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Vicente Huici: Tres impresiones de un viaje a China

Observatorio

Tres impresiones de un viaje a China
Vicente Huici

Tian`anmen
Bajo la atenta mirada de un gran retrato de Mao Ze Dong, desde primeras horas de la mañana, cientos de turistas se aprestan para sacarse una foto frente a la entrada de la Ciudad Prohibida.
En la ancha plaza, escoltados por el Museo de la Revolución y por el Gran Salón del Pueblo, una par de decenas de chinos intentan vender abanicos, sombreros y banderas de la República Popular. No siempre lo consiguen pues, de vez en cuando, son retirados con cierta discreción por policías de paisano. En el extremo de la plaza en el que me habían indicado que algún grupo podría celebrar su sesión matutina de
tai-chi, dos occidentales intentan hacer jogging entre una bruma húmeda y caliente. Cada dos horas se produce un relevo en la guardia que custodia el Monumento a los Héroes de la Nación, relevo que es seguido con curiosidad por grupos de indígenas y extranjeros. Al fondo de Tian`anmen, dentro de un sarcófago siempre abierto, en un mausoleo de altas columnas, reposa cerúleo el Gran Timonel.
Desde la Avenida Chang´an llegan autobuses y tranvías llenos de gente y entre cientos de bicicletas brillan negros Bentley, Audi, quizás hasta algún Rolls Royce, que lucen en su exterior la bandera roja con las cinco estrellas (Un colega me indica que las cuatro estrellas pequeñas simbolizan a los campesinos, los obreros, los militares y los estudiantes, y la gran estrella, la revolución china).
En los aledaños de la plaza, bajo la sombra de unas tupidas acacias, algunos indigentes dormitan en medio de sus pertenencias. Entre ellos sobresale un viejo desdentado que luce una gorra de guardia rojo y un buen montón de medallas.
Me siento a la salida del paso subterráneo que encamina hacia los altos muros del Palacio Imperial y abro el libro que he comprado en la populosa Wangfujing. Leo un viejo poema de Mao :
¿Recuerdas? / A la mitad de la corriente, / golpeábamos el agua con los remos, / y el remolino se oponía a que el barco avanzara”. Está escrito en 1925.


Confucio
En el denominado
El Justo Medio, último de los cuatro libros de la tradición confuciana, hay un conjunto de aseveraciones que sorprenden por su lucidez.
Así, se parte del principio, postulado por el propio Confucio en las
Analectas, de que un ser humano que aspira a ser sabio – o sea, a convertirse en junzì y apartarse del mundo de los shùmín- debería mantenerse indiferente ante el gozo, el furor, la tristeza o la alegría. Pero, a continuación, y ante la constatación de la imposibilidad de una indiferencia absoluta, más propia de dioses que de seres humanos, se afirma que, manteniendo una distancia suficiente frente a estos sentimientos, se consigue la armonía “que es el gran objetivo del mundo”.

Crónica de un amanecer en Wuhan
Esta madrugada, hacia las cinco y media de la mañana, me ha despertado un rumor que subía desde la calle. Me he asomado a la ventana de la habitación del hotel y he visto a cientos de figuritas moviéndose acompasadamente en la Plaza del Pueblo de Wuhan bajo un enorme retrato de Mao Ze Dong.
No he podido resistirme. Me he enfundado el equipo de
jogging y con la gorra calada hasta los ojos para evitar ser reconocido, he bajado a la plaza. El calor húmedo que emanaba del Yangzi se dulcificaba con una suave brisa matutina. Desde arriba un sol blanco iluminaba a numerosos grupos de chinos de todas las edades que practicaban tai-chí, realizaban ejercicios de estiramiento y calentamiento o hacían volar grandes cometas.
Al principio, he deambulado entre ellos con tanta curiosidad como admiración. Después, me he sentido reconocido y reservadamente aceptado, por lo que he comenzado a correr entre quienes paseaban rítmicamente o caminaban hacia atrás.

No es de extrañar la aparición del concepto de armonía en este contexto cultural, ya que, como ha señalado Grenet en su obra pensée chinoise, el pensamiento oriental parte de la base común de que, siendo el ser humano fundamentalmente naturaleza, debe aspirar a un equilibrio semejante al que observa en los astros o en los ciclos estacionales, pero la lucidez del planteamiento reside sobre todo en su pragmatismo y en la equidistancia con doctrinas más radicales y pretenciosas.
No hay, en efecto, en esta teoría nada de apertura a un ser oculto, armonioso de por sí más allá de toda educación, como sugieren los taoístas. Ni nada tampoco de elusión forzada de los sentimientos y deseos mediante la ascesis y la meditación para alcanzar el , como postulan los budistas. Y nada, por fin, de represión culpable y culposa de un ser humano enfrentado al mundo, el demonio y la carne, como predican los semitas.
Frente a todo ello, por el contrario, se postula la armonía. Pero una armonía lograda, construida. Obtenida a lo largo de un perseverante esfuerzo equilibrador por medio del estudio y la introspección. Algo que por estos lares mediterráneos ya defendieron griegos como Sócrates y romanos como Séneca.

He dado varias vueltas a la plaza y, al cabo, me he colocado cerca de uno de los grupos que continuaban con sus estiramientos. Mientras yo realizaba mis propios ejercicios he observado como cada uno de los chinos, uno por uno, me saludaba y sonreía con mucha discreción.
A continuación, me he dirigido con paso lento hacia el hotel que aún estando muy cerca de la plaza parecía estar ubicado en otro barrio. A la entrada de la puerta giratoria, un joven alto y espigado ha inclinado levemente la cabeza. “Good morning, sir” ha dicho con una extraña sonrisa mientras indicaba con su mirada el rumor que continuaba llegando desde la Plaza. “Ni hao!“ le he respondido cabeceando.
Ya en la habitación, tumbado sobre la cama, he esperado a que el rumor se fuera extinguiendo mientras leía estos versos de Mong Hao Yan: “Allá abajo, en el valle, asciende el humo de la lumbre del pueblo”.
Sobre las siete y media de la mañana, en medio de una algarabía de cláxones de automóviles y timbres de bicicletas el rumor ha desaparecido.

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