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Bertolt Brecht. La Judith de Shimoda. Madrid: Alianza Editorial, 2010 |
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Bertolt Brecht. La Judith de Shimoda Madrid: Alianza Editorial, 2010 |
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La adaptación realizada por Bertolt Brech (editada por vez primera en castellano) de la obra Nyonin Aishi, Tojin Okichi Monogatari de Yamamoto Yuzo (山本 有三) resulta de gran interés, no sólo por el modo en que el dramaturgo y poeta alemán reinterpreta una obra extraña, ajena a su autoría, sino también por la capacidad de apropiación o incorporación, que se materializa en esta nueva versión, de un horizonte cultural lejano como el japonés, aunque amenazado por el modelo civilizatorio occidental. No olvidemos que nos encontramos en los albores del proceso de reformas que dará lugar al convulso periodo Meiji, momento en que el país del sol naciente trata, a duras penas, de adaptarse al peligroso avance modernizador de las potencias extranjeras. B. Brecht diagnostica la historia de Y. Yuzo en parte con una mirada de sobrevuelo, al ubicar la problemática japonesa en la agresiva lógica globalizadora del capitalismo imperante. Pero también sitúa el foco en cómo las fuerzas super-estructurales afectan al destino personal de aquellos individuos que vivencian, sin ser conscientes de ello, sus efectos más denigrantes. De esta forma, B. Brecht (exiliado durante los años cuarenta en Finlandia) no se aparta aquí de sus preocupaciones más íntimas y refuerza las atribuciones heroico-individualistas de Okichi, la desgraciada protagonista de esta narración desesperanzada, hasta el extremo de evocar sin pudicia los rasgos característicos que sustentan el martirio cristiano. Y todo ello, en un contexto de desgarro profundo de las estructuras sociales ante el vendaval modernizador que se lleva por delante al vetusto y anticuado Japón, de tradiciones extravagantes. No hay condescendencia alguna. La historia de Okichi, la hermosa geisha que se sacrifica por su pueblo (Shimoda) al tratar con el cuerpo diplomático norteamericano (en especial, de asistir al cónsul Townsend Harris) y, al mismo tiempo, cae víctima de los manejos ocultos de la meta-política, puede ser entendida también como un ejemplo del alcance mito-poiético del nacionalismo japonés, deriva a la que, en gran medida, le empuja la presión de las potencias extranjeras. Amenazado por su propio aislamiento, con las limitaciones propias de una influencia geoestratégica debilitada y embarcado a marchas forzadas en un “inevitable” y devastador desarrollismo, el que marca el tránsito del periodo Tokugawa a la restauración Meiji, el aparato político japonés trata de reafirmar la cohesión del cuerpo nacional mediante un discurso movilizador de los afectos y sentimientos populares, y reserva a este tipo de narrativa épica, que concentra en la extraordinaria acción de Okichi la propiedad salvífica de todo un pueblo, el efecto consolador de una imposición imaginaria sobre el enemigo occidental. Esta atmósfera grandilocuente, que excita los ánimos en exclusividad de las clases bajas, no fue del gusto, al menos en un primer momento, de Hella Wuolijoki, escritora finesa que compró los derechos de la novela. La muestra excepcional de patriotismo exhibida por Okichi supone una relectura en territorio exótico de los obstáculos y desprecio que encuentra una actitud genuinamente honesta ante el bárbaro seguidismo de las hordas populares a los dictados de un poder político corrompido hasta el tuétano. Esta circunstancia, que nos habla de la instrumentación o, en términos del dramaturgo alemán, de la explotación moral y espiritual de sus conciudadanos, evoca incluso las alegorías bíblicas encarnas en la figura sacrificial de Judith. La comparación no es modo alguno extemporánea. La historia de la hermosa Judith, según el libro del antiguo testamento, se sitúa en plena guerra de Israel contra el ejército babilónico. Su alta educación y enorme piedad, celo religioso y pasión patriótica, hacen a Judith le empujan actuar, de tal manera que su presencia no pasa desapercibida para el general invasor, Holofernes, quien se ha prendado de ella. Acompañada de su criada, la viuda desciende de su ciudad amurallada y sitiada por el ejército extranjero -Betulia- y, engañando al militar para hacerle creer que está enamorada de él, consigue ingresar a su tienda de campaña. Una vez allí, en lugar de ceder a sus reclamos galantes, lo embriaga. Cuando Holofernes cae dormido, Judit le corta la cabeza, sembrando la confusión en el ejército de Babilonia y obteniendo de este modo la victoria para Israel. De igual modo, Okichi trata de actuar sibilinamente y con la mente fría para salvar a su patria y asestar un golpe al despreciable invasor. Y es que las circunstancias se antojaban ciertamente sombrías. Tras una verdadera demostración de poder con modernos buques de guerra (misión del Comodoro Perry), Estados Unidos consigue imponer su primer cónsul en 1854. Dado que las estrictas leyes sobre el trato con extranjeros de los más de 200 años del periodo de aislamiento aún estaban vigentes, la vida del Cónsul Townsend Harris resultó extraordinariamente difícil cuando desembarcó en Shimoda en septiembre de 1856. Desesperado por el grado de aislamiento al que era sometido, presiona con la guerra si no se accede a sus peticiones, entre otras, que se le envíe a Okichi para que haga funciones de asistencia personal. En toda esta historia Okichi no sale nunca del engaño astutamente tejido por las altas instancias del poder. Por un lado, en su furibunda resistencia a mantener contacto con extranjeros se ve imbuida por la tradicional propaganda anti-occidental. Por otro lado, cuando finalmente accede lo hace empujada por las persuasiones sibilinas de los descreídos diplomáticos japoneses. Es cierto que su altruismo no queda en balde cuando, para beneficio de las oligarquías niponas entregadas a los nuevos lujos traídos por el invasor americano, se firma el Tratado de Paz y Comercio o Tratado Harris (1858) por el que se garantiza el establecimiento de un canal de comercio entre Japón y EEUU. Pero para la pobre Okichi el desenlace no será tan feliz ya que de su gesto no resultará más que el desprecio de las masas ignorantes y el enriquecimiento y progresión personal a su costa de los antiguos arribistas políticos. Se trata de una acción audaz que sólo puede emprenderse desde la ingenuidad o de la fortaleza ética más resistentes. Es por ello que Okichi, “la puta de los extranjeros”, protagoniza dos actos revolucionarios en el Japón de aquel periodo que le llevan a la perdición: entrar en contacto con blancos y llevar leche de vaca (por humanidad) al cónsul enfermo. El servicio patriótico no desemboca en el reconocimiento colectivo sino en total amargura y destrucción de la vida, ahora manchada con el estigma de la incomprensión. En el interesante postfacio de Hans Peter Neureuter se nos dice que la reelaboración de Brecht de la obra de Yamamoto sobre Okichi se conserva en el legado en casi cien hojas del archivo, material que ahora se edita por primera vez en castellano para nuestro regocijo. Sin duda alguna, una interesante y recomendable incursión brechtiana en la crítica social sobre el occidentalismo japonés. A modo de introducción en la materia: Tatlow, A. The Mask of Evil, Brecht’s Response to the Poetry, Theatre and Thought of China and Japan. A Comparative and Critical Evaluation. Berna, Frankfurt am Main: Lang, 1977; Lee, Sang-Kyon. Auswirkungen des japanischen Nô auf das Lehrtheater Bertolt Brechts. Archiv für das Studium der neueren Sprachen und Literaturen, 131, 1979. |