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Alberto Moravia. Una idea de la India. La Crónica de una Fascinación. Barcelona: Ediciones Península, 2007

Alberto Moravia. Una idea de la India. La Crónica de una Fascinación. Barcelona: Ediciones Península, 2007

A contrapelo o, tal vez, como muestra necesaria y equilibradora de lo escrito a sangre y fuego por su acompañante, Pier Paolo Pasolini, en su crónica de intensas impresiones acerca del viaje en común emprendido a través del corazón de la India (libro que ha sido comentado ya en esta sección) al inicio de los años sesenta, Alberto Moravia (1907-1990) destila en Una Idea de la India (compilación de los artículos escritos a Corriere della Sera) un tono mucho más distanciado, dejándose llevar, sin duda, por una impronta teórica o ensayística que por un posicionamiento de peligrosa implicación personal. Con la sincera fascinación de un etnógrafo o de un experto en arte, Alberto Moravia olvida la amargura social que invade a Pasolini (objeto de fricción, al menos dialéctica, durante su aventura en India) y recorre las arquitecturas, naturalezas y gentes de la India pertrechado con una curiosidad matizada, la que otorga a su contemplación un trasfondo de escéptica abstracción. A través de un falso diálogo entre dos interlocutores ficticios, recurso literario con el que da comienzo a su obra, Moravia no se abandona, sin embargo, a lo que la India le transmite. Guiado por un racionalismo objetivista muy marcado, no deja en suspenso su estructura intelectiva de conceptos arquetípicos sobre lo que constituye, en esencia, el tremendo universo del subcontinente. Entre otras razones, porque no sería posible captar en su más espontánea naturaleza lo que es, ya que para un occidental como él resulta una aventura baldía tratar de suturar el abismo ontológico-conceptual que le separa de un mundo tan desmesurado como el de la India. De hecho, a la hora de ponerse a buscar una definición que determine aquel país no podemos, a los ojos de Moravia, sino encontrar meras aproximaciones a todas luces inexactas y muy limitadas. Parece evidente que la India sólo puede determinarse desde y por ella misma, sin que exista ningún agente externo que alcance a comprenderla en su integridad. Baste afirmar que Moravia tiene bien clara la idea de contraposición de la India frente al Occidente Europeo. Mientras que la primera respira y se asienta como pilar maestro en la religión, Europa ha abandonado en el fondo de los tiempos, desde el arcaico y olvidado imaginario medieval, esa atmósfera de trascendencia que todo lo envuelve y lo anima. Ahora bien, la India, a diferencia de las raíces cristianas que vertebran la historia occidental, no queda restringida a una expresión religiosa específica (en el budismo, el hinduismo el jainismo o el islam) sino que arrastra a la centralidad de su ser el etéreo hecho religioso entendido como un prisma, una situación existencial en si misma. No se trata de ajustarse de modo formal a la estructura ritual agotada y reseca de un modelo religioso atado al convencionalismo y a la mera representación idolátrica, sino que en India la religiosidad, como un viento genérico que insufla un modo de entender la vida a los seres humanos, se encuentra presenta en todas partes y todo lo inunda. Y como ocurre con este aspecto sucede también con todo el demás, puesto que la India es inabarcable e inasible desde la óptica humana, sobrepasa cualquier límite o medida. Su influjo se percibe, además, en que actúa en los propios pilares sobre los que, desde Occidente, se cimenta habitualmente la estructura de lo real. Vivir la India, de uno y otro modo, supone dar crédito a toda una escenografía que diluye lo verosímil y afianza lo que en otro punto del planeta podría constituir un espejismo, un fantástico sueño o una ficción absurda. En efecto, la India es el país de las cosas que son y no son, que surgen y desaparecen; de las cosas cuya existencia, en todo caso, no es demostrable con medios científicos. Y es que lo que ocurre en la India, entre lo fascinante y  lo horroroso, desafía la capacidad perceptiva de los sentidos del hombre. De hecho, bajo las tonalidades más suaves e indirectas de la luz que irradia la realidad india, frente a la intensidad del paisaje mediterráneo, la lógica empatía ante el sufrimiento humano se vuelve en sincera incredulidad y en deseo de liberarse del sopor hipnagógico que envuelve al viajero allí por donde transita. De esta concepción deriva la desvalorización completa de la vida como cosa absurda y dolorosa, y la convicción de que el hombre no debe obrar para mejorar el mundo, sino salir de él y alcanzar la realidad suprasensible o espiritual (p. 20). Con todo, Moravia no se deja atrapar por aquella realidad inmersiva y opta, más bien, por hacer un seguimiento descriptivista de lo que el viaje le depara, sin obviar tampoco las consabidas digresiones de carácter histórico en torno a las circunstancias que han desembocado en la India independiente. En primer lugar, nuestro autor disipa todo atisbo de exotismo mítico en el inmenso territorio indio puesto que, a sus ojos, una desilusionante uniformidad asola sus paisajes. Sus profundas y densas selvas, sus grandes llanuras de una serenidad melancólica únicamente contrastan con la irrupción, en algún del camino, de ciudades sin planificación que, a lo sumo, se asemejan a la estructura urbanística de un inmenso bazar o de una concentración de tiendas de tipo medieval. No hemos de encontrar, en definitiva, la verdadera belleza de la India en aquellos entornos, sino en las gentes que los pueblan. Y en ese sentido, Alberto Moravia presta atención a una de las características que más sobresale en la vida cotidiana de los indios, esto es, la tremenda pobreza que se extiende hasta un grado inconcebible en cualquier rincón, ya sea en un poblado perdido en las gigantesca ciudades “victorianas de tristeza industrial y condiciones inhumanas” como Bombay, Calcuta y Madrás. Parece, al constatar cómo se instala en la realidad y en el ambiente social indio, que se trata de un rasgo constitucional más que estar originado por causas históricas de gran alcance. Sin embargo, Moravia encuentra en el sistema de castas y en la degeneración supersticiosa de las conceptualizaciones mantenidas por el brahmanismo, el jainismo o el budismo como uno de los motivos más importantes de inmovilidad colectiva y de perpetuación de las condiciones de desigualdad social. Este sistema, que oculta lo que en realidad podría suponer una verdadera situación colonial pre-existente, fue sin duda aprovechado por los ingleses para fortalecer su implantación y dominación en el subcontinente. En efecto, ¿quiénes eran los ingleses, sino una supercasta a la que le resultó fácil someter a trescientos millones de indios (los ingleses no pasaban de ciento diez mil en toda India) porque éstos, a su vez, habían estado anteriormente hipnotizados por los brahmanes con la obsesión de las castas? (p. 93). Moravia va más allá e identifica un rasgo particular en el modelo inglés, frente a los portugueses, holandeses, franceses, etc., que hace comprensible la inmensa huella dejada en aquel inmenso territorio (aunque habría que referirse más exactamente de simbiosis): el formalismo civilizado que oculta una desmedida irracionalidad, la doble moral por la que resulta necesario esconder o, al menos, justificar sus intereses en la zona. Ahora bien, la estratificación establecida a través de las castas, no sólo constituye un campo abonado para la eficaz implantación del colonialismo inglés, simbiosis entre poder absoluto y tolerancia, sino también una señal inequívoca de cansancio existencial. He aquí una de las oposiciones que más llaman la tención a Moravia, quien, en base a lo dicho por A. Schopenhauer y A. Schweitzer, señala una dicotomía profunda entre Europa e India a través de los instintos de afirmación y negación de la vida. La extensión de la muerte en ciudades y poblados, el contacto directo y prolongado, ya sea en el arte arquitectónico, en las “tétricas escalinatas de Benarés o en el fondo de las hogueras fúnebres, con las fuerzas que provocan la extinción de la vida supone en el indio una aceptación serena y privado de importancia. No hay nihilismo catastrófico, como en Europa, sino una naturalización de la vida de acuerdo con las condiciones religiosas que han condicionado profundamente el imaginario indio. Precisamente, A. Moravia no pasa, ni mucho menos, de largo por el fenómeno religioso en la India, cuyas expresiones artísticas y arquitectónicas alusivas a un politeísmo de fondo naturalista son mencionadas elogiosamente y con profusión de detalles, ya que se manifiesta como un auténtico desafío para la mentalidad occidental. Sólo en base a la concepción ilusoria de la realidad contenida en la cosmovisión brahmánica es posible entender la razón por la que India desborda los sentidos, entre la pesadilla y el espejismo. De manera un poco esquemática, se podría afirmar sin más que todos los aspectos bellos de la India participan más o menos de la calidad de la inconsistencia y de engaño que es propia de ciertas alucinaciones en los desiertos (p. 100). Es verdad que Moravia, a diferencia de Pasolini, no recorre paseando por las calles de Bombay y Calcuta. Sus excursiones son más pulcras, circulando a medianoche con un taxi. Pero, en cualquier caso, su mirada es igual de afortunada y elocuente.
A modo de Introducción en la materia: Moira Tanin., Moravia e il Buddhismo, Quaerni, 1. ’02; Enzo Sociliano., Ricordando Moravia e Pasolini, Quaderni 1 / 2. ’04; Lillo Spadini., Moravia e Pasolini alla scoperta dell’India, Quaderni, 2. ’99.

 

A modo de introducción en la materia: Caminati, L. Orientalismo eretico. Pier Paolo Pasolini e il cinema del Terzo Mondo. Milano: Mondadori Bruno, 2007; Biondi, T., Lo sguardo antropologico di P.P. Pasolini, La rivista del documentario - Anno 1 n. 4 luglio 2006

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