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Con este libro traemos a la atención de los lectores los polémicos y controvertidos planteamientos del enfant terrible de los estudios sinológicos, F. Jullien. En su intento por desescombrar aquello que en Occidente no haya sido pensado mediante, he aquí el aspecto más original de su propuesta, la dislocación, la desubicación gnoseológica de las principales y más asentadas concepciones que nutren su acervo sapiencial, el autor defiende la necesidad de realizar una travesía hacia tierra extraña, que obligue a repensar desde la exterioridad el horizonte de inteligibilidad cultivado en Occidente. Para el buen éxito de su aventura, F. Jullien no queda satisfecho con la India, cuyas líneas de parentesco con la cultura occidental ya han sido puestas de manifiesto por otros autores, sino que su intención final es recalar en una tierra extrema, sin afinidades culturales ni cognitivas, en una palabra, en China. En este sentido, cabe concebir esta breve obra, en realidad la transcripción de una extensa entrevista con Thierry Marchaisse, como una elaborada exposición y justificación de su proceder metodólogico. En primer lugar, el autor constata, en su labor filosófica, una gran dificultad para escapar del confinamiento de los aprioris históricos occidentales. Es más, el panorama a este respecto puede ser calificado como desolador, por cuanto que ninguno de los intentos por sortear de raíz los férreos límites del orden bajo el que Occidente se piensa se han mostrado enteramente satisfactorios. Ahora bien, el ansia liberatoria de F. Jullien encuentra en el reservado subsuelo gnoseológico chino, vertebrado por un horizonte lingüístico ajustado a una lógica existencial singular, una extraordinaria potencialidad subversiva si, a la a la hora de retornar a Occidente, nos pertrechamos de los ejes elementales de su modelo “racional”. El argumento empleado por el autor es, hasta cierto punto, sencillo. En síntesis, la divergencia cultural acarrearía un efecto saludable, ya que es posible, si nos damos una vuelta estratégica por el escenario cultural chino, impugnar los códigos fundamentales de la experiencia occidental. Con ello se propiciaría un novedoso reencuentro con nuestra “genuina” mismidad, un re-examen exhaustivo del pensamiento occidental, como aquellas insólitas “percusiones” con la no Europa propuestas por M. Foucault (véase el escueto texto Entretien avec des bonzes, en Dits et écrits). Dicho de otra manera, se trataría de una deconstrucción desde el exterior, una exóptica en palabras de F. Jullien, una re-categorización del pensamiento desde el que se podrá percibir mejor los rasgos distintivos de la conciencia europea sobre lo corpóreo. Ciertamente, no se nos escapa el sentido instrumental, al modo del siguiendo la estela de M. Foucault, que oculta en esta obra el pensamiento chino, en la medida en que funciona como un eficaz percutor de la filosofía occidental, como una exterioridad reflexiva que resitúa y, a la vez, descentra las categorías gnoseológicas asentadas.
Así, pasar por China, y concebirla frente a frente, supone el propósito de reconstruir un disenso (que no permite perder esa oportunidad de una heterogeneidad del pensamiento), pero en el seno de un inteligible-que, por principio, es común: existen ahí inteligibilidades diversas, pero se hacen comprensibles a medida que se miran de frente. Lo que equivaldría a decir que se trata de abrir las condiciones de un diálogo-el famoso “diálogo de culturas”-en el verdadero sentido del término: para ello es necesario el día-de la diferencia, de las posturas y de las concepciones, a la vez que lo “lógico” (p. 18). Pese a la aparente claridad de esta declaración de principios que, en ocasiones, se oscurece por un abstruso retoricismo muy caro a determinado estilo filosófico francés, conviene subrayar una circunstancia de especial importancia. No nos hallamos ante un intento de certificar el definitivo agotamiento de la categorías centrales de la tradición filosófica occidental ni de refugiarnos en un territorio cognitivo por conquistar, sino de maniobrar con lo inconcebible de modo estratégico. En el discurso de F. Jullien no cabe alternativa alguna. Para re-apropiarnos de nuestro propio subsuelo cultural es necesario aventurarse a una gran travesía por otras inteligibilidades, más allá de los grandes filosofemas de Occidente, y someter de modo sistemático a nuestro conocimiento a una deconstrucción desde los confines externos que reposan en la desconocida China. El distanciamiento «chino» me permite ahondar más en este pedestal europeo, éste de las adherencias y las conveniencias que, bajo tantas rupturas suscesivas, y manifiestas, han tejido su Razón. Haciéndolo, me pongo a salvo de dos males mayores: por un lado, el universo fácil, según el cual los sistemas de pensamiento, de uno y otro lado, se responderían y dialogarían de entrada; por otro, el relativismo perezoso que se contenta con constatar cómo cada uno piensa al margen de sí, en su bando (p. 24).
A partir de estas consideraciones, el cultivo chino de otras fuentes de inteligibilidad nos traslada a otro marco, a un escenario heterotópico (en alusión al concepto foucaultiano mencionado en Las palabras y las cosas) que ha determinado las relaciones, no ya de un mero distanciamiento, sino de una verdadera indiferencia mutua. Oscilando entre el etnocentrismo (proyección de la visión que uno tiene del mundo sobre el resto del mundo) y el exotismo (abandono a la fascinación de la diferencia), resulta inquietante que aún hoy en determinados frentes de la filosofía occidental se relegue la producción epistémica china a una etapa de lo “pre-filosófico”, precisamente, como pone de relevancia F. Jullien, porque no se ha ocupado de los grandes filosofemas occidentales (el ser, Dios, el ideal de la libertad) y se ha preocupado de otros muy distintos (la lógica de los procesos, el mundo como dispositivo, el ideal de la regulación…). En este punto, el autor sobrevuela superficialmente por ciertas temáticas (la ausencia del desnudo en las expresiones artísticas chinas, la experiencia temporal basada en la duración y en la ocasión, etc.) sobre las que, en su opinión, cabe preparar una incursión renovada y una reapropiación desde nuevas coordenadas en el acervo sapiencial de Occidente. Como ejemplo, F. Jullien nos pone sobre aviso respecto a la importancia dada en China al devenir, lo que afecta sin duda a la diferente aproximación al cuerpo y de la forma, a la significación simbólica del ritmo respiratorio, para delatar finalmente la inexistencia de una ontología en los términos asumidos por Occidente. Así, el principio de identidad del ser, referido a los hombres o a los objetos, pasa a convertirse, dentro del contexto racional chino, en un principio relacional e interactivo (habrá que recordar el sentido por la pregunta ¿qué es esa cosa?, Shi shenne dongxi?, o sea, literalmente, ¿qué es este este-oeste?), lo que nos arrastra a un impensado enigmático. Es por ello que F. Jullien entrevé en el pensamiento de la “inmanencia” chino cierta semejanza con el fluir destinal estoico y, más cerca en el tiempo, con el ser-en-el-mundo fenomenológico (de ahí las complicidades evidenciadas con el pensamiento de Heidegger). De acuerdo con ello, la incursión en el ser, que explicita, según lo ha puesto de relieve Benveniste, lo que está implícito en ciertas raíces semánticas y ciertas categorías gramaticales de Occidente, resulta inviable desde los parámetros de la experiencia china (dado que el verbo ser no se encuentra constituido en el chino clásico) si no se asocia con el devenir. El pensamiento chino no posee idea concreta de lo eterno en cuanto lo imperturbable y lo imperecedero, es decir, lo que siempre “es”, sino de lo “constante” (chang), o sea, lo que no varía a través de la transformación.
Para concluir, pongamos sobre la mesa algunas objeciones sobre lo dicho por F. Jullien. No nos extenderemos en demasía ya que puede encontrarse una crítica más severa y fundamentada en algunos escritos de otro archiconocido sinólogo, J-F. Billeter. Tan sólo advirtamos que, frente a las precauciones y cautelas metodológicas que se auto-impone el autor, no existe garantía epistemológica que asegure la consecución de un proceso deconstructivo impoluto desde el exterior. Si no se ha conseguido a través de la inmersión genealógica en el trasfondo impensado desde el que se afianzan las raíces de nuestra tradición cultural, nada permite deducir que una visita al exterior lo consiga. Es más, podemos acudir a China y caer en la hechizante ilusión de que hemos abandonado la experiencia reflexiva occidental cuando, en realidad, la llevamos sobre nuestras espaldas y la proyectamos sin percatarnos de ello. Por otra parte, y aún cuando se coincide con el autor en que China debe volver a explotar su fecundidad de pensamiento, no está del todo claro que la realidad china a la que se enfrenta F. Jullien no haya caído hace tiempo bajo la égida del auto-orientalismo. ¿Cuál es la China que da que pensar a Jullien?. ¿No caemos, al preguntarnos acerca de un supuesto “pensamiento chino” (que F. Jullien identifica con un “pensamiento de la disponibilidad”) en la misma presunción idealista que nos lleva a confirmar la existencia, unitaria y atemporal, de un pensamiento europeo u occidental?. Finalmente, terminaremos haciendo referencia a la opción estratégica de Jullien cuyo propósito es la estimulación de la exploración filosófica frente a otras propuestas que no le son del todo ajenas (entra dentro de las ironías del destino que al director del instituto Marcel Granet le pase desapercibida la enorme contribución del sociólogo francés). Resulta interesante la necesidad de operar instrumentalmente, montar el cuerpo teórico-conceptual a fin de llegar a alguna conclusión alejada de la grosera estandarización etnocéntrica. Esto le lleva a considerar imposible una aproximación comparativista entre órdenes absolutamente distanciados. Al margen de que con tal postura borra de un plumazo las extraordinarias contribuciones de un Kuriyama, de un N. Sivin o de un G. Lloyd, por poner sólo un ejemplo, obvia el problemático ajustamiento dentro de la propia tradición gnoseológica occidental, si no es a través de la gran empresa de montaje ideológico sobre la que descansa el extendido pre-juico de un progeso o continuismo cognitivo, entre regímenes de conocimiento que a lo largo de la historia de Occidente se han presentado contrapuestos e “incomensurables”.
En cualquier caso, adentrarse en la obra de F. Jullien supone un saludable ejercicio de perspectiva, en especial, para aquellos cancerberos fundamentalistas de la virtud universalizante de la filosofía occidental. Desde ese punto de vista, la China de F. Jullien da que pensar.
A modo de introducción en la materia: Jullien, F. Del “tiempo”. Elementos de una filosofía del vivir, 2005;Jullien, F. Tratado de la eficacia, 1999;Jullien, F. De l’essence ou du nu, 2000; Billeter, J. F. Contre François Jullien, 2006.
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