la gestión estratégica de los tropos ligados al “peligro amarillo”, tendencia que crece en intensidad durante la Primera Guerra mundial y con la reentrada de la población inmigrante europea en Brasil. Desde ese punto de vista, cabe reconocer que la emigración japonesa estuvo expuesta a los convulsos vaivenes de la política brasileña, dominada por la omnipresencia en el poder de Getúlio Vargas, y cuyo punto culminante se produce con la resolución de estrictas restricciones de movimiento y actividades para los japoneses durante los años cuarenta (establecimiento de una colonia de internamiento o campo de concentración de Tomé-Açu, prohibición de hablar la lengua japonesa en público, publicar revistas, panfletos en japonés, reunirse en grupos, crear asociaciones…), en la medida en que se identificaba a los asentamientos japoneses en tierras brasileñas casi como potenciales agentes externos o confidentes de un Japón que se había asociado a las potencias del eje. Este es el efecto más directo de la discusión propiciada por la élites intelectuales de los años 30 y 40, donde se ponen encima la mesa de modo virulento diversas líneas argumentales con un denso contenido estereotípico que, al fin y a la postre, vienen a legitimar una práctica política de claro talante homogeneizador. No cabe duda, tal y como queda evidenciado en diversos trabajos contenidos en el libro, que detrás de la política migratoria de aquellos años se ponía en juego una formulación de la identidad nacional brasileña basada en torno a la superioridad de la raza blanca (preferiblemente europea). Por otra parte, el debate que se lleva a cabo en dichos círculos y determinadas estancias gubernamentales presentaba unas coordenadas específicas en lo que respecta a la postura antinipónica hasta llegar a asociar el asentamiento migratorio japonés con una política de conquista por parte de Japón (M. Couto, 1924-25). Se incita, en definitiva y bajo la bandera de un modelo social ario-europeo, a encabezar una resuelta estrategia en pro de la bio-taxonomía y de la inevitable profilaxis racial (haciendo propio el emblema sobre la molesta indisolubilidad, como si fuera azufre, de los japoneses) que permitiera a Brasil impulsarse definitivamente hacia el progreso. En consecuencia, pese que han existido honrosas excepciones que apuntan a una defensa de la colectividad japonesa en Brasil (véase el caso de Alfredo Ellis Júnior y su libro Populações Paulistas de 1934), la emigración asiática en general tuvo que afrontar un imaginario ambiguo, por un lado distorsionador y ofensivo, que se afincaba en la implementación de teorías eugenésicas y políticas aislacionistas, pero por otro lado elogioso y apologético, habida cuenta de la radical transformación socioeconómica experimentada por el país del sol naciente en unos pocos decenios: “Dependendo dos intereses em questão, o japonés foi visto como estrangeiro inassimilável, atrasado, grosseiro ou então, como o súdito de uma nação imperialista e poderosa” (p. 64).
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