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Pier Paolo Pasolini. El Olor de la India. La crónica de una fascinación. Barcelona: Ediciones Península, 2006 |
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Pier Paolo Pasolini. El Olor de la India. La crónica de una fascinación. Barcelona: Ediciones Península, 2006
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Hay ocasiones en las que un testimonio personal, aunque sea arrebatado y vehemente, destila una visión más ajustada de una realidad extraña o ignorada que miles de informes técnicos o tratados académicos en los que se acierta a presumir una supuesta objetividad distanciada. Y este es el caso de Pier Paolo Pasolini y su íntima relación con India, cimentada de modo traumático a golpe de fragancias especiadas, aromas de intensa podredumbre o de mortandad desbordante. No puede ser menos, entonces, que El Olor de la India termine constituyendo un acercamiento fragmentado de experiencias conmovedoras, pero sumamente certero, de la exuberante realidad india contemplada y vivida por Pasolini en aquel viaje realizado junto con Alberto Moravia en el año 1961. Lejos de la pulcra racionalidad de éste, a Pasolini le gusta frecuentar en soledad, desde la primera medianoche de su llegada, los arrabales y barrios más marginados de Bombay o Calcuta, los recovecos menos transitados de aquellos villorrios rurales en los que hacen parada y fonda. Al igual que en Roma, la Roma más siniestra y ocultada pero también, quizá, la más humana, Pasolini testa lo inasequible e inconmensurable que late en el subcontinente indio en aquel fondo de genuina espontaneidad que alberga la muchedumbre sentenciada a un destino de pobreza y padecimiento. Los hay por miles, por millones, al lado de los soportales de su hotel, el decadente Taj Mahal, duermen a la intemperie con la paciente muerte suspendida sobre sus cabezas. Ciertamente, a ojos de Pasolini, todo lo que ocurre allí parece seguir una lógica interna desconocida que se les escapa. Es como si la vida hibernara, se encontrase en suspenso, más liviana y vaporosa, sincronizada con la agonizante lentitud sagrada de las famélicas vacas. Y sin embargo, no hay atisbo de rebeldía ante esta situación. Todo lo contrario, hay resignada sensatez y dulzura. Esta enorme muchedumbre, prácticamente vestida con toallas, emanaba una sensación de miseria, de indecible indigencia: parecía que todos acabasen de salvarse de un terremoto, y, felices de haber sobrevivido, se conformasen con los pobres harapos que tenían al huir de los míseros lechos destruidos, de los ínfimos tugurios (p. 15). En este escenario de inmensa desolación, llama en extremo la atención de Pasolini la actitud aislacionista de la incipiente burguesía india, llamada a desempeñar la función de vanguardia sobre el colectivo que antes llevaban a cabo los marajás destronados. A años luz de las lógicas de las clases adineradas europeas, los sectores pudientes indios son conscientes de la falta de esperanza y de oportunidades que esperan, por lo menos a corto plazo, a la sociedad india y se sumergen por completo en la vida familiar para no ver y no ser vistos. Y un ramalazo de sincero temor sacude a Pasolini ante la posibilidad de que ésta acabe reproduciendo de modo mecánico los esquemas de una sociedad occidentalizada. Imbuido por tales pensamientos y convertido en un sentido vagabundo más que aventurero de lo exótico, Pasolini callejea en la densa oscuridad de la India, en las rutas laberínticas de jóvenes desamparados y viejos sin esperanza que se amontonan en derredor. Aquel paisaje humano le deja, por momentos, una sensación de estupefacta fascinación o de una aterradora compasión. Pero también da paso, en ocasiones, a un viento interior de vitalidad inexplicable, reflejado durante su encuentro con Sardar y Sundar, que le lleva a la conmoción de su ser, a un enamoramiento por una propiedad de la existencia dada por desaparecida en el moderno occidente: “Algo ya ha empezado”. En la India la vida tiene los caracteres de la insoportabilidad: no se sabe cómo es posible resistir comiendo un puñado de arroz sucio, bebiendo un agua inmunda, bajo la amenaza constante del cólera, del tifus, de la viruela, hasta la peste, durmiendo en el suelo o en viviendas atroces. Por la mañana, cada despertar ha de ser una pesadilla. Sin embargo, los indios se levantan con el sol, resignados, y resignados empiezan a ocuparse de algo... (p. 30). Ciertamente, el indio no encuentra motivos para estar alegre u optimista y es por ello que asume como una actitud permanente en su cotidianeidad la des-implicación de todo estímulo que pudiera llevarle a un estado de frustración intolerable. En otras palabras, el indio se abstrae de la vida. Sin embargo, el pueblo hindú es el más querible, más dulce y manso que se pueda conocer. La no violencia está en sus raíces (p. 32). A modo de introducción en la materia: Caminati, L. Orientalismo eretico. Pier Paolo Pasolini e il cinema del Terzo Mondo. Milano: Mondadori Bruno, 2007; Biondi, T., Lo sguardo antropologico di P.P. Pasolini, La rivista del documentario - Anno 1 n. 4 luglio 2006. A modo de introducción en la materia: Caminati, L. Orientalismo eretico. Pier Paolo Pasolini e il cinema del Terzo Mondo. Milano: Mondadori Bruno, 2007; Biondi, T., Lo sguardo antropologico di P.P. Pasolini, La rivista del documentario - Anno 1 n. 4 luglio 2006.
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