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Kuriyama: La expresividad del cuerpo y la divergencia de la medicina griega y china

Libros

Shigehisa Kuriyama: La expresividad del cuerpo y la divergencia de la medicina griega y china, Biblioteca de ensayo, Siruela, 2005.
Título Original: The Expressiveness of the Body and the Divergence of Greek and Chinese Medicine.


El re-pensamiento del substrato de expresividad que reside en el cuerpo resulta del todo punto problemático, sobre todo, si todavía se mantiene presente en la imaginería científica la referencia a un cuerpo ideal e instrumentalizable, ajeno a las antiguas y fértiles tradiciones médicas que historicamente se han asentado bajo el auspicio de sensibilidades somáticas dispares. Sofisticadas o ambiguas variantes en la comprensión de lo orgánico unidas a diferentes culturas y tiempos, y que no hacen sino reabrir el enigma fundamental de la historia médica. A nuestro entender, Shigehisa Kuriyama aborda con decisión y claridad esta espinosa cuestión acerca de la abismática inconmensurabilidad entre los diversos universos simbólicos médicos. Para ello acude a dos temas de especial significación. Por un lado, el campo de los “estilos perceptivos” desplegados por la medicina china y griega. Por otro, el influjo y peso históricos de los “estilos de incorporación” en ambos sistemas médicos, en tanto que el autor trata de vislumbrar las experiencias singulares (mediante la teorización, el aprendizaje desde el exterior, por un lado, y la construcción subjetiva, la incorporación desde el interior, por otro) que residen en cada modo de objetivación del cuerpo. Esta propuesta analítica lleva a S. Kuriyama a concluir que los diferentes estilos de percepción y de incorporación se encuentran estrechamente relacionados con los diferentes "modos de hablar y de escuchar, y que la manera en que la gente utiliza las palabras conforma intensamente el modo en que aprehenden y habitan los cuerpos” (página 11).
No resulta extraño, pues, que Kuriyama inicie su estudio con el fenómeno del pulso (
Capítulo 1: aprehender el lenguaje de la vida) puesto que, si bien su medición representa una técnica aparentemente familiar tanto para la medicina china como para la griega, no es menos cierto que el sentido y el lenguaje empleados distan mucho de ser idénticos.
Para empezar, mientras en la medicina occidental se sondeaba el pulso, normalmente ligado al flujo sanguíneo, los médicos chinos se concentraban en un evento fisiológico denominado
mo (quiemo). Ante la constatación de esta profunda divergencia, Kuriyama cree necesario rastrear la génesis de la concepción del pulso en Occidente, a partir de la tensión -que se remonta a Rufo de Efeso, Eginio, Hipócrates...- entre la noción de sphygmos (pulso) y palmos (palpitación). En su opinión, muy fundamentada, el divorcio epistemológico entre sphygmos y palmos supone el primero y más decisivo paso hacia el desarrollo de la medición occidental del pulso. Es cierto que, además, la anatomía proponía el escenario empírico imprescindible para llevarse a cabo esta profunda transformación, en la medida en que la medición occidental del pulso vincula (ya desde Herófilo o Galeno) a éste con las estructuras anatómicas subyacentes (es decir, arterias, vasos sanguíneos). Por el contrario, el quiemo de la medicina china no cultiva un imaginario del pulso en torno a la visión arquetípica occidental de una arteria dilatándose y contrayéndose (alejándola, así, de la dicotomía en la epistemología griega entre estructura y función). No obstante, la inspección del mo (dividido en cum, guan, chi), en su ínsita multiplicidad, ha logrado historicamente un significativo éxito (que puede remontarse a los tratados antiguos del Neijing, el Lingshu, el Mojing...) en la diagnosis del estado de los órganos y vísceras del cuerpo humano, hasta el extremo de que su importancia excede con creces al papel y alcance del pulso en Occidente.
S. Kuriyama profundiza en este aspecto en el
segundo capítulo: La expresividad de las palabras, desbrozando los estilemas alegóricos presentes en la percepción china del pulso. En oposición al deseo de precisión racional de Occidente, los médicos chinos maniobraban poéticamente y, de esta manera, se acoplaban armónicamente a un modo diferente de discernir el cuerpo. Con todo, el mo escapa a todo intento de imponer distinciones mediante su encuadramiento discursivo y solamente de modo indirecto es posible aproximarse a la realidad vital, inefable, del cuerpo. Ciertamente, “nada podría ser más ajeno al ideal galénico de literalidad. Nos encontramos ante un lenguaje que evoca los simulacros metafóricos antes que exponer directamente las arterias, sus estados y movimientos; hallamos descripciones dirigidas exclusivamente al modo en que el pulso debiera aparecer a quien lo escruta que nada revelan acerca de las realidades subyacentes. Como si el mo careciera de presencia concreta y palpable” (página 105-106). Esta afirmación resulta evidente si tenemos en cuenta que el mo es la manifestación del qi y la sangre, es decir, un fenómeno complejo sujeto a los equilibrios y cambios de tales flujos orgánicos. De este modo, el mo carece de contornos nítidos frente a la imagen clara de la arteria tubular, ante la cual es posible establecer, al margen de cualquier sombra metafórica, una descripción lúcida y directa. No obstante, el mo se integra como una vía apropiada en el diagnóstico psicofisiológico de la naturaleza humana.
Pero no sólo en el discurso sino también en la mirada encontramos sutiles diferencias entre las dos perspectivas médicas. En ese sentido, S. Kuriyama rastrea los específicos adiestramientos de la mirada que, por ejemplo, hacen que el interés por el cuerpo en Occidente se centre en la musculatura (
Segunda Parte. Formas de Ver. Capítulo 3: Muscularidad e Identidad). Esto le lleva a investigar el papel de la anatomía en Occidente, campo en el que nace un cierto estilo visual con tremendas repercusiones en la formación de la identidad moderna.
Por esta razón, Kuriyama emprende una travesía histórica hasta la antigüedad griega, en aras de encontrar el núcleo de esa curiosidad organizada por la tensión (algo que ya está presente en el propio Platón) entre forma y materia. En cierto modo, como queda indicado en el tratado “
Sobre el uso de las partes” de Galeno, existe una lógica inmanente en la que todo está dispuesto de una determinada manera, una especie de diseño divino que merece una atenta mirada. En todo caso, nos recuerda S. Kuriyama, los músculos no desempeñan ninguna función particular en la concepción hipocrática del cuerpo. Son simplemente un tipo de carne (el músculo es la naturaleza prensada en la carne). Es necesario remitirse a las corrientes posthipocráticas para observar una nueva concepción del músculo por varias razones:

  • La emergencia de una protoconciencia muscular posthipocrática podría tener relación con el hecho de que la disección sistemática también era una innovación post-hipocrática.
  • La articulación muscular del cuerpo presenta relaciones con el atributo de la fortaleza. La falta de articulación, por el contrario, revela debilidad y cobardía (anarthros). La inarticulación también distingue a lo inmaduro, lo informe. Los arthra “no son, pues, las articulaciones en un sentido anatómico moderno-al menos, no sólo articulaciones-sino las divisiones y diferenciaciones que confieren al cuerpo como una forma distinta” (página 143).
  • Las junturas visibles, el físico articulado, distingue la forma de lo informe, destaca lo singular, encarna la identidad europea (de igual modo, distinguen a los hombres-secos / exaltados- de las mujeres-húmedas / frías-).

Se consolida, en suma, un universo de valores éticos y estéticos en torno al físico “muscular” del que derivará una autoconciencia individual en tanto ser corpóreo. Nada más esclarecedor de lo dicho que las palabras de Kuriyama al final del capítulo: “la emergencia de la preocupación por los músculos se encuentra inextricablemente entrelazada con el surgimiento de una concepción particular de la persona. Al trazar la cristalización del concepto de músculo también estamos trazando expresamente, y no es casual, la cristalización del sentido de una voluntad autónoma. El interés por la muscularidad del cuerpo resulta inseparable de la preocupación por la acción del yo” (página 151).
Muy diferente es el recorrido realizado por la tradición médica china (
Capítulo 4. La expresividad de los colores), cuyas marcas y trazos expresivos pueden claramente ser entendidos como rasgos esenciales de una “anatomía alternativa”. La perspectiva china despliega un horizonte de vínculos / flujos -en el espacio y en el tiempo- invisibles para la disección pero que, sin embargo, redundan funcionalmente sobre / a través de los órganos (zang) sin que exista un principio rector esencial (el hegemonikon griego: cerebro / corazón). “La forma importa mucho menos que el lugar: La estructura funcional del cuerpo humano esta ordenada, ante todo, por la polaridad que opone la superficie del cuerpo (biao) a su núcleo (li)”(página 172).
Muy ligado a este primer punto, existe una estrecha conexión entre la penetración ocular y el discernimiento de los colores dentro de la medicina china. El color inaugura una lógica epistemológica desde la que conforma una particular concepción de lo patológico (de hecho, resulta una de las manifestaciones de la evolución de los
wuxing-o las 5 fases: madera, fuego, tierra, metal y agua-). A partir de la tonalidad del rostro, los médicos advertían la fase que dominaba la enfermedad. La significación de los colores, en el marco sistematizado de las cinco fases, se asocia a la apariencia cromática del rostro, en la medida en que, a través de él, era posible escrutar el interior de los cuerpos. (la enfermedad puede verse primero en el rostro aunque no aparezca en el cuerpo). En suma, los rostros reflejan los sentimientos y las inclinaciones, las tonalidades que exponen el crecimiento y el declive de las cinco fases de una persona. La diversidad cromática de la faz nos liga indefectiblemente con un imaginario del cuerpo que, en China, se asocia a la metáfora central del crecimiento y desarrollo de las plantas.
Todo ello, discurso y mirada, habría de desembocar en diferentes “estilos de ser” (
Tercera parte: Estilos de Ser) que Kuriyama identifica en dos fenómenos de dinamicidad natural: la sangre (Capítulo 5: Sangre y Vida) y el viento (Capítulo 6: Viento y el sujeto).
A pesar de que en el campo de la flebotomía la obsesión por la sangre aparece muy pronto en los escritos griegos y chinos, a partir de la dinastía Han el recurso terapéutico de la sangría en la medicina china decayó. En todo caso, en ambas tradiciones se da una doble constante: la vida es sostenida por la sangre pero también por la respiración (
qi / pneuma). Segundo, la sangre y la respiración determinan no sólo si uno vive, sino también cómo vive. Es decir, las cualidades de la sangre y de la respiración gobiernan, a su vez, las cualidades de la vida.
A partir de aquí, Kuriyama analiza la evolución conceptual de la sangría (desde la sangría topológica a la sangría indiscriminada). De su pormenorizado estudio se extraen dos provocadoras conclusiones:

  • La acupuntura pudiera haber evolucionado a partir de la sangría.
  • Existe un núcleo genético común entre los desarrollos de la Grecia Antigua y los de la China Antigua.

Hasta cierto punto, la acupuntura y la sangría topológica eran en realidad técnicas afines que proponían conexiones similares entre los lugares de tratamiento y las distantes partes afectadas. No obstante, la emergencia de la disección (la inspección anatómica) va desacreditando la sangría topológica al exponer las discrepancias entre los recorridos propuestos para la plebes hipocráticas y la anatomía de las venas y de las arterias. El temor al exceso de sangre (plétora) condicionó de forma substancial la transformación de la sangría. De constituir un remedio menor a ser un pilar indispensable de la terapéutica griega.
Nada que ver, pues, con las tendencias seguidas por la epistemología médica china, cuyo grado de complejidad depende de su íntimo vínculo con el concepto
xu (jerarquía de la causalidad): vacío. “Sugerentemente, los médicos chinos supusieron que la vitalidad fluía en una única red de canales, los mo, mientras que la medicina griega segregó muy pronto la sangre y el pneuma en conductos separados” (página 235).
Igualmente, la ritmicidad sanguínea poseía correlatos con otros sucesos rítmicos, benéficos o perniciosos, ubicados en la naturaleza y en el cosmos. Mientras que en época de Hipócrates y con posterioridad un viejo esquema de vientos y cualidades atraviesa y condiciona la presencia corporal en el mundo, en China el viento representa un invasor ajeno que suscita enfermedades. La etiología del viento se encontraba, pues, enmarcada en el interior de un esquema cósmico. De ahí que se requería “
un cosmos gobernado por el ritmo. Este ritmo tenía un nombre: bafeng sishi, los ocho vientos y las cuatro estaciones”(página 259). La medicina china, al mismo tiempo, sostenía la independencia latente en el cuerpo respecto del viento (había una profunda división entre las brisas y vendavales externos y los esenciales hábitos internos).
Grecia evolucionará, contrariamente, trasladando su interés hacia el “viento interno”, el hálito vital (
pneuma). De hecho, la internalización del pneuma en la antigüedad representó un giro momentáneo, que ayudó a situar firmemente el conocimiento anatómico en el centro mismo del conocimiento médico, pues redefinió la naturaleza del cuerpo. En suma, Kuriyama nos sugiere en este interesantísimo recorrido por las historias médicas que “la investigación comparativa acerca de la historia del cuerpo nos invita, y de hecho nos fuerza, a reconsiderar incesantemente nuestros propios hábitos de percepción y de sensación, y a imaginar posibilidades alternativas de ser, de experimentar el mundo de nuevo. Tal es para mí el gran reto de trazar la geografía del entendimiento médico” (Página 278).
La obra de S. Kuriyama es brillante y seria. Sondea con profundidad la genealogía de todos aquellos elementos fundamentales que integran el acervo cosmovisional de la medicina china y occidental sin perder por ello sutileza y lucidez en su propuesta de análisis comparativo. El estudio de S. Kuriyama se enmarca, además, en una moderna corriente de estudios sociofilosóficos y antropológicos en torno a los sistemas de sanación chinos, de la que podríamos destacar, entre otros, a Paul U. Unschuld:
La sabiduría de la curación china, Volker Scheid: Chinese Medicine in Contemporary China, Judith Farquhar: Knowing practice: The clinical Encounter in Chinese medicine, Ted J. Kaptchuk: Medicina China. Una trama sin tejedor, M. Porkert: Theorical foundations of Chinese medicine: systems of correspondence, etc.


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