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Ante el ingente volumen de información descontextualizada, las groseras orientaciones ideológicas o, simplemente, los argumentos reduccionistas, propios, en la mayoría de los casos, de una malintencionada ignorancia, que saturan hasta el extremo los mensajes de los Medios de Comunicación de Masas, el libro de Xulio Ríos se presenta como una de las vías más adecuadas y aconsejables para conocer la realidad sociopolítica de la China contemporánea en toda su complejidad. Dotada de un estilo sencillo y pedagógico para todo aquel que sea lego en la materia, aunque sin desdeñar de la rigurosidad exigible en un asunto de esta naturaleza, la obra nos invita a realizar un recorrido panorámico por todos aquellos aspectos sobre los que se presta atención a la hora de tratar la situación presente en China.
Ahora bien, el autor trasciende estereotipos y se inclina, desde un punto de vista complejo, por tratar la realidad china con realismo. La imagen que habitualmente percibimos de las transformaciones que este inmenso país está experimentando desde hace casi tres décadas podríamos resumirla esencialmente en dos frases: a China le va bien porque aceptó el mercado; pero puede irle mal porque no acepta la democracia. La realidad, con todo, es mucho más compleja (p. 32).
Uno de los rasgos más destacados y que más espacio se dedica en estas páginas tiene que ver con las externalidades e internalidades negativas que han ido surgiendo conforme se han acrecentado de modo acelerado las tasas de crecimiento en China. En ese sentido, las reformas sociopolíticas establecidas durante estos últimos años por el gobierno chino no han logrado equilibrar las enormes desigualdades económicas y las fracturas sociales que se han abierto en el país. Es cierto que los datos macroeconómicos han sido realmente exitosos en términos de PIB, inversión extranjera, volumen de reservas, etc., pero hasta ahora no se acierta a lograr los objetivos de un nivel de vida modestamente acomodado (xiaokang, 小康). De este modo, Xulio Ríos no esconde el lado más sombrío del desarrollo económico chino, en la medida en que se han provocado transformaciones sociales de gran envergadura que es necesario tener en cuenta:
-reducción de empleados en empresas estatales
-mayor desempleo
-mayor peso de la empresa privada
-surgimiento de una gran población flotante (100 millones de campesinos)
-deterioro de la enseñanza pública
-importantes diferencias entre el sistema sanitario urbano y rural (desmantelamiento del sistema sanitario)
-envejecimiento de la población
-aumento de las desigualdades
-creación de una sociedad de consumo insostenible
Por ahora la situación ha seguido unos cauces manejables por la densa red de control social establecida por el PCCh (中國共産黨) ya que las duras condiciones laborales sobre las que se sustenta el modelo económico chino se ven amortiguadas por la existencia de una inmensa reserva de mano de obra dispuesta a todo y con una docilidad a toda prueba. Si a todo ello le sumamos la creciente corrupción que afecta a importantes estructuras del poder central y local al albur de los pingües beneficios que proporcionan el establecimiento descontrolado de empresas o el proceso de construcción urbanística no planificada, el hecho también de que la prosperidad a la que se pretende llegar está beneficiando a una pequeña minoría y causando, por el contrario, un enorme coste humano, podemos concluir que China se enfrenta a estado de tensión potencial y de descontento creciente a corto plazo que puede dañar la estabilidad del régimen.
Además, con el acelerado crecimiento económico se han puesto sobre la mesa criterios de actuación política que ponen en peligro las esencias ideológicas del partido comunista en China. El problema no es nuevo. El autor nos recuerda el esfuerzo que se hizo para que las cuatro modernizaciones anunciadas por Zhou Enlai (周恩來) en 1964: agricultura, industria, defensa y ciencia y tecnología se sustentaran en los 4 principios irrenunciables anunciados por Deng Xiaoping (鄧小平):
-perseverancia en la línea socialista
-vigencia de la dictadura del proletariado
-mantenimiento del proceso reformador por el partido comunista
-vigencia del marxismo-leninismo y del pensamiento de Mao Zedong (毛澤東)
Con todo, los nuevos hábitos que surgen con las transformaciones socioeconómicas experimentadas en los últimos años sitúan al sistema político chino, centrado en el partido y del ejército, ante la necesidad de propiciar ciertas reformas aperturistas que afiancen su poder. Al respecto, Xulio Ríos constata que ha habido una tímida mejora en materia de derechos humanos y libertades públicas, que se ha fortalecido el estado de derecho a través de a teoría de las tres representaciones de Jiang Zenin. Sin embargo, el orden de legalidad que se pretende impulsar choca irremisiblemente con el poder omnímodo del PCCh, obligado a formular alternativas creativas que aumenten su legitimidad. En este sentido, está fuera de toda duda que el partido encuentra cada vez más dificultades para consolidar su influencia y para mostrarse flexible a los cambios que se producen. Ahí está el problema: cómo controlar las nuevas emergencias sociales.
Hasta el momento el gobierno chino opta por realizar reformas superficiales y simbólicas en el plano de la profundización de prácticas democráticas desde una visión partidaria, entre las que destaca el fortalecimiento de los vínculos entre dirigentes locales y la colectividad. Esto le lleva al autor a concluir que en el plano político-institucional las transformaciones van a seguir un ritmo más pausado en comparación con lo que acontece en el ámbito económico. En el fondo de toda esta cuestión se entreve la problemática en torno a la continuidad del partido comunista como rector indiscutible del destino futuro de China ante los tres retos principales que se otean en el horizonte:
-gestión equilibrada de la reforma
-el desafío territorial
-la corrupción
Pues bien, en los importantes debates internos que se dirimen dentro del partido, además de instaurar una nueva institucionalidad interna asumida por la globalidad de sus clanes que establece mecanismos de sucesión civilizada, se apuesta por enfatizar una dimensión moderadamente nacionalista (en base a la condena explícita del imperialismo cultural de Occidente) con el fin de auspiciar una nueva legitimación del PCCh. Sin embargo, esta estrategia cohesiva de asumir la representación de la singularidad histórica de la antigua tradición china puede, a su vez, provocar una desestabilización de las nacionalidades minoritarias (tibetanos, uigüres y kazakos).
Ciertamente, las tensiones de índole territorial y el esquema asumido por China en política exterior no son asuntos menores y, por tanto, son tratados extensamente por el autor. En relación con ello, se presta atención a la política seguida por China en estas últimas décadas y que, desde 1978, está fundamentada en dos variables esenciales: la reforma interna y la apertura al exterior, teniendo en cuenta el aislamiento histórico del país. Parece evidente que, desde una diplomacia de segundo plano, la creciente interdependencia y el peso de China a escala internacional impelen a al país la llevar a cabo una política internacional más patente, no sólo en el plano económico (donde surge la necesidad de asegurarse mercados internacionales) sino también en otros desafíos de la agenda mundial. De esta forma, la apuesta por la multipolaridad es una referencia indispensable en el discurso exterior de la China Popular (basado en el lema de Zhou Enlai: “buscar un terreno común y dejar a un lado las diferencias”) y una referencia de análisis para situar el trabajo diplomático de China (en el campo de la Seguridad, geopolítica, intereses económicos y comerciales) en sus relaciones con EEUU, Rusia, Japón, América Latina, África o India.
El excelente trabajo expositivo de Xulio Ríos da término con una prospección del futuro de China reconociendo, en primer lugar, que todo apunta que, ya entrados en el siglo XXI, China confirmará su condición de super-potencia a través de la búsqueda y cultivo de sus propias particularidades, un camino propio que puede conducir a un sistema distinto y, en todo caso, no homologable a la democracias occidentales en el que se erija, además, un modelo económico al margen del mercado neoliberal.
Es cuestión de tiempo saber si estás previsiones se cumplen o no. Sea como fuere, el futuro de China se encuentra condicionado por el modo en que se enfrente a numerosos retos pendientes:
-Conseguir la armonización entre el desarrollo socioeconómico y el mantenimiento de principios nucleares de la ideóloga comunista.
-Reducir las desigualdades sociales, económicas y entre el campo y las ciudades.
-Modernización tecnológica y resolución de los problemas ambientales.
-Mejora en materia de servicios sociales, sanidad y educación.
-Reconducción de las relaciones entre el poder central y algunos poderes regionales y locales.
China puede, como en el pasado glorioso que tanto impregna su memoria histórica, volver a ocupar una posición central en el desarrollo mundial en el presente siglo, pero, en ese camino, no todo va a depender del nivel de desarrollo económico alcanzado: también deberá demostrar que aspira a construir una sociedad internacional más justa y próspera para todos. Eso significa, igualmente, que en su proceso interior debe asumir un mayor compromiso con la modernización, tanto en el campo social como en el exterior, y expresar, además, una participación más activa y de apoyo a aquellas fuerzas que reivindican una sociedad más libre y segura (p. 142).
En suma, el libro de Xulio Ríos es una de las pocas obras escritas en castellano que permiten al lector situarse con herramientas analíticas bien fundadas en la cambiante y muy frecuentemente malinterpretada realidad china.
A modo de introducción en la materia: Ríos, X. Política Exterior de China: La Diplomacia de una Potencia Emergente, 2005; Oslé, R. D. China. El dragón rampante, 2007; Lin Chun. La transformación del socialismo chino, 2008; Beltrán, J. Perspectivas chinas, 2006.
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