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| Zhang Hua. Relación de las cosas del mundo. Madrid: Trotta, 2001 | |
Zhang Hua. Relación de las cosas del mundo Madrid: Trotta, 2001 |
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Esta pequeña obrita, amputada y fragmentada hasta la mínima expresión por el fragor del tiempo, casi siempre del todo punto inclemente, nos evoca el recuerdo de aquella fantasía cuasi-hipnopómpica borgeana que llevaba el nombre de Emporio celeste de conocimientos benévolos, donde el lector debía enfrentarse a un extraño estilo taxonómico chino como arquetipo fundamental de un orden verdaderamente impensable caso de situamos en latitudes occidentales. Sus páginas, repletas de pinceladas caóticas de hechos extraordinarios, remedios inverosímiles y remembranzas de una cronología mítica nos permite entrever la naturaleza de la obra, en términos de puesta al día del conocimiento general del mundo antiguo que se cernía en el siglo III a. n. e., elevado, por lo que se sabe, a dimensiones enciclopédicas. Pero, al mismo tiempo, nos introduce en el trasfondo de un imaginario harto complejo, entendido muy frecuentemente por estos lares como un territorio cultural en la que se conserva una vasta reserva de utopías y mitificaciones. Ayudados por el clarificador y necesario prólogo de Alicia Relinque, nos sumergimos en el contexto epocal de Zhang Hua, convulso periodo en el que se disuelven los pilares que sostenían la dinastía Han (202 a.e-221n.e) y se revitalizan, aunque pudiera parecer paradójico, los instintos latentes de creatividad literaria y de una efervescente reflexión intelectual. El propio autor, gran erudito y hombre de extensos conocimientos, participa de aquellos tiempos de disolución y descentramiento centrífugo, en el que se abandonan los jirones del confucianismo clásico (jingxue) para abrazar las nuevas corrientes del taoísmo que, como la escuela mística o de los misterios (xuanxue), encontrará la aquiescencia de los letrados de rango inferior y de aquellas personalidades retiradas que se identifican con una lectura más íntima del Daodejing, del Zhuangzi o del Clásico de los Cambios (Zhouyi). Zhuang Hua, hábil en el arte de buscar los equilibrios dentro de los engranajes del estado, diestro en suturar armónicamente las potencias celestes (tianming) que descansan en los hombres virtuosos conocedores de la escritura (junzi) y el reclamo poderosísimo que en alma encuentra el nihilismo taoísta, es además maestro irrepetible en la juntura poética de sentimientos, hasta labrar obras tan preciosistas como la que le dio fama imperial, aquella composición llamada “Fu al reyezuelo” (Jiaoliao fu, año 254). Esta sutil composición nos habla de las cualidades de tal diminuto pajarillo, investido de forma alegórica con los atributos de aquellos hombres imbuidos de un instinto de supervivencia en tiempos adversos y, tal vez, del modesto distanciamiento que ha de mantener el sabio para conservar su independencia e integridad frente al creciente poder imperial. Esta máxima en la actuación política es respetada por Zhang Hua hasta sus últimas consecuencias, lo que le proporcionará durante su vida abundantes réditos en forma de cargos institucionales, territorios y riquezas pero también, al fin y a la postre, constituirá el motivo que le conducirá a la muerte. Por ejemplo, cuando le invitaron a unirse contra la emperatriz Jia, que tramaba deponer al príncipe, Zhang rehusó. Cuando por fin ella consiguió del príncipe una carta autoinculpatoria y lo castigó a la pérdida de todos sus honores, presentó una propuesta formal en contra de los deseos de la emperatriz. Por fin, Zhang se negaría a alistarse en la filas de la facción del príncipe Lun, de Chao, que había conseguido deponerla. Como consecuencia, fue arrestado y ejecutado con toda su familia (p. 21). Ante el peculiar perfil de nuestro protagonista, no parece extraño que haya sido sometido por la historiografía posterior a un proceso de mistificación que lo distingue del común de los mortales. En cualquier caso, si por algo cabe distinguir a Zhang Hua es por ser el autor de la Relación de las cosas del Mundo, obra que nos ocupa y que originalmente contenía alrededor de trescientos capítulos (sin olvidar que algunas fuentes contabilizan al menos cuatrocientos). Como ya se ha recordado más arriba, el tiempo, los saqueos e incendios han dañado este valiosísimo texto hasta convertirlo en un escueto escrito de apenas más de cien páginas. Esta puede haber sido una de las razones más importantes para que, incomprensiblemente, haya sido un libro generalmente ignorado por los grandes maestros de la sinología occidental, aspecto éste que se confirma con las escasas traducciones a lengua occidental (una traducción al inglés y otra al francés) de las que se dispone. Y, sin embargo, al recorrer sus páginas nos estamos confrontando con la obra cumbre de Zhang Hua, ya que se trata en origen de un ambicioso tratado que aspirar reunir y sintetizar todo el saber de su época. Desde un criterio compilador asistemático y heterogéneo, Zhang Hua ofrece, mediante breves textos, una panorámica general del estado de las cosas en diversos campos como la geografía, física y mítica, la historia, la botánica, la farmacología, el ocultismo y la dialéctica hasta los consejos prácticos sobre la vida cotidiana, incluyendo también un bestiario mitológico. Desde los primeros capítulos, en los que ofrece una descripción geográfica del imperio chino, se observa con claridad la tendencia por intercalar fenómenos pertenecientes a la realidad comprobable con otros aditamentos de naturaleza mítico-legendaria con si ambos compartieran el mismo orden de las cosas del mundo. Desde las cumbres de los montes Kunlun, en realidad el centro del cosmos que alcanza el cielo, es el territorio donde habitan los inmortales y el lugar desde el que descendió el emperador amarillo. Más abajo se despliegan las doce regiones del imperio y se levantan los cinco montes principales de la Tierra (los montes Hua, el Tai, el Heng, el Heng y el Song) que representan los puntos cardinales los vientos. Junto con una geografía plagada de parajes extraños y misteriosos encontramos también una taxonomía etnológica extraordinaria, como cuando en el capítulo segundo se da cuenta de los habitantes de más de 800 años que habitan en Xuanyuan o de los inquietantes cuadrúpedos chenghuang del país de los bainin (hombres blancos) que, aunque recuerdan por su constitución a los zorros, presentan llamativos cuernos a lo largo de la espalda. Fuera de los límites del imperio, el narrador se regodea con el hecho anormal y maravilloso, ya sean seres, costumbres o productos, con lo que se asiste a un antiguo imaginario que se complace con una visión exótica de lo que acontece allende las fronteras chinas. A modo de introducción en la materia: Greatrex, R (1987). The Bowu zhi. An annotated Translation; Fan, N (1980). Bowu xhi jiaozheng; Campany, R. F (1996). Strange Writing. Anomaly accounts in Early Medieval China; Zhu, H (1992). Bowu zhi quanfan. |