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ENTREVISTA A VICENTE HUICI.
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EuskadiAsia se complace en presentar la entrevista que mantuvimos con Vicente Huici Urmeneta. Profesor de la UNED-Bergara en el departamento de Sociología, escritor y ensayista, colaborador de EuskadiAsia, que recientemente se ha convertido en coordinador del nuevo Seminario Confucio Mintegia de la UNED-Bergara. Con ocasión de la fundación de este organismo EuskadiAsia se puso en contacto con él para charlar sobre éstos y otros temas relativos a Extremo-Oriente. Queremos agradecer, pues, al profesor Vicente Huici que nos haya dado la oportunidad de entrevistarle y, cómo no, deseamos una feliz andadura al Seminario Confucio Mintegia.
SEMINARIO CONFUCIO MINTEGIA
Profesor Dr. Vicente Huici |
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Nos gustaría comenzar hablando de la iniciativa que habéis comenzado a perfilar en la UNED-Bergara, el Seminario Confucio.
¿Qué peso prevés que pueda tener el Seminario Confucio dentro de la Academia Universitaria tradicional? |
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Dejemos a un lado el Seminario Confucio y centrémonos en tu trayectoria académica, un camino que va de la historia, la sociología de la cultura, e incluso determinados campos de la filosofía, ¿cuál es la razón de este interés por los estudios de Extremo Oriente, más concretamente, por los estudios chinos?
La respuesta a esta pregunta puede ser breve pero también muy extensa. Antes que nada me gustaría comentarte que ya desde mi adolescencia he tenido un cierto vínculo, una curiosidad por la cultura oriental. Este hecho se ha manifestado de muy diversas maneras. En el periodo en que iniciaba mis estudios universitarios, con 20 o 21 años, recuerdo haber leído la versión del Tao-tē-king que había salido en la editorial Alfaguara y que a la postre, era una de las más fiables del mercado. Tras bastantes años dedicándome a estudios empíricos me interesé por la historia, especialmente la historia del pensamiento, y finalmente terminé trabajando en el campo de la filosofía. Fue un paso absolutamente natural para mí ya que no me concentré en el pensamiento sino en las relaciones entre el mundo de las representaciones y las realidades socioeconómicas o culturales de los territorios a los que prestaba atención. |
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Me di cuenta entonces que ya no me interesaba saber si determinada opción filosófica o representación de la realidad era verdadera o falsa, sino porqué se había llegado a considerar que algo podía ser verdadero o podía ser falso en una determinada sociedad y en un determinado momento histórico. Este aspecto es lo que creo que es el núcleo de lo que es la sociología del conocimiento. A decir verdad, me he movido durante muchos años en un contexto occidental. De hecho, mi trabajo ha versado sobre la filosofía del conocimiento francesa, alemana y sobre la sociología del conocimiento norteamericana. Pero una serie de circunstancias personales, como fueron la adopción de una niña china, rescataron mi antigua inquietud. Así, antes de la adopción comencé a releer los clásicos de la filosofía china, por lo menos los clásicos traducidos, por ejemplo, Laozi, Confucio, el Sun Tzu y otros más. Además procuré hacer una inmersión en el mandarín, de tal forma que cuando viajara a China pudiera saber lo suficiente para pedir un té y poder pagarlo. |
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Lo que acabas de comentar es muy interesante porque me permite preguntarte sobre el hecho de en qué medida este contacto personal con la cultura china refuerza los objetivos epistemológicos que te habías planteado dentro de la sociología del conocimiento en torno a la producción de lo que es verdad y lo que es mentira en una sociedad. Asimismo, ya que lo has mencionado, me gustaría saber tu opinión acerca de la aproximación epistemológica practicada por François Jullien, esa visión estratégica de deconstrucción desde el exterior que, en cierto modo, también llevada a cabo por M. Foucault. ¿Hasta qué punto te parece válido este modo de enfrentarse a una cultura como la china?
Por ejemplo, podría narrarte lo que me aconteció una mañana. Me acuerdo que estaba en un hotel de Buhan, lugar de donde procede mi hija, cuando a las cinco y pico de la mañana oí un rumor que procedía de la calle. Pues bien, cuando bajé, prácticamente disfrazado con un traje de footing y una gorra calada, me encontré en la plaza de Buhán, presidida por el retrato de Mao y unos guardias, a cientos de personas practicando taichí mientras que otros reproducían una coreografía, hacían ejercicios y otros guiaban unas cometas. |
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Yo no fui capaz más que de correr un poquito entre ellos y observarles. Y verdaderamente me invadió la impresión de que estaba ante una cultura milenaria y radicalmente distinta a la nuestra que verdaderamente te hacía pensar, por ejemplo, en un fenómeno tan en boga en occidente como es el deporte y la cultura física. Lo más curioso de todo es que cuando yo iba por ahí era evidente que me estaban reconociendo. Nadie se alteró, nadie me miró ni me dejó de mirar, y los que inevitablemente cruzaban la mirada conmigo me saludaban como si me conocieran de toda la vida. Me quedé bastante sobrecogido, esta impresión de orden, de disciplina, de aceptación, pero también de juego porque era muy curioso ver a la gente volar cometas a esas horas de la mañana. Por cierto, había gentes de todas las edades: jóvenes, maduros y mayores realizando estas actividades en un silencio impresionante. Era sobrecogedor en un aspecto muy positivo. Lo más curioso es que, cuando subí de nuevo al hotel, serían las seis de la mañana. Durante un tiempo estuve tumbado sobre la cama reflexionando y sintiendo todo aquello que había visto. De repente, sobre las seis y media o siete menos cuarto, aquel rumor que te comenté antes se extinguió completamente. Me asomé a la ventana y no había nadie en la plaza, es decir, se habían ido todos a trabajar. ¡Tenían una vida previa a su vida de trabajo! Esta experiencia me ayudó a confirmar algunos aspectos sobre los que había leído. El sentido que poseen del tiempo, de la ocasión adecuada para hacer una determinada actividad de una forma fluida, asumida y abierta. Es cierto que cuando uno contempla esta escena se puede caer en una especie de tentación hacia el exotismo, hacia una especie de orientalismo barato, que nos lleva a pensar en la idea de una cultura superior, con unas bases más sólidas que las que podemos tener nosotros.
Yo creo que lo acertado, y en este punto me remito a otros autores, es aplicar a nuestro análisis un criterio de diferencia. Es decir, si pensamos que esta cultura, al margen de experiencias vitales, es mejor o más verdadera caemos de nuevo en esa dicotomía tan propia de Occidente. A un chino, que es un conglomerado de muchas culturas y de muchas lenguas, jamás se le ocurriría defender, más allá de una posición nacionalista, un estatus de superioridad. Más bien, de lo que están pendientes es de intentar aprender de los demás ya que han tenido una enorme capacidad de asimilación y, por otro lado, una extraordinaria capacidad de exportación y aculturación de otros lugares. Desde este punto de vista, la obra de F. Jullien puede ser muy interesante, en el sentido de que no cae en una apología de lo oriental. No sigue esa línea, manifestada en ciertos momentos del siglo XX, en los años 20 o en el movimiento hippie, que defiende la necesidad occidental de orientalizarse. Por el contrario, F. Jullien busca pasar por allí, de tal manera que vivir la experiencia oriental nos permite dos cosas. La primera de ellas es conocerlo, o sea, saber que existe y que existe otra manera de pensar y de sentir, no sólo a través de textos, a libros, a enseñanzas, sino también a través de la manera de vivir, la manera de alimentarse, la manera de beber, de una concepción del cuerpo. Por otro lado, es posible comprobar los límites de nuestras concepciones del tiempo o del espacio, de la comida o, incluso, del arte. Esta forma de percibir la realidad nos sitúa en nuestras fronteras culturales y permite salir de ese maniqueísmo consistente en creer que todo lo que proviene de China es bueno o, al contrario, todo lo que proviene de Occidente es bueno. Además de conocer otras culturas es posible, por contraste, saber nuestras limitaciones y la potencialidades en el proceso de globalización.
Esto es importante porque estamos abocados a analizar las implicaciones del proceso de globalización también desde un punto de vista intelectual y no sólo económica y socialmente, en aras de una nueva cultura futura, que tal vez no conoceremos nosotros pero si nuestros hijos y nietos. En esta nueva cultura se habrán producido, sin duda, influencias mutuas y remodelaciones de nuestras concepciones generales y de nuestras prácticas vitales. Bien, cuando hablo de prácticas vitales me refiero también a la moralidad y a los objetos políticos. De esta forma ponemos las cosas en su sitio, sin caer en el orientalismo, esto es, asumir los aspectos que pueden ser interesantes y conservar aquello de lo que los chinos carecen o, lo que es lo mismo, esa capacidad crítica que surgió en el pensamiento grecorromano, abandonado en la época judeocristiana y luego revivida en el Renacimiento y en la Ilustración. Esto ha sido atisbado por numerosos pensadores. Si uno lee a Montaigne, a Bergson, a Schopenhauer, a Nietzsche, a Heidegger o incluso a un Gracián encontrará ecos de esa cultura tan cercana a nosotros. En resumen, si se evita la apología orientalista, tanto desde una perspectiva experiencial como intelectual, entramos en una aventura muy sugerente.
Al hilo de lo que acabas de comentar, me parece conveniente hablar de un fenómeno muy problemático a la hora de desarrollar este tipo de estudios, como es el hecho hermenéutico. ¿Hasta qué punto nos podemos distanciar o establecer un diálogo con esas culturas? F. Nietzsche nos dice que, en el fondo, tras el diálogo existe realmente un proceso de “apropiación” o “incorporación”. Desde este punto de vista, hay que tener en cuenta que los planteamientos de F. Jullien o del propio M. Foucault son minoritarios. ¿En qué medida ves que esta aproximación hermenéutica crítica puede estar presente en la Academia occidental?
¿Qué quiere decir esto? ¿Por qué ellos construyen así sus representaciones narrativas y nosotros las hemos construido de esta otra manera? Ahí hay una bonita pregunta de la que saldrán reflexiones relativas al tiempo, al espacio, al ser, al sentido, etc. Pero claro, si nosotros nos dirigimos directamente a estos temas, podemos encontrarnos con que la cultura oriental nos reciba con una sonrisa y nos diga ¿a usted verdaderamente le interesa esto? Pues bien, a nosotros no, es decir, tal como está planteado no nos interesa porque acabaríamos en un debate de sordos. Pensar que, desde Occidente, es factible preguntar a la cultura china las mismas preguntas es una estupidez puesto que, o no nos responderían o lo harían con una respuesta poco gratificante. Nuestras preguntas están muy codificadas.
La pregunta no incitaría al diálogo sino al monólogo.
Respecto a la aproximación a la que te refieres, siguiendo la estela de F. Jullien y la importancia de una fenomenología secundaria, permíteme decir que, en cierto modo, lo traicionas al dejarte seducir por las categorías fuertes... Claro… |
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Porque tú vas al fondo. Es decir, me gustaría que abundases en una de esas categorías fuertes, la temporalidad, que en tu acercamiento a China se demuestra diverso y plural.
En ese sentido, yo me acercaría a una idea de noción, donde hay una parte sensible y una parte inteligible. Sin embargo, encontré una pista. La pista fue que en China existía una determinada manera de percibir el tiempo análoga a otra que se había desarrollado en Occidente y que ha desaparecido salvo que nos dirijamos a Bergson, a algo de Nietzsche, algo de Heidegger... No hay nada que nos recuerde al Kairós de los griegos, es decir, la idea de la ocasión adecuada para hacer algo. Pese a que esta idea está presente también en M. Foucault no se ocupa esencialmente del tema del tiempo. No obstante, me doy cuenta de que el tiempo para el chino es ocasión. No hay una idea de eternidad y apenas la de Cronos. Ya se que el propio F. Jullien sostiene no hay gran semejanza, que habría que matizar mucho, pero yo creo que es bastante mas parecido de lo que piensa F. Jullien si nos centramos en los textos. Aristóteles, que vendría a ser considerado como el máximo sintetizador, afirma que el Kairós es la idea del bien temporalizada. Este concepto se parece bastante con lo que nos encontramos en China, tal vez con el matiz de que Aristóteles separa claramente el tiempo propicio del tiempo no propicio, mientras que en China ambos tiempos pueden suceder sin que uno se dé cuenta.
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Entonces, la consecuencia ética es muy diferente porque Aristóteles lo que acabará planteando es que, aunque el tiempo sea propicio, mejor dicho, aunque el tiempo no sea propicio, hay que actuar. Sin embargo, en el caso de la cultura china hay que esperar. Si el tiempo no es propicio hay que esperar a que cambien las tornas. En ese sentido, no puedo decir que investigo el tiempo sino la ocasión. Así, me he desprendido de esa pesadez metafísica que se hallaba en la pregunta sobre el tiempo en abstracto.
O sea, que partiendo de una categoría fuerte como es el tiempo has llegado a una categoría secundaria presente en la temporalidad china.
Sobre Heidegger podríamos hablar largo y tendido porque Heidegger es uno de los ejemplos prototípicos de diálogo o encuentro filosófico con el taoísmo, el budismo Zen o con representantes de la escuela de Kioto. Pero me ha llamado mucho la atención el hecho de que te vayas librando de los marcos metafísicos. Puede entenderse así que el encuentro con la cultura china puede tener un carácter liberatorio y hasta casi terapéutico…
Por último, me gustaría saber tu opinión sobre la orientación futura de los estudios de Extremo-Oriente. ¿Contemplas la posibilidad de que se opte por esa propuesta que planteas o, por el contrario, nos encontraremos con un proceso de expansión del modelo gnoseológico occidental a nivel global mundial? Pues a mi no me da esa impresión. Si en vez de centrar nuestra atención a los grandes tótems del pensamiento occidental, acudimos a lo que se está haciendo en la medicina, en la física, nos daremos cuenta que hay cierto reconocimiento de este mundo oriental, no sólo a nivel de los principios teóricos, sino también a nivel de la terapéutica o de los análisis empíricos. Yo creo que la aculturación va a ser mutua y que, en este caso, va ser más equilibrada por la sencilla razón de que en este momento China es un país emergente y va a tener la fuerza socioeconómica suficiente para crear una masa demográfica intelectual que contrarreste los excesos que pudieran provenir de Occidente. China se está occidentalizando en muchos aspectos y nosotros nos vamos a dejar orientalizar, yo creo que eso va a ser así. No obstante, hay una diferencia. La tradición china ha sido más sincretista que la nuestra, sobre todo, debido a la influencia en Occidente de las religiones del tronco semítico. Por el contrario, la cultura oriental, sobre todo China, posee una cualidad sincrética muy desarrollada. En todo caso, creo que el proceso es inevitable aunque también lento. Tenemos que mirar con una perspectivas de algunos cientos de años.
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