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Si por algo cabe valorar la obra de Benjamin A. Elman que se presenta aquí es porque trata de situar a la Ciencia, tradicionalmente infravalorada, como un factor a tener muy en cuenta dentro de la historia de la China moderna. En ningún caso podría calificarse este escrito como una narración sistemática sobre las ciencias chinas ya que para tomar contacto con ese enfoque el mismo autor nos remite, absolutamente acertado, a la mejor de las fuentes, es decir, a Ciencia y Civilización de Joseph Needham. Más bien, se trata de una introducción detallada de la historia cultural de la ciencia moderna, de la medicina y de la tecnología en China atendiendo a dos líneas de transmisión diferentes pero yuxtapuestas en el tiempo. En primer lugar, a nadie se le oculta la innegable influencia de la orden jesuita en el imperio tardío chino (1600-1800), llegando a ocupar éstos puestos de gran trascendencia en el campo de determinadas ciencias. Sin embargo, este periodo no es sino un importante prefacio a la presencia protestante (1840-1900), momento en el que se dará un impulso irreversible para que China transite hacia la ciencia moderna. El autor, pues, realiza un recorrido con cierta exhaustividad por diversas materias científicas (astronomía, mecánica, medicina, ingeniería...) atendiendo fundamentalmente a estas dos etapas. De la primera, mucha y abundante ha sido la bibliografía que se ha encargado de estudiarla, desde diferentes perspectivas y con enfoques contrapuestos. En todo caso, lo que para Benjamin A. Elman resulta de interés de ello (Cap. 1 The Jesuit Legacy) es que los jesuitas incorporaron precisión a la investigación llevada a cabo por los literati chinos sobre los fenómenos de la naturaleza, en la medida en que llegaron a transmitir los sistemas clasificatorios elementales, los principios organizacionales de un conocimiento especializado, en una palabra, la scientia. Bien es cierto que el progresivo aumento de la capacidad de influencia de los jesuitas iba a coincidir con el cambio de dinastía (de la dinastía Ming a la dinastía Qing), un momento de peligrosa inestabilidad que provocaría, además, un sentimiento de animadversión y hostilidad hacia la orden por parte de los literati en tanto que veían peligrar su privilegiada posición ante las autoridades manchúes. La astronomía, una de las ciencias en las que estaban más versados los jesuitas, se convirtió en el principal foco de contienda, al extremo que en 1660 la general tolerancia de los manchúes sobre las creencias religiosas jesuitas fue testada cuando chinos, musulmanes y manchúes atacaron los miembros de la orden cristiana y a su equipo en la oficina astronómica como enemigos tanto de la dinastía como de la civilización clásica.
Hay que decir que los jesuitas arribaron a China en un momento clave desde el punto de vista del desarrollo astronómico, ya que una ciencia tan clave en el mantenimiento de la estabilidad del imperio (adviértase que el emperador Ming es “hijo del cielo” y, por tanto, debe ajustarse a la red de correspondencias entre el cielo, la tierra y los humanos) se demostró incorrecta en la predicción de un eclipse lunar en 1592. Los jesuitas, conocedores de los desarrollos de C. Clavius (1538-1612) y, por supuesto, de su exitosa reforma del calendario gregoriano (1582) ganaron, liderados por M. Ricci y sus colaboradores Xu Guangqi (1562-1633) y Li Zhizao (1565-1630), gran influencia dentro de la corte imperial al establecer un sistema de calendario sino-jesuíta que sustituía el modelo cosmológico geocéntrico por un modelo geoheliocéntrico inspirado en el de Tycho Brahe (1546-1601). El punto álgido de este poder en el desarrollo de las predicciones astronómicas, no obstante, tuvo lugar cuando el emperador manchú Shunzhi situó a A. Schall como el primer director europeo en la oficina del calendario, lo que llevará a los jesuitas a desempeñar de modo ininterrumpido (con la excepción del periodo que va de 1664 a 1669) el cargo de la dirección de la oficina hasta 1775 (con independencia de que el papa Clemente XIV suprimiera la sociedad en 1773). Con todo, durante este periodo, los jesuitas también introdujeron en China tablas trigonométricas y logaritmos (J. N. Smogolenski y Xue Fengzuo), mapas estelares, el globo celestial, el cuadrante, el sextante, el astrolabio ecuatorial e, incluso, el telescopio. También se destacaron por ser refinados relojeros. Sin embargo, no pudieron mantener el contacto con los últimos desarrollos de la ciencia y de la tecnología europeas (geometría analítica y diferencial, cálculo integral), lo que a todas luces impidió, con el tiempo, conservar su posición de vanguardia en la transmisión de su conocimiento. En cualquier caso, los jesuitas realizaron un gran esfuerzo, con un claro interés estratégico, por armonizar los conocimientos chinos con la temprana ciencia europea.
No obstante, tras la archiconocida controversia de los ritos, el emperador Kangxi vio la necesidad de ir reduciendo paulatinamente el papel preponderante de los jesuitas (ya que, desde Roma, resultaban evidentes los intentos de proselitismo y expansión teológicas hacia China) y para ello organizó una Academia de Matemáticas inspirándose en la Academia de las Ciencias de París pero sin que los miembros de la orden pudieran entrar en ella (Cap. 2 Recovering the Chinese Classics). De esta forma, el emperador contrató a más de cien eruditos para formar la masa crítica de la recién fundada academia de Matemáticas. En realidad, éste constituyo uno de los movimientos más importantes que dio el emperador Kangxi para afrontar una reforma del saber profunda y que desembocaría, por lo demás, con la promulgación en 1724 del Compendio de Astronomía observacional y computacional. El compendio, adaptado en 1742 a los más recientes descubrimientos europeos, impulsó las observaciones y cálculos chinos sin depender de la ayuda de los jesuitas, aunque ello provocase no pocos errores en los métodos de cálculo. En tal sentido, los trabajos de Mei Wending (quien trató de “demostrar” los orígenes chinos de la astronomía computacional occidental) resultan del todo punto paradigmáticos. Ciertamente, su labor en la rehabilitación de las antiguas técnicas de la matemática china y la necesidad de combinar las dos tradiciones (la europea y la china) le aúpan a los primeros puestos en el desarrollo científico chino de la época, pese a encontrarse absolutamente desconectado de los últimos desarrollos científicos europeos. During the eighteenth century, no one transmitted to China new developments such as the kinematic solutions and moving models of the fluxional calculus of Newton (1643-1727) and the infinitesimal calculus of Leibniz (1646-1716), which directly linked time and motion. Consequently, Mei and his successors continued to rely exclusively on the static, essentialist geometry of Euclid and the qualitative motions of Aristotle (p. 44).
Pero no sólo pudieron observarse el impacto de estas reformas y transformaciones del régimen del saber chino en el campo de la astronomía y de las matemáticas. Otras ramas de la ciencia como, por ejemplo, la geografía y la cartografía fueron impulsadas, en este caso, al albur de las conquistas de los emperadores manchúes del Tibet y del Turquestán, de la anexión de Taiwan o de la presión expansionista de Rusia desde Siberia (adviértase que uno de los problemas que surgieron en la firma del tratado de Nerchinsk en 1689 y Kiakhta en 1727 fue un problema cartográfico de delimitación de fronteras). A la luz de esta serie de acontecimientos surgen los trabajos, sujetos ya a la consideración de la geografía como ciencia exacta, de Gu Yanwu, Gu Zuyu y de Zuo Zongtang, en los que cabe evidenciar también una coexistencia de las técnicas cartográficas europeas con las antiguas prácticas geográficas chinas.
Si nos remitimos a otro campo científico como es la medicina, parece haber un amplio reconocimiento, durante los periodos Ming y Qing, de los clásicos médicos (en torno a cuestiones tan importantes para la medicina china como la aplicación del qi, las cinco fases, el sistema de los canales de circulación, etc) pero sobre todo y muy principalmente en el Canon Interno del Emperador Amarillo. Existía, eso sí, una rama moderna médica que defendía el modelo Jin-Yuan (son los llamados modernistas por los editores de la biblioteca imperial Qianlong), y confiaban muy poco en los clásicos de la medicina china. No obstante, muchos de los médicos que actuaron durante el periodo Qing (son los denominados antiguos) rechazaron en general las revisiones Jin-Yuan, en la medida en que se alejaban ostensiblemente, hasta la deformación, de los principios clásicos y adulteraban la práctica médica antigua.
Al margen de estas controversias locales, existió durante la época del emperador Kangxi una tendencia de revisión y vuelta, como una estrategia complementaria a la ciencia europea, a las tradiciones sapienciales autóctonas, y no sólo en ámbitos como la medicina o la geografía, sino también, por ejemplo, en diversas corrientes matemáticas. De hecho, es en este periodo cuando se comenzó a publicar textos matemáticos antiguos y a compilar clásicos del periodo Tang, Song-Yuan y Ming.
A diferencia de la ciencia teórica occidental o, incluso, más allá de creciente marginación de los círculos de poder en China, los jesuitas perpetuaron su referencialidad en la corte imperial gracias a sus conocimientos de mecánica (aquí hay que destacar la fina habilidad de los jesuitas suizos en la confección de relojes mecánicos). Otra de las vías de penetración, al principio cerrada casi al completo, fue su importante papel en la producción científica vinculada a las academias de ciencia. Al respecto, los jesuitas franceses llegaron a incorporar en la edición de 1742 del Compendio de Astronomía observacional y computacional el trabajo de I. Newton (aunque no dieron un desarrollo sistemático de sus teorías). No obstante, la maestría de los jesuitas declinaba notablemente ante el esplendoroso nivel alcanzado por los chinos en diversos procesos tecnológicos, como pueden ser ciertas técnicas artesanas, los métodos de producción de papel y textiles, la elaboración de la cerámica (Cap. 3 The Rise of Imperial Chinese Manufacturing and Trade). Given the sophistication of chinese manufactures in books, paper, porcelain, silk, and cotton handicrafts for some 350 million chinese by 1800, why have historians of science favored a European-dominated story of the rise of modern techno-science? (p. 98).
Después de la derrota de Napoleón, Gran Bretaña decide extender sus aspiraciones expansionistas hacia el Sur de China. De hecho, tras el fracaso de los objetivos propuestos tanto en la misión Macartney (1793) como en la misión Amherst (1816) el imperio británico buscaba ansiosamente abrir el mercado chino, deseo que queda definitivamente materializado en la primera guerra del opio (1839-1842). En medio de esta confrontación geoestratégica, los protestantes aprovechan la oportunidad para introducirse en China y empezar a desempeñar un papel decisivo en la implantación de la ciencia occidental (Cap. 4 Science and the Protestant Mission). En ese sentido, no es posible ignorar las figuras de Daniel Jerome Macgowan (1814-1893) y Benjamin Hobson (1816-1873), auténticos pioneros durante los años cuarenta y cincuenta en la traducción de obras médicas y científicas (de las que podrían destacarse el Almanaque filosófico o el Tratado de filosofía natural). B. Hobson, además de supervisar los trabajos posteriores de autores tan relevantes como John G.Kerr, John Dudgeon, John Fryer, introdujo también tratados para impulsar la formación médica occidental (el caso de su tratado de fisiología resulta paradigmático, por cuanto en él se exhibió por vez primera en China el modelo de la anatomía moderna). En esencia, el trabajo de B. Hobson representó la primera introducción substancial en China de las ciencias modernas europeas y medicina durante la primera mitad del XIX, ya que resultaba evidente para los protestantes americanos e ingleses la curiosidad que los literati chinos depositaban en las ciencias (consideradas como parte de la herencia cristiana).
Así, en los años 50 y en respuesta a este creciente interés, la revista protestante Shanghae Serial (LHCT) introdujo nuevos campos en las ciencias occidentales (contado con colaboradores tan importantes como Alexander Wylie y Li Shanlan). De hecho, A. Wylie y Li Shanlan iniciaron una incompleta traducción de los Principia de Newton (1860) que llegó a ser completada por éste último (1868), con la ayuda de John Fryer, en el Departamento de Traducción del Arsenal Jiangnan. A su vez, también algunos de los trabajos de Herschel (en el campo de la astronomía), de Euclides (en especial los Elementos de Geometría), la obra Step by Step in Algebra and the Differential and Integral Calculus (que reintrodujo los símbolos algebraicos cartesianos rechazados por el emperador kangxi en 1712) o el trabajo de Elias Loomis Elements of Analytical Geometry and of the Differential and Integral Calculus.
A decir verdad, esta excepcional receptividad de la dinastía Qing y de sus élites manchúes respecto a la ciencia occidental respondía a la necesidad de apoyarse en organismos occidentalizados, como el Arsenal Jiangnan en Shanghai, de cara a posibilitar espacios de mediación entre la ciencia de la revolución industrial y los estudios naturales de la tradición china. De esta forma podría ser posible sobrevivir y mantenerse en el poder en un mundo dominado por las naciones industrializadas y tecnológicamente superiores. No obstante, este movimiento produjo, de manera indirecta, una lenta pero firme secularización de la enseñanza de la ciencia occidental en China, que se alejó de las connotaciones teológicas defendidas por los protestantes. Así, en 1876 se abre un Instituto Politécnico en el delta del Yangzi (Shanghai) y un poco más tarde John Fryer y Xu Shou editan la más antigua revista científica (Chinese Scientific Magazine, en 1877 adopta el nombre de Chinese Scientific and Industrial Magazine), que contó con el inmediato apoyo de la Sociedad de Beijing para la Difusión del conocimiento útil en China (incluía artículos de astronomía, geografía y ciencia general).
Después de la rebelión Taiping, el estado manchú y sus élites literati reciben abiertamente a los occidentales para introducir la ciencia moderna y la tecnología a través de sus manuales de instrucción (Cap. 5 From Textbooks to Darwin: Modern Science Arrives). Uno de los primeros, utilizado en el Colegio de Lenguas Extranjeras de Beijing fue Elementos de filosofía natural y alquimia de William Martin (1868). También resultó muy popular La Guía de química de Anatole Billequin. Pero es a finales de 1870 cuando J. Fryer y el Departamento de Traducción en el Arsenal Jiangnan comienzan la traducción de libros introductorios para preparar a los estudiantes en los estudios más avanzados en Ciencia y Tecnología (Science handbook Series). Y ya en 1886 Joseph Edkin publica la revista Primers of Western Studies, donde en sus primeros números ofrece una descripción de la Ciencia Occidental del momento. En suma, con toda esta expansión bibliográfica de la ciencia occidental se han construido las bases propicias para la irreversible derogación y reforma del tradicional sistema civil de examen acontecida en 1904.
En lo que respecta al Arsenal Jiangnan, es necesario añadir que, además de desarrollar, como ya se ha mencionado, traducciones de obras de todo tipo relacionadas con la ciencia (cerca de 129 traducciones) y de unificar (o armonizar) la terminología científica con la lengua china, fue el centro tecnológico de primer nivel en la producción de armas, barcos de guerra y en la formación ingenieril y tecnológica, por encima incluso del Fuzhou Navy Yard (Cap. 6 Government Arsenals Spur New Technologies). No es casual que la construcción de estas instalaciones con el objeto de introducir con mayor intensidad la ciencia y la tecnología occidentales tuviese lugar en un momento de gran consternación en China, debido a la derrota en la guerra contra Francia (país que, por otra parte, contribuyó decisivamente en la organización del Fuzhou Navy Yard) en 1884-1885 y la siguiente derrota contra Japón en 1894. China’s defeats in the Sino-French and Sino-Japanese wars, however, produced a pessimistic intellectual climate. Reformist literati increasingly believed that China was doomed unless the Qing carried out more radical political initiatives. In the process, rhetoric favoring modern science became a key theme of revolutionaries in their political discourses (p. 197).
La consecuencia inmediata de aquel desastre fue que Japón se convirtió, frente a Inglaterra y a Francia, en la nación referencial para la dinastía Qing en el desarrollo de la ciencia y de la tecnología (Cap. 7 The Displacement of Traditional Chinese Science and Medicine). En los años que siguieron a la guerra sino-japonesa no sólo creció la preferencia, por ejemplo, de las traducciones japonesas en el campo de las matemáticas, no sólo se adoptó la formación técnica y el sistema de estudios naturales japonés, sino que, entre 1902 y 1907 cerca de 10.000 chinos viajaron a Japón a realizar estudios. El gobierno Qing, dispuesto a aprender las virtudes de la potencia que le había vencido, emuló el modelo Meiji de educación y creó un sistema público de educación occidentalizado (factible a partir de 1904-1905). The Chinese construction of modern science, medicine, and technology is a remarkable achievement, even if the Chinese did not initiate the internal and external revolutions that provoked it. Early modern Europe, after all, borrowed much from Asia and the Islamic world before its own scientific revolutions (p. 226).
Debemos, pues, considerar sumamente recomendable la lectura del libro de Benjamin A. Elman. Por un lado, la sensibilidad del autor al esforzarse por reconstruir con honestidad los contextos históricos concretos permite un sano alejamiento del etnocentrismo occidental. En segundo lugar, el enfoque propuesto por B. A. Elman quebranta la historiografía convencional y extremadamente reduccionista en lo que respecta a la origen y evolución de la ciencia. La reintegración en el trasfondo cultural del que surge aporta una visión más compleja y rica del hecho científico, sin que por ello se renuncie un ápice a la sugestiva transmisión didáctica de un fenómeno tan restringido como es la ciencia en el contexto de la civilización china.
A modo de introducción en la materia: Needham, J., Science and Civilization in China; Elman, B. A., On Their Own Terms: Science in China, 1550-1900; Nakayama, S., Academic and Scientific Traditions in China, Japan, and the West; Nakayama, S. & Sivin, N., Chine Science: Explorations of and Ancient Tradition; |